domingo, 26 de junio de 2011

UN NUEVO REVISIONISMO

América Latina necesita una revisión de la historia para consolidar su unidad
Hay que desandar el pasado que nos separa


“La hora ha llegado. Basta de palabras y vamos a los hechos. Que esas exclamaciones que pueblan el aire no sean un vano ruido que se lleva el viento. Que ellas sean el toque de alarma, la llamada popular que convoque a todos los ciudadanos, para correr en veinticuatro horas al cuartel, en quince días en campaña, en tres meses en Asunción.”
Presidente Bartolomé Mitre 12-04-1865 en la Plaza de la Victoria

“López ha muerto, luego la guerra del Paraguay está concluida para el  logro de su objeto, dicen los cómplices del Brasil en ese crimen, el más grande que haya presenciado la América del Sud de medio siglo a esta parte. La muerte de López no es sino el punto final de la muerte de un pueblo llevada a cabo en el espacio de cinco años (…) Decir que la guerra no tuvo más objeto que suprimir la persona de López, es una impertinencia insultante lanzada al sentido común.”
Juan Bautista Alberdi – Escritos Póstumos

Todas las cuestiones suscitadas (…) admiten soluciones de paz y buena voluntad, sin afectar principios fundamentales. No está comprometido el “honor nacional” ni los “espacios vitales”.
Ramón J. Cárcano en su Guerra del Paraguay

“La maldita guerra” será “la ruina del vencedor y la destrucción del vencido”
Irineu Evangelista de Souza vizvonde de Mauá





En una entrevista aparecida en La Nación (6-01-08) realizada por el periodista Pablo Mendelevich al erudito historiador brasileño Francisco Doratioto, se exhiben con sibilino estilo por lo menos dos intencionalidades claras. (Seguramente se pueden descubrir más)
La primera, reivindicar la infame guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay o el “infame tratado” que le dio origen y especialmente a uno de los mayores responsables de aquel fratricidio, el fundador de dicho diario, don Bartolomé Mitre[1]. No es nueva esta actitud en algunos periodistas y como propósito es loable, malo sería morder la mano del amo que da de comer.
La segunda desprestigiar con un estilo de “clase” y no poco resentimiento del pasado, a la presidenta de los argentinos Cristina Fernández, dudando de sus posibles lecturas de joven o adulta y de sus conocimientos sobre la historia nacional. En esta instancia el periodista aprovecha para reiterar algo que parece ser línea editorial (“bajada de línea” se suele denominar en el lenguaje político): atacar al gobierno nacional por las influencias que este recibiría del nacionalismo de izquierda o de la izquierda nacional, mencionando en este caso a Hernández Arregui y a Abelardo Ramos. Este último junto a Jauretche y José María Rosa ya  habían sido nombrados por el secretario de redacción Jorge Fernández Díaz el 26 de enero de 2006 como  representantes de la genéricamente denominada “izquierda nacional”, en otro artículo editorial titulado: “Bienvenidos a la moda del neonacionalismo”. 
El reconocimiento que Cristina realizó para con el Paraguay y su entonces presidente Francisco Solano López -héroe y mártir de la nación guaraní- imponiendo su nombre a un regimiento en la provincia de Entre Ríos, tiene una importancia estratégica para la consolidación de las relaciones en el MERCOSUR y Sudamérica. Pero no solo se trata de un acto “políticamente  correcto” y de la recuperación de la verdad histórica desde el presente para poder entrar al futuro, algo que no es poco en tiempos en que el debate de ideas se encuentra subestimado y devaluado, sustituido por “técnicos” que “no son políticos”; también constituye un acto claro por el debate cultural que los latinoamericanos nos debemos.  
Francisco Doratioto como varios historiadores brasileros todavía no se atreven a cuestionar las acciones de agresión militar y diplomática llevadas  adelante por su país en el contexto sudamericano. Nos referimos a la guerra de la Triple Alianza y también al avance sobre la zona boliviana del Acre. Por cierto que este déficit no es privativo de los brasileros. En Chile un importante grupo de intelectuales reivindican agresivamente la Guerra del Pacífico y sus consecuencias para con Bolivia y Perú. No pocas resistencias han encontrado  los distintos presidentes de la democracia al intentar tímidos pero importantes avances en las negociaciones con el país del Altiplano.
No podríamos entrar en este breve espacio en una discusión a fondo pero sí desmigajar algunas posturas que al ser deformadas impiden una visión cultural latinoamericana.
En la actualidad resultaría excesivamente simplista atribuir –monocausalmente- al imperialismo británico la responsabilidad de la guerra. Hasta aquí podemos aceptar el aporte del especialista carioca, aunque no sin precisar algo que ni Brasil ni Chile han asumido con la fuerza que se dio en nuestro país. El revisionismo histórico argentino y especialmente el que La Nación denomina genéricamente de la izquierda nacional, tuvo una virtud esencial: contribuyó aun en su exageración política a intentar otras miradas de la historia que por el contrario el “mitrismo” y sus aliados o ciertos círculos académicos con pátina de “modernos” nunca siquiera tuvieron en cuenta.




Obra del artista Cándido López sobre la Guerra de la Triple Alianza




Si bien hoy resulta simplista  inculpar a Gran Bretaña, no menos simplista, y peor aún “ingenuo”, resulta desconocer la permanente injerencia de está potencia y su accionar en las sombras en toda la región.
La guerra fue seguida de cerca por Gran Bretaña, es más el tratado secreto de la “Triple Infamia” (en esto disiento en parte con Cristina ya que me parece que esta palabra refleja mejor lo que ocurrió que la de “traición”, pero una u otra  son reales porque desde la tradición suramericanista de Bolívar, San Martín y Artigas hubo traición de parte de Argentina y Uruguay al menos) fue hecho público por el Foreign Office  de Gran Bretaña a principios de 1866, en versión inglesa obtenida el año anterior del canciller uruguayo Carlos de Castro. Esta versión publicada por el Times de Londres también lo fue, traducida, por La América, el diario de Carlos Guido Spano y Agustín de Vedia  el 5 y 6 de mayo de 1866 diciendo “¡El tratado es secreto, la sesión es secreta, solo la vergüenza es pública”. El original castellano permanecía desconocido hasta los años 70 del siglo XX según nos refiere A. J. Pérez Amuchástegui.[2] “(…) el tratado de alianza que permanecería secreto debido a sus comprometedoras cláusulas. Los aliados se comprometían a respetar la independencia, soberanía e integridad del Paraguay. Los objetivos de guerra establecidos eran los siguientes: por el artículo 11º, quitarle a Paraguay la soberanía de sus ríos; por el 14º, responsabilizar a Paraguay de la deuda de guerra; y por el 16º, repartir el territorio en litigio o exclusivamente paraguayo entre la Argentina y Brasil. Mitre tomaría el Chaco paraguayo hasta la Bahía Negra y el Imperio el área fronteriza hasta el río Apa por el lado del río Paraguay y hasta el Igurey por el Paraná. (…) por los artículos 6º y 7º, la guerra no se detendría hasta la caída de López. Esta se hacía contra el presidente y no contra el pueblo paraguayo (¡!)  Se firmó también un protocolo adicional, también secreto, que establecía lo siguiente: 1) demolición de las fortificaciones de Humaitá; 2) desarme de Paraguay y reparto de armas y elementos de guerra entre los aliados; y 3) reparto de trofeos y botín que se obtuvieran en territorio paraguayo. (El subrayado y los signos de exclamación son nuestros).”[3]
Según Escudé y Cisneros –que nada tienen que ver con la izquierda nacional o el revisionismo- Mitre ocultó la formal declaración de guerra del Paraguay con el objeto de preparar a la opinión pública nacional y extranjera residente en el país contra el país guaraní.
El historiador anglosajón F. J. McLynn analizado por los mismos autores sostiene: “Un estudio profundo de la guerra paraguaya la revela como el aspecto más serio de una guerra civil continua en el Río de la Plata desde 1863 a 1871, desde la última revuelta de Peñaloza a la derrota de Ricardo López Jordán en Entre Ríos. Los levantamientos montoneros de 1863 y 1867, la guerra civil oriental de 1863-1865 y el golpe de 1870, el asesinato de Urquiza y la revuelta de Entre Ríos en 1870 son acontecimientos que están íntimamente conectados con la Guerra de la Triple Alianza (…). Una de las más severas debilidades de la montonera radicaba en su falta de contenido ideológico o conciencia política; líderes como Peñaloza o Felipe Varela no explicaban en sus pronunciamientos cuál era la alternativa al capitalismo liberal propuesto por Mitre. En cambio, Paraguay constituía un ejemplo vívido y floreciente de un sistema político y económico totalmente diferente al pretendido por el mismo mitrismo.
Pero esta situación no significaba precisamente que una economía controlada por el estado como la paraguaya fuera capaz de derrotar a la burguesía comercial en su propio juego: más allá de esto, debido a que las provincias del Interior de la Argentina necesitaban la protección económica que el estado de Paraguay extendía a sus productores y que los intereses del librecomercio porteño no otorgaban, el ejemplo de Paraguay era peligroso e insidioso. (…) Una dimensión adicional en el molesto ejemplo paraguayo era la integración social de su población guaraní.”[4]  
Por último y para tratar de no tergiversar, citaremos al propio Mitre en su discurso del 21 de febrero de 1869 ante los comerciantes porteños que lo homenajeaban al término de sus mandato: “En la guerra del Paraguay que (…)puede darse por terminada, ha triunfado no solo la República Argentina(…) no solo la triple alianza (…) sino también los grandes principios del libre cambio (…) Para el comercio se han derribado las fortalezas que amenazaban las costas; para el y por él también se ha conquistado franca navegación de los ríos superiores; la libertad de comercio y la derrota del monopolio y la explotación de los pueblos por sus tiranos (…) Cuando nuestros guerreros vuelvan de su larga y gloriosa campaña (…) podrá el comercio ver inscriptos en sus banderas victoriosas los grandes principios que los apóstoles del libre cambio han proclamado(…) porque también esos principios han triunfado (…) (Aplausos).”[5] Los guerreros regresaron y también con ellos la fiebre amarilla, los muertos y mutilados y el peso de la devastación del Paraguay.




Bartolomé Mitre, uno de los responsables de la guerra contra el Paraguay 


Mclynn y el mísmisimo Tulio Halperín Donghi (duro crítico del revisionismo histórico argentino y especialmente de la izquierda nacional) asignan enorme responsabilidad por la guerra a las “necesidades políticas" internas de Mitre. 
Ahora bien, sería absolutamente injusto cargarle la romana solo a don Bartolomé. Los colorados uruguayos hicieron lo suyo (ahí están las acciones de Venancio Flores y el crimen de Paysandú para probarlo)[6]. El imperio esclavista del Brasil (barbarie esta que algunos historiadores brasileros soslayan como así también la compra “de carne” esclava para enviar al frente) según lo expresan Texeira Soares (ampliamente citado por José M. Rosa), Moniz Bandeira, Boris Fausto y Nabuco un diplomático de la época, intenta deslindar  responsabilidades  pasándoselas a las ambiciones territoriales argentinas (que indiscutiblemente las tenía). Esta concepción es en el mejor de los casos de una ingenuidad infantil: basta tener en cuenta el accionar brasilero en la cuenca del Plata desde época colonial (recordemos los límites originales de la ex colonia lusitana), o el posterior arrebato a Bolivia de la zona del Acre. A las cosas hay que llamarlas por su nombre y en este siglo XXI el mejor patriotismo a exhibir es el de la verdad histórica que nos permita reconstruir con fuerza lo que en el pasado nos fragmentó.
Vamos ahora a la importante ingerencia inglesa a través de los préstamos financieros.  Doratioto admite que los banqueros ingleses le prestaban a los aliados porque el Paraguay era infinitamente más débil y riesgoso, esto es una verdad de Perogrullo, probatoria sin embargo de los fuertes intereses británicos en la región y en la guerra. Aquellos banqueros, por cierto no muy diferentes de los actuales, invertían tratando como siempre de jugar a ganador. Por lo tanto le prestaban a los aliados y no a los paraguayos: esto en portugués, en castizo o en chino significa que el dinero anglosajón apoyó al bando mitrista. Que esto generó deuda a pagar en estos países solo demuestra la lógica dominante  del capital extranjero. La política son hechos y los hechos son que los “logros” que Mitre señala en el discurso citado arriba  favorecieron el librecambio impulsado por Gran Bretaña y Francia.
 Moniz Bandeira señala en un documentado y excelente libro[7] -que no comparte las tesis revisionistas-, que su país en 1865 obtuvo un préstamo de la banca Rothschild,  de 6.693.000 libras, y emitió otros empréstitos que le implicaron consumir más del 60% “en escala creciente” del saldo de su balanza comercial.
Doratioto califica de “hecho mentiroso” el “mito” de una Paraguay desarrollado y pujante. Se trata de una “mentira a medias”. Dice en el reportaje: “Los revisionistas dicen, por ejemplo, que Paraguay tuvo el primer ferrocarril de América del Sur. No es cierto. Antes hubo un ferrocarril en Chile, después hubo uno en Brasil”. ¡Poco serio! Acaso que hayan existido solamente, otros “dos” ferrocarriles,  ¿cambia algo del aspecto central, que es el desarrollo autónomo importante y comparable con el de Brasil que ese pequeño enclave gozaba en aquella época? 
Para tomar una idea de la diferencia de tamaño entre ambos países y de la desproporción que existió en esta guerra, digamos que el Imperio, tenía más de 8.000.000 de km2 de extensión y 11 millones de habitantes, contra unos 450 mil km2  y entre  450 y 650 mil habitantes que se calcula poseía Paraguay. 
El entrevistado describe las excelentes relaciones de Gran Bretaña con Solano López en base a cartas y algunas inversiones realizadas por esta en la nación guaraní. ¿Acaso no es conocido que Inglaterra siempre tuvo “intereses permanentes”? ¿Por qué no iba Paraguay a tener relaciones económicas y comerciales con países de Europa?  Este hecho por sí solo no demuestra nada. Además cualquier historiador puede reconocer que el sistema de Paraguay no era el librecambista que imponían Mitre o el Imperio. Doratioto afirma haber encontrado “una carta del entonces ministro plenipotenciario de Inglaterra en Buenos Aires” de diciembre de 1864 mostrando “preocupación” por la posible guerra. ¡Es inaudito! ¿Acaso no se recuerdan los “buenos oficios por la paz de Haig y EE. UU. durante la guerra de Malvinas?  Recordemos también la actuación de Lord Ponsomby en la guerra contra el Brasil por la Banda oriental y sus maniobras para crear el “estado tapón”, hoy conocido como Uruguay. En fin: ¿Cuántos sinceros buenos oficios, se le conocen a Gran Bretaña cuando sus intereses comerciales están en juego? Por otra parte si Thornton era el diplomático en cuestión conocido es para Doratioto que este era un buen enemigo de López. En suma ninguna de las naciones de la Cuenca del Plata estaban al margen de las relaciones comerciales y económicas con Europa, tampoco el Paraguay lo que no quiere decir que Gran Bretaña no observara complacida la cruzada librecambista emprendida por el imperio esclavista y la Argentina presidida por Mitre.
Es cierto que Brasil como importante país que era tuvo enfrentamientos con Gran Bretaña pero estos no pasaron de pequeñas escaramuzas diplomáticas y no suponen plena independencia de Inglaterra, ya que la dependencia luso-brasilera era histórica desde el tratado de Methuen entre Portugal y Gran Bretaña en el siglo XVIII.
Triple infamia o triple traición, o “maldita guerra”, ninguno de los calificativos son erróneos –nunca es triste la verdad lo que no tiene es remedio-. El tratado es agresivo por el solo hecho de la debilidad de la desproporción existente entre Paraguay los tres aliados.
Veamos los funestos resultados de la empresa “libertadora”. Paraguay sufrió una inhumana quiebra demográfica en su población. De 600.000 habitantes que había  en 1865 –al inicio de la guerra- solo quedaban 231.000 en 1872 al finalizar esta. La misma concluyó con la muerte de Francisco Solano López el valeroso presidente en Cerro Corá, de un lanzazo, un sablazo y un tiro en el corazón de la partida militar brasilera, (uno de los pocos reconocimientos que Doratioto le hace, aunque no se atreve a llamarlo por su nombre: crimen político). La recuperación del nivel poblacional de este período sobrevino recién medio siglo después, hacia la década de 1920.[8] 


Francisco Solano López, presidente heroico del Paraguay, asesinado impunemente por tropas brasileras en Cerro Corá.

Otro aspecto que Doratioto se guarda de explicar es cómo, el Mariscal Francisco Solano López a quien denomina con sentido despectivo “dictador” -aunque se cuida muy bien de utilizar esta palabra para con su Emperador o Venancio Flores o Mitre cuyas “legitimidades” eran por lo menos, similares a las del gobernante guaraní- tuvo tanto amor de su pueblo que lo siguió hasta la muerte y casi podríamos decir hasta el exterminio. Ninguno de los miembros de la Triple Alianza, generaron un sentimiento de afecto popular semejante en sus respectivos países. Evidentemente la interpretación histórica de este autor brasileño, tributa al liberalismo mitrista que durante décadas predominó en nuestro país.


León de Palleja, coronel uruguayo es retirado muerto del campo de batalla del Boquerón. Una de las imágenes históricas de la sangrienta y devastadora Guerra del Paraguay. (Extraido de http://www.temakel.com/ghdegparaguay.htm)



Hay dos aspectos más del reportaje que son impugnables. Mediante un sutil juego de palabras y cometiendo uno de los peores pecados que puede cometer un historiador: transpolar el pasado al presente anacrónicamente; emparenta a Stroessner con López y por carácter transitivo a nuestra presidenta. A renglón seguido aclara su verdadera postura cuando critica la decisión de la República Argentina de poner el nombre de Solano López al Regimiento de Entre Ríos-: “No imagino al presidente Putin poniendo a una unidad militar rusa el nombre de Napoleón Bonaparte.(…)  Supongo que usted no vio una unidad militar paraguaya que se llame Bartolomé Mitre.”  Aquí sí el encubierto “historiador” se “alista”  claramente en la “política”. ¡Napoleón era el general invasor francés al que el pueblo ruso expulsó dando plena muestra de heroísmo! Era un imperio agresor. ¿Cuál fue el imperialismo de Solano López en la región?  En este caso hablamos de una guerra fratricida, entre países que fueron una misma unidad política apenas 60 años antes. Además la historia ha condenado la perversidad de quienes no persiguieron sino una política de exterminio.
 ¿Acaso el Señor Doratioto pretende que asumamos con seriedad su ridícula interpretación de un Paraguay imperialista invasor de Corrientes y el Matto Grosso??? Ni siquiera poblacionalmente los hermanos paraguayos podían aspirar a controlar militarmente las tres naciones de la Triple Alianza. Solo se defendieron. Así lo entendieron al menos los argentinos, que le impidieron a Mitre retener el poder a través de su canciller Rufino de Elizalde en las elecciones por un nuevo período presidencial. En ellas se impuso Domingo Faustino Sarmiento a esa altura distanciado ya del fundador de “La Nación”.
Con gran valentía intelectual Cristina Fernández repara aquel horror histórico poniendo el nombre de un héroe nacional paraguayo que por esa razón lo es del MERCOSUR y de la Comunidad Sudamericana de Naciones, a uno de nuestros regimientos. 
 “En Brasil la historia es historia, no como en la cuenca del Plata donde todavía se utiliza la historia para el combate político presente.”  Afirma el entrevistado haciendo gala de orgullo barrial,  para criticar al revisionismo uruguayo y argentino y al Gral. Perón (¿asimilable a López?) ¡Evidentemente el suicido de Vargas reconoce causas profundas!
Es preciso superar antiguas interpretaciones, para lograr en el siglo XXI la unidad sudamericana que el propio Brasil impulsa hoy. Afortunadamente las vetustas consideraciones del reportaje están quedando fuera de la historia o al menos esto debemos intentar si no queremos entrar al futuro retrocediendo.
El histórico Tratado del MERCOSUR firmado el  26 de marzo de 1991, sintomáticamente lo fue en Asunción, “madre de ciudades”. Tenemos la obligación de reparar aquel “crimen de la guerra”, como en su momento lo hicieron Yrigoyen y Perón. Hoy, Cristina Fernández ratifica y profundiza un camino que resulta estratégico.
La decisión política de bautizar al Grupo de Artillería Blindada 2, de Rosario del Tala, Entre Ríos, como Mariscal Francisco Solano López es un paso en el camino de la integración americana. Como dijo Jorge Abelardo Ramos hace medio siglo: “Somos un país porque no pudimos constituir una Nación. Fuimos argentinos porque fracasamos en ser latinoamericanos.” Sin duda es hora de revertir ese fracaso.

Combatientes paraguayos durante la guerra



Enzo Alberto Regali







[1] “La expresión “infame tratado”  pertenece a Ignacia Gómez, quien la utiliza en una carta que le escribe a Alberdi sobre la situación en Buenos Aires y el descubrimiento del texto del tratado. Citado por Jorge M. MAYER, Alberdi y su tiempo, Buenos Aires, Abeledo Perrot, 1973, tomo II página 890. Ignacia Gómez de Cáneva era una viuda que el gran tucumano conoció en Lóndres en casa de Manuelita Rosas y  mantuvo una importante correspondencia con el tucumano al igual que otras mujeres.  
[2] Pérez Amuchástegui, A. J. Crónica Argentina. Más Allá de la Crónica: El Fratricidio T. 4 LXVI Editorial Codex  1972.
[3] Escude, Carlos y Cisneros, Andrés. Historia de las Relaciones Exteriores Argentinas. El tratado secreto de la Triple Alianza Tomo VI.
[4] Escudé y Cisneros Ibíd. Historiografía anglosajona Pelham Box y McLynn. Tomo VI.
[5] Pérez Amuchástegui. Ibíd.Tomo 4. Pág. LXXI
[6] Recordemos que del lado de la ciudad de Paysandú sitiada y bombardeada por la flota imperial respaldada y abastecida por el gobierno de Mitre, lucharon algunos argentinos ilustres como Rafael Hernández, hermano de José autor del Martín Fierro. En esta batalla el valiente general Leandro Gómez se rindió con sus hombres con la promesa que se respetarían sus vidas. Las tropas brasileras no obstante, los pasaron a degüello. Así  se iniciaba  un conflicto entre hermanos sudamericanos que concluiría con la destrucción del Paraguay. 
[7] Moniz Bandeira, Luis Alberto, Argentina, Brasil y Estados Unidos. De la Triple Alianza al MERCOSUR. Grupo Editorial Norma Buenos Aires. 2004
[8] Brezzo,Liliana  “Argentina-Paraguay- (1810-2000)” Caviar Bleu Edit. Andina Sur-. Doratioto en su ánimo justificatorio  sostiene que los datos de población y  víctimas son discutibles y de mucha variación numérica. En todos los casos las cifras son inhumanas.   

domingo, 12 de junio de 2011

Abelardo Ramos y Jorge Luis Borges
por Jorge Abelardo Ramos



Foto suministrada por Laura Ramos, escritora e hija de Jorge Abelardo Ramos


En vísperas de cumplirse un nuevo aniversario de la muerte de Borges aquel 14 de junio de 1986 en Ginebra (Suiza) deseamos publicar una visión no convencional sobre el escritor. 
Este es el texto completo que Abelardo, poco tiempo antes de su muerte, escribiera para el diario Clarín en respuesta a un artículo de C.E. Feiling en el que el literato había hecho referencia a su persona. La carta nunca fue enviada debido al lamentable deceso del entrañable "Colorado Ramos". Feiling fue un literato rosarino que murió a los 36 años (1961-1997) y fue profesor en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora y en la de San Andrés, también  profesor de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Nottingham en el Reino Unido El texto que hoy publicamos hace referencia tanto a quienes abusando de lo que Jauretche denominaba "la tilinguería" de los intelectuales viven citando a Borges sin leerlo como a los que pretendiendo hacer gala de izquierdismo lo critican sin haber leido su obra o lo citan por "boca de ganso".

Jorge Luis Borges el gran escritor (24 de agosto de 1899-14 de junio de 1986).- 

El señor C.E.Feiling me ha proporcionado un estremecimiento inédito. Por sus iniciales y apellido pienso que el señor Feiling es inglés, y quizás también lo sea por su evidente erudición y destreza literaria expuestas en su artículo del jueves último. Quizás sea joven y apasionado, lo que es bueno, sobre todo tratándose de un  inglés.
Además, que un ciudadano de ese origen se ocupe de un modesto argentino, no deja de ser para mí extremadamente lisonjero.

El señor Feiling sostiene en su artículo que la crítica al imperialismo contemporáneo ha sido y es desacreditada por el espanto que produce en la gente de bien los predicadores de tal crítica, entre ellos nada menos que el Ayatolah Komehini y quien firma.
Este homenaje me abruma. Ignoraba hasta que llegó Feiling, el grado de mi imprudencia mundial.
Aunque no fuera cierto, le quedo muy agradecido y me siento sumamente gratificado.
Al fin y al cabo, cuestiones políticas aparte, ajenas por lo demás a la Argentina, sin duda el Ayatolah Komehini encarnaba, en su momento, el poderoso fuego de la fe en un milenio escéptico y movilizó millones de almas en torno a la tradición coránica, que parecía mucho menos importante que el poderoso ejército del antiguo sha reinante.
Solo quisiera rectificar en un punto al señor Feiling. Se trata de una atribución errónea.
El señor Feiling dice que yo he tratado a Borges de cipayo. No es así. Borges no fue nunca un cipayo (la palabra "cipayo" es un vocablo persa o iraní, la misma lengua del Ayatolah, que quiere decir "hombre de a caballo" y que, por extensión, en la India se aplicaba a los soldados hindúes que, en lugar de defender su patria, servían a los ingleses dominantes.)
Y digo que Borges nunca fue un cipayo porque toda su formación, desde su nacimiento, fue el resultado de varios factores que hicieron de él un gran poeta cosmopolita bilingüe.
Por un lado, el inglés no lo aprendió en una academia de la calle Maipú, como tantos cipayitos que quieren huir de su patria, sino que lo bebió de los labios de su abuela. En la infancia su padre, que era un intelectual afrancesado y anglicanizado, lo encerró en una maravillosa biblioteca repleta de literatura inglesa fantástica, donde el nutrió sus primeros sueños, que son los esenciales en un ser humano. Luego su adolescencia transcurrió en Ginebra, de la misma manera que fue Ginebra el lugar que eligió para morir.

Él enseñaba a los ingleses, con una dicción perfecta, el inglés medieval y a los norteamericanos les enseñaba el inglés básico. Al mismo tiempo era dueño de un genio verbal por todos reconocido.

Yo diría, más bien, que pertenecía de algún modo y pese a las diferencias de tiempo y lugar, a ese tipo de intelectual anglo indio que en Bengala, Bombay o Calcuta soñaban con ser ingleses refinados, con ir a Oxford o a Cambridge, con incorporarse a la potencia dominante, que era la más poderosa y refinada de su tiempo y que, ciertamente, hablaban el inglés mejor que Shakespeare. Muchos de ellos lograron finalmente ser oxfordianos.
Tenían el corazón dividido o, mejor dicho, las dos almas entrelazadas.
Esos grandes intelectuales anglo indios terminaron finalmente, en muchos casos, yéndose a vivir a la metrópoli.
Repetían, como en el caso de Borges, el drama de Paúl Groussac, un amargo francés, notable escritor castellano, que siempre soñó con ser escritor en Francia y que se vio obligado a seguir un, para él, oscuro destino sudamericano.
No era ni francés ni argentino. Era las dos cosas. Esta especie de cruzamiento intelectual entre potencia y colonia, en el caso del Río de la Plata, dio como resultado a un gran poeta anglófilo que, desde ya, detestaba todo lo que podía ser bien criollo, pero cuyo arte literario de tajante corte bizantino y de culto a la pura forma, va a constituir la admiración de todos los textos literarios del porvenir.
Baste recordar, para un último ejemplo que dedico al señor Feiling, conque apasionada atención centenares de intelectuales hindúes, encerrados en el inmenso continente colonial, escuchaban por las noches durante la segunda guerra mundial, entre los golpes de interferencia de la estática de la radio y el mar, las emisiones de la BBC dirigidas a la India como propaganda de guerra, donde hablaban nada menos que George Orwell, el filósofo Jhoart Foster y otros grandes espíritus ingleses sobre temas que concernían específicamente a la tradición occidental británica y no, por supuesto, a la milenaria tradición espiritual de la India.
Señor director, le agradecería la publicación de estas líneas y le quedo muy reconocido por su atención.


MEMORIA, VERDAD, JUSTICIA

El presente artículo me fue enviado por el amigo y compañero doctor Luis Fanchín. Abogado, especialista en derecho laboral, especialmente docente, es también asesor legal de la Unión de Educadores de la Provincia de Córdoba (UEPC) y militante por los derechos humanos.



MEMORIA, VERDAD, JUSTICIA

Tres palabras que relacionamos en el sentir cotidiano con la búsqueda común en que nos encontramos inmersos y las asociamos a la defensa y promoción de los Derechos Humanos.
Es eso y más aún, es la pretensión de afianzamiento de un nuevo país y una nueva democracia, o mejor dicho, es el reencuentro con el país y la democracia que desde hace un par de centurias estamos gestando y construyendo con la intuición y la obstinación propia de las mayorías que pretenden ser dueñas y hacedoras de su destino. Este es el proyecto vital que reside en el “subsuelo de la Patria, es “el cimiento básico de la nación”, que suele asomar, “como asoman las épocas pretéritas de la tierra en la conmoción del terremoto”.

Memoria, Verdad, Justicia: vaya consigna!
Clara, concreta, corta, pero resume todo un programa. Cristaliza, en tres palabras, las aspiraciones colectivas. Y en eso reside, precisamente, el valor y vigencia de una consigna.

Pero conviene que nos aclaremos que significa cada uno de estos términos, pues las oligarquías son las dueñas de los diccionarios”, y para ser dueños de la historia debemos apropiarnos de las palabras.
Suele definirse a la memoria como la “potencia del alma, por medio de la cual se retiene y recuerda el pasado”. Mejor diría que es el poder de enraizarse en el pasado para diseñar el porvenir.

Dícese que la verdad “es un juicio o proposición que no se puede negar racionalmente.”  Esto implica que para atisbar y predicar una verdad es indispensable percibir con claridad y certeza donde estamos, porque desde el “estar” se define el raciocinio y de ahí han de surgir los conceptos.

Por último, desde hace ya más de dos mil años, no cabe duda que "La justicia es la constante y  perpetua voluntad de dar a cada uno lo suyo."

Pero estos conceptos son, como todo conocimiento, una creación colectiva. Estas palabras son el hilo conductor de nuestra historia reciente.

Al recuperarse la democracia, la CONADEP, el Juicio a las Juntas, la restauración de algunos derechos laborales y sociales, la recuperación del tejido social perforado y carcomido por la dictadura, primavereó el horizonte.
A poco de andar, los nubarrones de la Operación Dignidad, del Punto Final, de la Obediencia Debida, corroyeron la esperanza. Y para remachar la historia, el neoliberalismo se enseñoreó en la década siguiente.
Y de ese parto nacieron la Amnistía, no solo de los condenados, sino también la pretensión del olvido de desmanes inolvidables, la destrucción de la riqueza nacional, la aplicación desmedida del principio tramposo del “desborde”: cuando se harten los ricos comerán los excluidos. Se desbocó la deuda externa y creció hasta la desmesura la deuda interna. Argentina agonizaba: era un país inviable. No faltó alguna funcionaria imperial que llegó a proponer la declaración de quiebra y la administración internacional de esta nación abortada.

Otra ves, repitiendo nuestra historia nos deslizábamos con resignación en la maldición de Moreno: “… nuevas ilusiones sucederán a las antiguas, y después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres, será tal vez nuestra suerte mudar de tiranos, sin destruir la tiranía.”
La desazón, el individualismo, “el sálvese quien pueda”, se apoderaron de nuestras almas y de nuestras pequeñas historias cotidianas, como un ácido vil y corrosivo. Por aquellos días, para nosotros, ni siquiera quedaba la esperanza.

Pero en medio de esa debacle estaban ellas, ese grupo de mujeres con pañuelos blancos, empoderadas de su tesón y obstinación ferruginosa, levantando banderas imposibles, rejuntando a los dispersos y señalando el futuro.
Estas luchadoras están profundamente imbricadas con la historia de la patria. Reclamaban, nada más y nada menos que “Memoria, Verdad, Justicia” por los crímenes del Terrorismo de Estado. Esos atentados no eran el resultado casual de la locura homicida de un grupo de facciosos sin ley: fueron parte indispensable del proyecto de destrucción que se enseñoreó en la Argentina desde 1955 hasta el fin del siglo, que las fuerzas oscuras de la reacción implementaron para destruir la “Patria Justa, Libre y Soberana”. Ese había sido uno de los intentos más elevados de nuestro pueblo para cabalgar la historia. Su destrucción era indispensable para mantener la propiedad de “los dueños de casi todas las cosas”. Y para destruirlo, toda iniquidad era poca, todo latrocinio indispensable: el castigo debía ser ejemplar, aleccionador, definitivo.

Pero allí estaban ellas: parecían utópicas en su pretensión de lo imposible.
Fueron un peñasco que resistió tozudamente la marea.
Y como es de la esencia de la marea el subir, pero también el bajar, fue desde esa roca que empezamos de nuevo a caminar y lo que era apenas una casi imperceptible vertiente se transformó en torrente.
Y no solo vinieron los Juicios contra el Terrorismo de Estado, sino también la necesaria recuperación de las instituciones, el inicio de la reparación de la deuda interna, la búsqueda de la soberanía nacional y la inserción de la Argentina como una provincia más de la Patria Grande, aquel sueño fundacional e irredento.
La Política, así con mayúscula, dejó de ser una secretaría del Ministerio de Economía o de alguna Embajada, para instalarse en la preocupación del colectivo.
Dentro de ese marco se inscriben la recuperación de Aerolíneas y del Área Material Córdoba, la renegociación de la deuda externa y la prescindencia del FMI, la Asignación Universal y el 6 % del PBI para la educación, la reestatización del régimen jubilatorio, la reducción de la desocupación y del empleo no registrado, la revalorización y el crecimiento de los sindicatos, de los movimientos sociales y de las entidades intermedias, los Convenios Colectivos de Trabajo, las modificaciones a la Ley de Contrato de Trabajo, la Ley de Medios Audiovisuales, el Matrimonio Igualitario, el Plan Patria Grande, que permitió la regularización de más de setecientos mil inmigrantes … y se me agota la memoria, pero no los hechos.
En este avatar se cayeron los símbolos: afuera los retratos de los dictadores de las escuelas militares, se borró el nombre de los torturadores y represores que frenteaban en los institutos policiales, se renombran las escuelas, las plazas y las calles. La otra historia aparece nítida y se adueña de la geografía.

La Memoria, la Verdad y la Justicia se apropian del diccionario, rescatando el pasado y diseñando el porvenir.
Y los jóvenes lo han entendido y recogen la consigna, y están, “mas temprano que tarde” reanudando los lazos, recomponiendo los puentes, despejando los senderos.

Aún nos falta mucho. Pero vamos por más.
Esa es nuestra certeza.
Es también el temor de los dueños de la vieja Argentina.

En esta bisagra de la historia, las Abuelas y las Madres han sido la amalgama indispensable para unir el pasado, el presente y el futuro.

Buscando a sus nietos y a sus hijos, nos reencontraron a todos.

Luis Fanchin

domingo, 5 de junio de 2011

JOAQUÍN CAMPANA, UNA GARANTÍA

Aspectos controvertido de la revolución de Mayo son abordados por el Lic. Alberto Unpiérrez en este artículo brindado a NEXO SURAMERICANO.



JOAQUÍN CAMPANA, UNA GARANTÍA
Lic. Alberto Umpiérrez


"Todo extremo envuelve fatalidad; por eso una desconfianza desmedida sofocaría los mejores planes, ¿pero es acaso menos terrible un exceso de confianza? Toda clase de precaución debe prodigarse cuando se trata de fijar nuestro destino. Es muy veleidosa la probidad de los hombres, sólo el freno de la Constitución puede afirmarla. Mientras ella no exista, es preciso adoptar las medidas que equivalgan a la garantía preciosa que ella ofrece."

José Artigas, 4 de abril de 1813, Oración inaugural al Congreso de Tres Cruces, frente a las murallas de Montevideo sitiada, convocado con motivo de designar diputados de la Provincia Oriental a la Asamblea General Constituyente de las Provincias Unidas del Año XIII.





En algún momento de febrero de 1811 el entonces Ayudante Mayor de Blandengues José Artigas, ya en aquel momento uno de los principales referentes populares en la Banda Oriental del Paraná y más allá de ella, decide abandonar su puesto en la guarnición de Colonia donde prestaba servicios a órdenes del Brigadier Muesas, para dirigirse a Buenos Aires. A su paso desde Colonia hasta Paysandú, va dejando la señal de insurrección general contra el gobierno “regentista” de Montevideo.

En su viaje iba acompañado por su amigo el cura párroco de Colonia José María Enríquez de la Peña y el teniente de Blandengues Rafael Hortiguera. Más o menos en la misma fecha también el capitán de Blandengues José Rondeau se dirige a Buenos Aires desde Paysandú.

Muchos autores afirman que el motivo que tuvo Artigas para tomar esa determinación tardía de ponerse a las órdenes de la Junta Gubernativa de Buenos Aires, fue una ocasional pelea que tuvo con su comandante el Brigadier Muesas… cabe preguntarse entonces si también el sacerdote Peña y el teniente Hortiguera se pelearon con Muesas por alguna zoncera o ellos tenían otros motivos más profundos. Otro tanto cabe preguntarse sobre la actitud que adopta por esas mismas fechas el capitán Rondeau, ¿se habrá peleado con Michelena que era entonces su comandante? Gran casualidad.

Evidentemente hay otro motivo que seguramente se puede encontrar en los sucesos políticos inmediatamente anteriores y en la propia evolución histórica de la Junta Gubernativa de Buenos Aires. De manera que conviene analizar un poco más porqué Artigas, Rondeau, Hortiguera y Peña, aun siendo convencidos y apasionados patriotas americanistas, postergan su adhesión a la Junta hasta febrero de 1811, y porqué deciden afiliarse a la causa Juntista justamente en ese preciso momento.

Dice el relato histórico por todos sabido, que la defección de José Artigas era la señal para la insurrección general en la Banda Oriental, y efectivamente lo fue, porque el 27 de febrero de 1811 se produce el Grito de Asencio y de inmediato la toma de Mercedes. Pero desde antes ya se venían verificando diversas formas de organización conspirativa tanto en Montevideo como en el resto del territorio Oriental, como surge del intento de motín de las guarniciones de milicias de Montevideo en julio de 1810 orquestado por Pedro Feliciano Cavia, el arresto y remisión a Cuba de Lucas Obes en enero de 1811, la conspiración de la Casa Blanca en Paysandú el 11 de febrero de este mismo año.

El rápido proceso de movilización general que Artigas llamó la “Admirable Alarma”, convocó a grupos de gente precariamente armada y de a caballo, que fueron llegando desde todo el país. Pero resulta realmente extraño que José Artigas, siendo el causante y principal responsable de todo el movimiento, se había ido a Buenos Aires y no vuelve sino hasta el 9 de abril, ¡más de un mes después del Grito de Asencio!

La historia dice que Artigas y Rondeau fueron a Buenos Aires solamente a presentarse y buscar sus respectivas designaciones oficiales para los cargos y rangos militares que se les asignaron. El decreto de la Junta que establece la designación de Artigas como Teniente Coronel y Jefe de Milicias de la Banda Oriental, data del 9 de marzo de 1811, fecha en la cual ya se conoce en Buenos Aires el inicio del movimiento ocurrido en Mercedes. Aun así Artigas se demora un mes entero en llegar junto a su Pueblo que, para entonces ya había sufrido un primer ataque de las fuerzas “regentistas” de Michelena el 4 de abril.

Resulta increíble que un hombre como demostró ser Artigas en su actuación anterior y posterior, estuviera ausente en una circunstancia tan importante para el país, solamente por una cuestión formal, una presentación en sociedad, donde, dicho sea de paso, no era un desconocido. Los nombres de Artigas y Rondeau aparecen mencionados como los eventuales caudillos de la insurrección Oriental en el “Plan de Operaciones”, cuya redacción se atribuye a Mariano Moreno y a Manuel Belgrano, nada menos.

Resulta increíble que, en pleno comienzo del levantamiento popular revolucionario en la Banda Oriental, Artigas se tomara un mes entero para ir hasta Buenos Aires de a caballo paseando por Nogoyá, Santa Fé y Rosario, y otro mes entero para retornar del mismo modo y por el mismo camino. ¿No había ningún bote disponible? ¿No tenía ningún apuro?

Entonces, corresponde preguntarse también cuál fue la verdadera motivación que tuvo Artigas para concurrir a Buenos Aires a principios de febrero de 1811, y cual fue la verdadera razón que lo mantuvo retenido allí durante dos meses, hasta su desembarco en alguna zona cercana a Mercedes el 9 de abril.

¿Por qué Artigas no va solo a Buenos Aires, por qué necesita el acompañamiento del cura Enríquez de la Peña y el teniente Rafael Hortiguera? El sacerdote de la Peña era un hombre muy ilustrado y muy persuasivo, que mantuvo varias conversaciones con Artigas en Colonia. Es razonable suponer que Artigas le pidió que lo acompañara porque necesitaba sus dotes como convincente argumentador, y no es fácil sacar a un cura de su parroquia durante tanto tiempo, el motivo también para él debió ser muy importante.


El grito Asencio, grito de libertad en la Banda Oriental

Rafael Hortiguera, por su parte, era nacido y criado en Buenos Aires donde se enroló en el Cuerpo de Blandengues de esta ciudad en 1790, luego pasa a prestar servicio en la Banda Oriental a las órdenes de José Artigas. Participa en la defensa de Montevideo durante las invasiones inglesas donde es hecho prisionero y enviado a Londres junto a José Rondeau y Antonio González Balcarce (que en febrero de 1811 estaba al mando del Ejército “Juntista” enviado al Alto Perú). Entonces, es un hombre que conoce muy de cerca a José Rondeau y al ambiente militar de Buenos Aires, su presencia como acompañante de Artigas se justifica en sus vinculaciones. ¿Pero hacía falta tanto movimiento solamente por una designación?

El primer trimestre de 1811

Ahora bien, veamos qué fue lo que ocurrió antes de febrero de 1811:
El 18 de diciembre de 1810 se integran los diputados de varias Provincias del interior (Corrientes, Santa Fe, Córdoba, Tucumán, Salta, Jujuy, Santiago del Estero, Catamarca, Mendoza, Tarija, San Luis, San Juan y La Rioja) en la Junta Gubernativa de Buenos Aires, dando origen a lo que dio en llamarse la “Junta Grande”, que seguía presidida por Cornelio Saavedra y con la secretaría compartida entre Juan José Paso y Mariano Moreno. Pero este último pide ser designado para realizar una misión diplomática en Rio de Janeiro y Londres, buscando reconocimientos y apoyos para la Junta. Por este motivo renuncia y en su lugar como secretario de la Junta Grande es designado Hipólito Vieytes, vinculado al sector “porteñista” que se oponía a la integración de los diputados provinciales. El 14 de enero se embarca Mariano Moreno rumbo a Londres en la fragata británica “Fama” al mando del capitán George Thomas Heverson, la cual navegaba en flotilla junto a otras dos del mismo porte escoltadas por la goleta HMS Mistletoe comandada por el Teniente Robert Ramsay. Pero Moreno fallece durante el viaje el 4 de marzo y su cuerpo es arrojado al océano.

El 19 de enero de 1811 Francisco Javier de Elío declaró a Montevideo capital del Virreinato y asumió como Virrey del Río de la Plata, cargo para el que fue nombrado por el Consejo de Regencia el 31 de agosto de 1810.  La Junta Grande rechaza formalmente su reconocimiento por nota del 22 de enero. El 11 de febrero las fuerzas de Michelena desbaratan una conspiración favorable al movimiento Juntista en Casa Blanca, cerca de Paysandú, y al día siguiente, 12 de febrero, el Virrey Elío declara la guerra a la Junta de Buenos Aires.

También el 19 de enero se produce la primera derrota del Ejército enviado al Paraguay al mando de Manuel Belgrano, en la batalla de Paraguarí. Ese mismo día Belgrano, que no era militar de carrera, recibe su designación como Brigadier General otorgada por la Junta Grande, sin haber renunciado todavía a su cargo como Secretario del Consulado de Comercio de Buenos Aires, para el cual había sido designado por el propio Rey de España Carlos IV en 1794. Las primeras instrucciones de la Junta a Belgrano para la formación de este Ejército datan del 4 de setiembre de 1810 y, en principio, orientaban las acciones militares hacia la Banda Oriental. Pero luego, el 22 de setiembre, se cambia la orientación dándose prioridad al Paraguay y luego a la Banda Oriental, siempre bajo el supuesto de que con un pequeño ejército simbólico se podría completar la tarea de someter a estas provincias.

Es en este contexto que Artigas, Rondeau, Hortiguera y el sacerdote Peña se presentan en Buenos Aires a principios o mediados de febrero de 1811. El ambiente no es precisamente de triunfalismo, sino más bien por el contrario, ya hay conspiraciones que apuntan al derrocamiento de la Junta Gubernativa, conspiraciones que tienen su epicentro otra vez en el Cabildo de Buenos Aires dominado por los sectores más “españolistas”, y en la recientemente creada “Sociedad Patriótica” que reunía a los sectores de la ilustración criolla “porteñista”, vinculados al comercio con Gran Bretaña.

En febrero de 1811 en Buenos Aires, se produce un hecho que podría resultar muy significativo en la interpretación de los acontecimientos posteriores. Se realiza una reunión, un Capítulo de la Congregación Franciscana, a la que también asiste desplazándose desde Córdoba, el sacerdote oriental José Benito Monterroso, quien sería luego desde 1814 el Secretario de José Artigas. Quizá esta reunión pueda explicar la presencia del Padre José María Enríquez de la Peña en la capital tradicional de las Provincias rioplatenses.

El 9 de marzo el Ejército de Manuel Belgrano sufre una nueva derrota en la batalla de Tacuarí. Ese mismo día, sin conocer aun esta noticia, la Junta Grande designa a Artigas como Teniente Coronel y Jefe de las milicias patrióticas de la Banda Oriental, encuadrado en el Ejército al mando de Belgrano, otorgándole unas decenas de blandengues y algún dinero para realizar la insurrección de la Banda Oriental, que para esa fecha ya había comenzado con el Grito de Asencio y la toma de Mercedes el 27 de febrero.

Pero José Artigas no retorna de inmediato, permanece en Buenos Aires todavía un tiempo más, enviando a Miguel Estanislao Soler con una tropa de blandengues para que refuerce a las milicias reunidas en Mercedes y asuma el mando provisoriamente. Más tarde el coronel Soler sería comandante del primer Regimiento de Pardos y Morenos.

¿Por qué Artigas se demora tanto en volver, pese a los ruegos del Teniente Ramón Fernández, que pide refuerzos desesperadamente desde Mercedes? Su retorno se hace esperar hasta el 9 de abril, para producir la Proclama de Mercedes el 11 del mismo mes. Pero en el ínterin nadie sabe con seguridad donde está, no hay ninguna correspondencia firmada por Artigas que permita saber donde se encontraba en marzo y primeros días de abril de 1811. Seguramente lejos de la acción militar, pero ocupado en algo igual de importante.

Buenos Aires estaba en ebullición. El 20 de marzo la Junta Grande convocó al servicio militar “a todos los habitantes entre los 18 y 25 años”, temiendo una inminente invasión por parte del Virrey Elío. Al día siguiente ordenó la internación en Córdoba de 400 españoles solteros, con la excepción de los muy ancianos o físicamente impedidos.

El día 23 el Cabildo de Buenos Aires pide la anulación de la última medida y esa misma noche se reúne la “Sociedad Patriótica” (el “Club” del Café de Marco), y en esta reunión Julián Álvarez leyó un discurso llamando a la conciliación entre los españoles europeos y americanos “que abrirá el camino que nos conduce a la inmortalidad”. Seguía diciendo que había que “hacerlos entrar (a los españoles europeos) por los senderos de la razón y de su propio bien”… Evidentemente estaban muy lejos de ser las ideas radicales de Mariano Moreno, pero la cuestión era sencillamente buscar la disolución de la Junta Grande.

Frente al ataque convergente de “españolistas” y “porteñistas”, la Junta resuelve dejar sin efecto la internación dispuesta, y con la intención de conciliar designa al español europeo Matías Bernal como Presidente de la Junta de Potosí. Pero el nombramiento también les cayó mal, el Cabildo protestó y la “Sociedad Patriótica” trató de traidor al Deán Gregorio Funes, diputado por Córdoba. Cualquiera diría que estaban como “la gata Flora”, nada les viene bien. El golpe de Estado era inminente, y para eso estos grupos contaban con el apoyo del Regimiento de la Estrella al mando de Domingo French y Antonio Luis Beruti.

El movimiento de los orilleros, 5-6 de abril de 1811

Así llegamos a los sucesos poco conocidos del 5 y 6 de abril de 1811. Dice el Dr. Jorge Oscar Sulé (“La Revolución de los Orilleros”, El Gran Americano Nº 11, mayo 2010): “Sorpresivamente a las 11 de la noche del sábado 5 de abril de 1811, grupos de quinteros, matanceros y otros, orilleros todos, con sus caballos convergen desde los corrales de Miserere, de los pagos de Palermo, de los mataderos de San Telmo, de los rancheríos del Retiro, hacia la Plaza de la Victoria. Más de cuatro mil jinetes que no se había visto en las jornadas del 25 de Mayo, en silencio ocuparon la plaza ante el desconcierto de los jóvenes intelectuales que veían materializado "al pueblo" que invocaban en sus discursos y ante el estupor de los vecinos del centro la parte "principal y sana del vecindario" que se atemorizaron ante la presencia de la chusma de las orillas.

Por su parte dice Vicente Fidel López (“Historia de la República Argentina”, 1893): “Era una clase hoy desaparecida, fiel al patriotismo local y rebelde a la “aristocracia” que la dominaba. Los “orilleros” tenían caballo, hogar y medios propios de subsistencia en las orillas y barrios embrionarios de la ciudad, unidos por espíritu de cuerpo a su medio social y poco simpáticos a las clases dirigentes cuyas casas ocupaban las calles del urbano centro.”

Este movimiento estaba acaudillado por los Alcaldes de sus respectivos pueblos y a la cabeza de todos ellos estaba el Alcalde de las Quintas don Tomás Grigera, del cual dice Vicente Fidel López (op. cit.) que “ejercía una especie de patriarcado bondadoso y responsable” en sus pagos. Lo describe con “la figura característica de los hombres de las orillas: alto y delgado, de cabellos y barbas negras, de ojos benignos pero retraídos entre dos cejas bastante pobladas. Sus modos de hablar y sus conceptos, siempre graves y sentenciosos, revelaban el hábito que había contraído de resolver las contiendas de sus convecinos con máxima de moral y buena ley según las entendía.”

El otro caudillo del movimiento fue el Dr. Joaquín Campana, al cual nos referiremos especialmente más adelante. Es el Dr. Campana quien entrega el Petitorio firmado por numerosos vecinos encabezados por sus respectivos Alcaldes de Barrio, a la Sala de Acuerdos del Cabildo, donde esperaban reunidos en pleno todos los Capitulares, a las 3 de la madrugada del día domingo 6 de abril. Las principales cláusulas del Petitorio eran las siguientes:

1º) El Brigadier General Cornelio Saavedra tendría el mando político y militar en toda su plenitud, por entenderse inconveniente “el depósito del Poder Ejecutivo en muchas personas.”

2º) Los españoles europeos de cualquier clase y condición serían expulsados, siempre “que no acreditasen de manera fehaciente su lealtad al gobierno.”

3º) En lo sucesivo no se nombrarían Presidentes de Juntas Provinciales a quienes no fuesen vecinos de la respectiva Provincia.

4º) Se abriría causa judicial contra Manuel Belgrano por su eventual responsabilidad en las derrotas durante la expedición militar al Paraguay.

5º) Se formaría un “Tribunal de Seguridad Pública” encargado de “velar contra los adversarios del sistema político.”

6º) Los Alcaldes de Barrio deberían contar con los elementos necesarios para “el arreglo de sus cuarteles, especialmente el de quintas”.

7º) En lo sucesivo no se nombrarían vocales de la Junta Gubernativa, ni se haría variación en la forma de gobierno “sin que ocurra con voto expreso del Pueblo.”

8º) El Regimiento de la Estrella sería disuelto y confinados sus jefes.

9º) Se dejarían sin efecto los despachos de Brigadieres Generales otorgados desde el 25 de mayo de 1810, con las excepciones de Cornelio Saavedra, Antonio González Balcarce y Francisco Rivero, héroe del pronunciamiento popular de Cochabamba, en el Alto Perú, por la “causa americana”.

Al ser presentado el documento en la reunión del Cabildo, ya todos los jefes y oficiales de los Regimientos acantonados en Buenos Aires (con excepción del Regimiento de la Estrella) estaban en conocimiento del movimiento popular y de su Petitorio, y habían decidido apoyarlo, presentándose con sus tropas en la Plaza. Por este motivo se invitó a pasar a la Sala de Acuerdos a los Coroneles: Martín Rodríguez de los “Húsares de la Patria”, Juan Ramón y Marcos Balcarce de la “Caballería de la Patria” (antiguos Blandengues de Buenos Aires), Juan Florencio Terrada del “Regimiento de Granaderos de Fernando VII”, Juan Bautista Bustos del “Batallón de Arribeños” (formado por provincianos residentes en Buenos Aires), entre otros varios más, a los efectos de formalizar su aprobación al documento.

Cornelio Saavedra se negó a aceptar la responsabilidad del mando único y manifestó su intención de renunciar a toda función, incluso al grado de Brigadier General que le fuera conferido. Esta situación imprevista lleva a los peticionantes a aceptar el mantenimiento de la Junta Grande, pero con la destitución del Secretario Hipólito Vieytes y los vocales Azcuénaga, Larrea y Rodríguez Peña (de la facción “porteñista”), en cuyo lugar se proponía como vocales a Feliciano Chiclana, Atanasio Gutiérrez y Juan Alagón, todos vecinos de arraigo, prestigio y conocida filiación “Juntista”. Para el cargo de Secretario de Gobierno se proponía al Dr. Joaquín Campana.

Otro de los puntos muy discutidos en aquella sesión extraordinaria y urgente del Cabildo de Buenos Aires, fue el de la expulsión de los españoles europeos, que se sustituyó por un impuesto proporcional a sus fortunas o rentas, quedando encargado el Alcalde Grigera de informar sobre todo aquel que fuera de “lealtad sospechosa”.

El Dr. Campana se puso a trabajar de inmediato, impulsando con energía todo lo acordado en aquella madrugada memorable pero luego soslayada del 6 de abril de 1811. Una auténtica revolución popular sin derramamiento de sangre, al mejor estilo de la Revolución Gloriosa o Incruenta ocurrida en Inglaterra en 1688.

Breve biografía del Dr. Joaquín Campana

El Dr. Joaquín Campana es el principal vocero e intérprete del movimiento de los “orilleros”, pero a pesar de que es un excelente orador de mucho prestigio entre los quinteros y las clases medias y bajas de Buenos Aires, no es un caudillo, es fundamentalmente un intelectual, un abogado que había cursado en Córdoba sus estudios humanidades y jurisprudencia, doctorándose en leyes en los tradicionales claustros de la Real y Pontificia Universidad de Nuestra Señora de Monserrat.

Pero Joaquín Campana no era porteño, sino oriental. Había nacido en la ciudad de San Carlos el 24 de mayo de 1773 y fue bautizado en la Parroquia de San Carlos Borromeo el día 27 de ese mismo mes (L.1 F.26v.).

Era el segundo de los 14 hijos de Andrés Campana, originario de Dublín, Irlanda, razón por la cual tuvo que castellanizar su nombre y apellido irlandeses Andrew Campbell, cuyos padres se llamaban James Campbell y Johanne Green. Este emigró al Río de la Plata acosado por la intolerancia religiosa de los calvinistas ingleses del siglo XVIII, desembarcando en Maldonado y estableciéndose en San Carlos. Contrajo matrimonio antes de 1771 con Bárbara Espíndola, nacida en Rio Grande e hija de portugueses azorianos, que forman ya desde 1764 el núcleo fundacional de la comunidad carolina.

En 1775 la familia Campana Espíndola está establecida en Maldonado por lo menos hasta 1787, donde Joaquín recibe el sacramento de la Confirmación en 1779. En 1795 hay documentos que ubican a la familia en Montevideo, y luego pasa a radicarse definitivamente en Buenos Aires desde 1797, donde Andrés Campana se desempeña como “Guardia Resguardo de Rentas”.

Al llegar a Buenos Aires Joaquín Campana ya tiene 24 años de edad y seguramente cursó sus estudios primarios y secundarios en Maldonado y Montevideo respectivamente. Era un oriental de cabo a rabo. Sería una gran casualidad que habiendo vivido tantos años en la Banda Oriental la familia Campana no tuviera ninguna relación con la familia Artigas, que eran varios y muy conocidos e insertos en la comunidad.

Por lo mismo, cabe deducir que también conocía al sacerdote José Benito Monterroso, que llegó a Buenos Aires poco después que los Campana Espíndola, y también cursó sus estudios superiores en la Universidad de Córdoba entre 1798 y 1803, fecha en que asume la Cátedra de Filosofía en esta casa de estudios.

El 4 de Junio de 1803, terminados sus estudios en Córdoba, el Dr. Joaquín Campana fue habilitado como Agente Fiscal de la Real Hacienda, cargo que desempeñaba al producirse las invasiones inglesas.

Participa activamente en el movimiento popular que acaudillado por Martín de Álzaga ofrece tenaz resistencia a la ocupación británica. El 14 de agosto de 1806 está presente entre las 96 personas que concurren al Cabildo Abierto que resuelve destituir al Virrey Sobremonte del mando militar de la ciudad de Buenos Aires, imponiendo como General en Jefe a Santiago de Liniers. En una carta dirigida al “Príncipe de la Paz” el destituido  Marqués de Sobremonte manifiesta “que el abogado Joaquín Campana había tomado la palabra en aquel Cabildo junto con otros revolucionarios quienes eran los cabecillas que dijeron al pueblo que tenía autoridad para elegir mandatario”.

El 18 de noviembre de 1806 el Coronel Cornelio Saavedra certifica que Joaquín Campana revista como oficial del Regimiento de Patricios, con el grado de Capitán de la Segunda Compañía, participando también en tal carácter en los combates de 1807.

Participa activamente en el proceso que conduce a la formación de la Junta Gubernativa. En el Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810 vota en contra de Cisneros y en apoyo de la fórmula propiciada por Cornelio Saavedra.

Aparentemente ocupa un rol secundario durante el período de la Primera Junta, seguramente vuelve a sus actividades como abogado o como fiscal. Hay un enorme e inquietante vacío documental en este período de su vida, similar al misterio que hay sobre la actividad de José Artigas en 1810 y en el primer trimestre de 1811, justamente y casualmente cuando ocurre su presencia en Buenos Aires.

La cuestión es que protagoniza la movilización de los orilleros del 5 y 6 de abril, y luego ocupa la Secretaría de Gobierno hasta el 16 de setiembre de 1811, momento en que es desplazado y arrestado por orden del Primer Triunvirato establecido por presiones del Cabildo de Buenos Aires y de la “Sociedad Patriótica” porteñista.

Desde la fecha de su arresto queda confinado en el Fortín de Areco hasta que resulta beneficiado por la “Ley de Olvido” de 1822. En Areco pasa sus años más duros, sometido a todo tipo de privaciones junto a su familia. No deja de ser muy significativo el hecho de que es liberado de su confinamiento después de la internación de José Artigas en el Paraguay, lo cual permite reforzar la idea de una vinculación ideológica y política entre ambos. Más aun considerando que al Alcalde Tomás Grigera, que también es sometido a prisión por el Triunvirato, lo dejan libre casi enseguida en 1813 e incluso le otorgan tierras y cargos desde 1814.

El Alcalde Grigera fue favorecido por una ley sancionada por la Asamblea General Constituyente reunida en 1813, que otorga el perdón a todos los incursos en delitos políticos y militares con las únicas excepciones expresas de Cornelio Saavedra y Joaquín Campana. A Cornelio Saavedra, después de muchas vicisitudes, lo rehabilitan en 1818, permitiéndole regresar a Buenos Aires, restituyéndole su grado militar y asignándole un cargo en el ejército. Pero ninguno de los dos aboga por la libertad de Joaquín Campana, que sigue preso hasta 1822. Evidentemente su vinculación más fuerte es con José Artigas, al menos desde el punto de vista de sus captores.

Luego de su liberación se traslada con su familia a la localidad bonaerense de Chascomús, donde ejerce como Juez de Primera Instancia en la Campaña hasta 1829. Este año se embarcó en la goleta Rosa rumbo a Montevideo, con el propósito de radicarse definitivamente en esta ciudad para ejercer su profesión de abogado. La Provincia Oriental ya se había independizado y en virtud de su nueva Constitución de 1830 elige su primer Cuerpo Legislativo.

Pero el Dr. Joaquín Campana no había sido olvidado entre sus compatriotas, a pesar de los muchos años de reclusión, y tiene el privilegio de resultar electo por el sufragio de sus conciudadanos para formar parte de la primera Legislatura instalada en la nueva República, en calidad de Senador, siendo posteriormente reelegido varias veces, llegando a desempeñar la Vicepresidencia del Cuerpo por un período.

En mérito a su prestigio intelectual como abogado, la Asamblea General lo designa miembro del Tribunal Superior de Justicia, y en el desempeño de esta importante función debe cumplir una misión diplomática ante el gobierno argentino, relacionada con la navegación en el Río de la Plata. Su eficaz gestión conformó a los dos gobiernos y sentó las bases jurídicas de los subsiguientes protocolos que regularon estos temas por varias décadas.

Durante la Presidencia de Manuel Oribe se dedica a promover la cultura y la educación, pasando a desempeñar el cargo ejecutivo de Inspector General de Instrucción Pública, a la vez que ocupa la Cátedra de Filosofía a nivel universitario. En 1839 preside la apertura de la Academia Teórico Práctica de Jurisprudencia en Montevideo, pero debido al cambio de gobierno forzoso que se procesa a fines del año anterior, se ve obligado a mudarse otra vez a Buenos Aires, donde permanece hasta su muerte, ocurrida el 12 de setiembre de 1847.

La gestión de Joaquín Campana como Secretario de Gobierno de la Junta Grande

Veamos ahora cuales son los principales logros e hitos durante los cinco meses de gestión de Campana como Ejecutivo de la Junta Grande.

En principio corresponde dejar establecido el hecho de que antes de ocupar Campana su importante cargo, la Junta Gubernativa había enviado a Manuel de Sarratea en misión oficial a Rio de Janeiro en sustitución del fallecido Mariano Moreno.  Manuel de Sarratea está notoriamente vinculado a la “Sociedad Patriótica”, o sea, al partido del anterior Secretario destituido por el movimiento de los orilleros, Hipólito Vieytes. También milita en este partido el responsable político del Ejército en el Alto Perú, Juan José Castelli. De modo que su gestión tiene “dentro” a varios “enemigos” que pronto habrán de jugar muy fuertemente en contra del cumplimiento de los objetivos políticos y militares que Joaquín Campana y la Junta Grande se proponen.

El primer efecto positivo del gobierno de Joaquín Campana consiste en favorecer la insurrección popular en la Banda Oriental, dejándole ejercer un notorio protagonismo a José Artigas, que este aprovecha hasta lograr su resonante triunfo en la Batalla de Las Piedras, el 18 de mayo de 1811, sitiando por tierra la fortaleza de Montevideo. Este éxito inicial obviamente consolida la posición política de Joaquín Campana, de Cornelio Saavedra y de la Junta Grande, y por lo mismo resulta muy molesto para sus adversarios, quienes procuran estancar la situación y evitar un asalto sobre Montevideo, que de producirse hubiera consolidado definitivamente al gobierno.

Mientras tanto, en Río de Janeiro se negocia sobre la amenaza inminente de una invasión portuguesa propiciada por el Virrey Elío y sobre una eventual mediación del Imperio Británico. En este marco, el General José Rondeau, quien desde el 22 de abril sustituye a Manuel Belgrano en el mando del Ejército de la Junta en la Banda Oriental, parece actuar como agente de la “Sociedad Patriótica”.

En efecto, en el Parte de la batalla de Las Piedras que José Artigas dirige a José Rondeau fechado el 19 de mayo, informa que: “El Ayudante mayor de ordenes, Don Juan Rosales, me asegura haber de fuerza en la Plaza de Montevideo, de 500 a 600 hombres, inclusos los que estaban en la Colonia, y que (según este) han regresado a Montevideo.” Y a continuación le sugiere a su General en Jefe: “Combine pues que V.S., en vista de lo expuesto, acelere sus marchas, y me mande tropa a la mayor brevedad, entre la cual, es indispensable venga una dotación suficiente de Artilleros, para el manejo de las 5 piezas de artillería que he tomado a los enemigos: mandándome bastantes piedras de chispa, que las necesito mucho, y no las había en el Parque enemigo.” Pese a este pedido explícito que apunta claramente a tomar por asalto de inmediato la Plaza de Montevideo, Rondeau se toma su tiempo, con demasiada parsimonia, considerando que la presencia del Virrey Elío en Montevideo es la única excusa para justificar la eventual invasión portuguesa que se está preparando.

Por oficio del 20 de mayo, Elío pide a José Artigas que se avenga a suspender las hostilidades, porque se había enviado un delegado de Montevideo a negociar un armisticio con la Junta de Buenos Aires, a lo que Artigas responde que “La causa de los pueblos no admite, Señor, la menor demora. Si V.S. desea sinceramente evitar la efusión de sangre tan contraria a la humanidad, entre V.S. en negociaciones conmigo…”. Al día siguiente en otro oficio José Artigas le propone al Virrey que para evitar “el horror del plomo y el acero”, tome “el pronto remedio que está en sus manos: este es, solo la entrega de esa plaza, entablando conmigo negociaciones que resulten en beneficio de esos vecinos, nosotros tenemos un conocimiento pleno de sus pocos recursos; lo tenemos de su situación, e inútiles esperanzas, y V.S. lo tiene de nosotros, que militando bajo los auspicios de un imperio establecido; tenemos una fuente inagotable de auxilios.” Con mucha elegancia le intima la rendición incondicional.

En este marco, la noche del 21 de mayo, el Virrey Elío expulsa a los sacerdotes Franciscanos de Montevideo, acusándolos de ser “amigos de los gauchos”. Este hecho podría asociarse a la ya mencionada reunión realizada por la Congregación Franciscana en Buenos Aires en febrero de 1811, poco antes de la “revolución de los orilleros”. Junto con ellos son expulsados también más de 20 familias de criollos sospechosas de ser simpatizantes de la Junta. El 24 de mayo la “Junta provisional Gubernativa de las Provincias del Río de la Plata” confiere a José Artigas el empleo de Coronel del Cuerpo de Blandengues, con especial consideración a sus méritos y servicios, y lo designa Segundo Jefe del Ejército a cargo de todas las fuerzas de Caballería Patriótica.

En tal carácter, el día 26 de mayo Artigas dirige una nota al Comandante de la Fortaleza del Cerro diciéndole que “Hallándome determinado a atacar esa fortaleza con una fuerza superior que hará inútil su resistencia, propongo a V. la rinda a las armas de Fernando séptimo, que obran a mis órdenes, para evitar una efusión de sangre dolorosa de ambas partes…”. Pero el ardor combatiente de Artigas es contenido al llegar José Rondeau el 1º de junio, con órdenes expresas de estrechar vigorosamente el cerco a Montevideo, pero evitando el asalto.

En el ínterin el Virrey Elío, no conforme con haber pedido la intervención militar de las fuerzas portuguesas, también se la solicita a Lord Stragford en carta del 26 de mayo: “Confiado sin embargo en que la poderosa protección de la Gran Bretaña que V.E. me ofrece, podrá obligar a aquella Junta a conocer sus verdaderos intereses, he asegurado al Capitán Haywood que estoy pronto a entrar en cualquier género de negociación…”, y agrega más adelante que “considerando la estrecha amistad y Alianza que felizmente subsiste entre la Gran Bretaña y España y los continuos y generosos sacrificios que de común acuerdo están haciendo ambas naciones contra Francia, no me parece fuera de propósito el implorar a V.E. la protección y auxilios de las fuerzas británicas para mantener la Plaza para su legítimo soberano, y espero de los generosos sentimientos de V.E. que hará por su parte cuanto sea posible por que se verifiquen mis justos deseos.”

El segundo efecto positivo está vinculado a la normalización de las relaciones de Buenos Aires con el Paraguay, a pesar de la guerra fratricida que se le había impuesto. En las jornadas del 14 y 15 de mayo de 1811, el Gobernador español del Paraguay, Bernardo de Velazco, es destituido y en su lugar se instala una Junta de Gobierno integrada por Fulgencio Yegros, Pedro Caballero y el Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia, actuando como Secretario Fernando de la Mora. Con la excepción del Dr. Francia, los otros tres integrantes de la Junta paraguaya eran amigos de José Artigas desde los tiempos de las invasiones inglesas. De inmediato esta Junta propone regular las relaciones con Buenos Aires a través de un Tratado de Confederación, cuya negociación también se demora por distintos motivos y recién termina por firmarse el 12 de octubre de 1811. Pero nunca llega a aplicarse porque la Junta Grande había dejado de existir y el Triunvirato no tenía ningún interés en este tipo de acuerdos.

A pesar de los manejos que hacía casi por su cuenta el Embajador Plenipotenciario Manuel de Sarratea ante Lord Stragford y el Marqués de Linhares en Rio de Janeiro, siguiendo instrucciones paralelas de la “Sociedad Patriótica”, y en total contradicción con los intereses de su propio gobierno ejecutivo a cargo de Joaquín Campana, éste manifestó claramente al Embajador británico su posición en carta fechada el 18 de mayo:

"Estas provincias exigen solamente manejarse por sí mismas y sin los riesgos de aventurar sus caudales a la rapacidad de manos infieles... Puede V.E. estar firmemente persuadido que el bloqueo puesto por el general Elío es más en perjuicio de los intereses de la Gran Bretaña y de la España misma, que de los nuestros. Para que el gobierno inglés pudiese hacer los oficios de un mediador imparcial es preciso que reconociese la independencia recíproca de América y la península, pues ni la península tiene el derecho al gobierno de América ni ésta al de aquella, de otro modo, poseído el gabinete británico con la idea de nuestra degradación, no sería extraño que quiera darnos por favor mucho menos de lo que se nos debe por justicia; hasta tanto no sea notorio el juicio de la nación británica, debe suspenderse todo ulterior procedimiento." (citado por Jorge Oscar Sulé, op. cit.).

Como bien señala el Dr. Sulé en su articulo referido, el documento resulta “admirable por su dignidad y concepción patriótica”, de una claridad y contundencia formidables en comparación con otros documentos de su época. Y es muy probable además, como bien supone el historiador Mario Arturo Serrano (“Cómo fue la revolución de los orilleros porteños”, Buenos Aires, 1972), que esta carta haya indignado a Lord Stragford al imponerle condiciones a la mediación que él mismo pretendía llevar adelante en representación de Su Majestad Británica. Tal grado de indignación, sospecha Serrano, que no le dejara más alternativa que propiciar un golpe de Estado en Buenos Aires, utilizando como instrumento de este designio al propio Manuel de Sarratea.

Apenas dos días antes de esta carta a Lord Stragford, el 16 de mayo, la Junta también se había comunicado con el Conde de Linhares, diciéndole que “ha creído esta Junta que sin el conocimiento de este Congreso (de todas las Provincias) sería un poco prematuro entrar en negociaciones con la España.” Pero, continúa diciendo, “No se ofrecen los mismos escollos respecto a nuestra reconciliación con la Ciudad de Montevideo: La naturalidad de sus habitantes, la vecindad del suelo, y sus íntimas relaciones con esta Metrópoli, todo concurre a excitar el deseo de nuestra reunión. La Junta aceptará desde luego toda proposición que por medio de S.A.R. le sea propuesta, y no comprometa los intereses que se le han confiado.La Junta deposita su confianza en la mediación que ofrece el Príncipe Regente de Portugal, a través de su Canciller Linhares.

La cuestión es que las relaciones comerciales con el Imperio Británico se fueron reduciendo, al imponerse por el gobierno de Campana cada vez mayores restricciones a la importación de géneros ingleses con destino a las Provincias y a la venta en Buenos Aires de mercaderías al menudeo por parte de extranjeros. Además se siguió una política muy estricta en materia fiscal, persiguiendo particularmente a los importadores que debían a la Aduana, aplicándoseles un interés del 6% sobre sus mercaderías.

A pesar de los poderosos enemigos a los que dignamente se enfrentaba, en este mes de mayo de 1811 todo parecía marchar bien para el gobierno de Joaquín Campana, pero la actividad conspirativa de la “Sociedad Patriótica” comienza a adquirir un ritmo frenético. Las calles de Buenos Aires se llenan de volantes anónimos en tono despectivo hacia los provincianos en el gobierno de la Junta: "Os gobiernan el potosino Saavedra, el cordobés Funes, el correntino Cossio, el tucumano Molina, el montevideano Campana, todos forasteros. ¿En esto han venido tus glorias y tu nombre, Buenos Aires?".

En el Alto Perú, las fuerzas revolucionarias alcanzaban ya al Lago Titicaca y se preparaba en la ciudad de Tacna una insurrección acaudillada por Francisco Antonio de Zela que serviría de avanzada para la total invasión del Perú. Pero el 20 de junio de 1811, mientras la población de Tacna proclamaba su adhesión a la causa Americana, las fuerzas del Virreinato del Perú al mando del General José Manuel de Goyeneche derrotaban totalmente en la batalla de Huaqui a los patriotas, que huyen en desbandada abandonando todo el parque y la artillería. Tal fue el desorden en las tropas que siguieron huyendo hasta Jujuy. Poco después, el 13 de agosto de 1811, otra derrota, esta vez en Sipe-Sipe, determina la pérdida de Cochabamba y de todo el Alto Perú.

Ante semejante desastre, los revolucionarios de Tacna quedan abandonados a su suerte, siendo también derrotados y apresados todos sus jefes. Francisco Antonio de Zela es condenado a las mazmorras del Castillo de Chagres, en Panamá, donde muere diez años después, el 28 de julio de 1821.

Paralelamente, el llamado “Ejército Pacificador de la Banda Oriental” enviado por el Rey de Portugal al mando del Gobernador y Capitán General de Rio Grande, Diego de Souza, cruzan el río Yaguarón el 21 de julio de 1811, apoderándose de la Villa de Melo el día 23. El 30 de agosto los portugueses toman por asalto la ciudad de Paysandú, heroicamente defendida por el Capitán Francisco Bicudo, mestizo riograndense, quien pierde la vida en el combate junto a otros 30 milicianos patriotas. Para el 5 de setiembre los invasores ya están en posesión de la Fortaleza de Santa Teresa y el 14 de octubre ocupan la ciudad de Maldonado donde establecen su Cuartel General.

Un compendio de malas noticias comienza a llegar a Buenos Aires. En particular, la invasión portuguesa de la Banda Oriental causa estupor e indignación. El 1º de setiembre la Junta Grande se dirige a la Junta Provincial de Córdoba en estos términos: “Conspirando por todos los arbitrios los enemigos de nuestra Santa causa a sofocar la idea que se han propuesto estas Provincias de consolidar un sistema que las ponga a cubierto de los males que hasta aquí han tolerado y que tratan de perpetuar con total prescindencia de sus justas reclamaciones, hoy se halla esta capital amagada de nuevos e inminentes peligros con la imprudente e inicua resolución de Don Francisco Javier de Elío, que olvidando de sus deberes de fiel vasallo de la Monarquía Española ha cometido el atentado de llamar en su auxilio las fuerzas del Brasil, tenazmente resuelto a establecer en todo nuestro territorio la ilegítima representación de Virrey con que arribó al Río de la Plata.”

A principios de agosto la Junta resuelve el cese de Juan José Castelli y Antonio González Balcarce en la jefatura del Ejército del Alto Perú, designando al propio Presidente Cornelio Saavedra y al diputado tucumano Manuel Molina para sustituirlos. Por otra parte el 11 de agosto designa comisionados para iniciar negociaciones con Montevideo al Deán Funes, José Julián Pérez y Juan José Paso, a los efectos de negociar un armisticio con Elío. Con estas ausencias la Junta Grande queda seriamente debilitada para enfrentar las resistencias de la oposición en Buenos Aires, la cual obviamente no desaprovecha la oportunidad.

Dice el historiador argentino Juan Canter (citado por Washington Reyes Abadie en “Artigas y el Federalismo en el Río de la Plata”, Montevideo, 1998): “La oposición aprovechada se alza prepotente con humos de arrogancia. Han vuelto a aparecer las cucardas azules y blancas, el café (de Marco) ha recobrado nueva animación. Junto a la juventud ilustrada aparecen también los Sosa y los García, al lado de Francisco Paso (pertenecientes a un sector de los suburbios). Son varios los elementos que juegan la partida de las conveniencias políticas.”

El estancamiento en la negociación entre Buenos Aires y Montevideo

Las negociaciones entre la Junta Grande y el Virrey Elío habían pasado por distintas etapas ya desde los días posteriores al triunfo de los patriotas en Las Piedras. El 21 de mayo, el derrotado Elío designa a José Obregón para cruzar a Buenos Aires en una fragata británica a negociar un cese de hostilidades. La respuesta de la Junta Grande en la reunión celebrada con este negociador la noche del 26 de mayo fue la siguiente: “Que el Pueblo de Montevideo reconozca el Gobierno Supremo de la Capital y Provincias Unidas, en cuyo caso será restituido al pleno goce de su antigua unión, comercio y demás relaciones de que antes gozaba en los propios términos en que se reconocen hoy las demás Provincias Unidas; La seguridad individual de sus habitantes y la propiedad individual de todos y de cada uno, será garantida y protegida con toda la autoridad y fuerza del Gobierno, conservando los oficiales de cualesquiera clase que sean el rango y sueldo de sus empleos.

Al producirse la invasión portuguesa es el General José Rondeau quien pide en primer lugar una conferencia entre delegados militares de los ejércitos enfrentados en Montevideo, que se produce el día 10 de agosto. En sus Instrucciones al delegado del ejército sitiador, el General Rondeau dice: “Una discordia doméstica, y accidental a los verdaderos intereses de la Nación ha convertido las armas de la Patria contra el pueblo de Montevideo. Empeñado este en desconocer la autoridad del Gobierno, que estableció la Capital y aprobaron todas las Provincias del Virreinato para consultar su seguridad interior, en medio de las convulsiones que agitan la Metrópoli, adoptó medidas hostiles y declaró la guerra, fueron batidas sus divisiones, y al fin un sitio destructor es el fruto de su irreflexiva oposición. Obstinado en su sistema, quiso suplir la inferioridad de sus fuerzas y recursos con un atentado, que escandalizará a todos los Pueblos de la Nación. Proclama por medio de sus Jefes al auxilio del Portugal sin detenerse en las consecuencias de esta medida verdaderamente antipolítica, ni reflexionar, que siendo la conservación de la integridad territorial uno de los primeros deberes del vasallaje, no debía esta obligación sagrada posponerse al empeño de sostener una opinión particular, cuyo éxito dejaba ilesos los altos derechos de la Nación, supuesto el reconocimiento de las partes contendientes a la Soberanía de Fernando. Los Portugueses que solo esperaban una ocasión semejante para tentar la conquista de un País hermoso, fértil y limítrofe, cuyo engrandecimiento y riqueza han sido siempre el motivo de su rivalidad y el objeto de sus miras ambiciosas, se mueven en aptitud de atacar nuestros hogares, y con el fingido pretexto de dar auxilio a Montevideo, y arbitrar sobre nuestras diferencias intestinas, intentar conquistar el territorio, oprimir a sus habitantes y extender el imperio de su tiranía desmembrando el Patrimonio de nuestro desgraciado Monarca, una de las partes más preciosas de sus vastos dominios.”

Se extiende más adelante en el mismo documento diciendo “Que en fuerza de esta conducta se disponen las armas Portuguesas a entrar en nuestro territorio con las miras de hacer jurar fidelidad a la Carlota, destruir a los mismos Jefes que han proclamado su socorro, y engrandecer su imperio sobre la usurpación de nuestros bienes, y la ruina de nuestra libertad civil.” Es muy significativa esta mención de Rondeau a Doña Carlota de Borbón, no tanto por el Virrey Elío que había protagonizado la creación de la Junta de Montevideo el 21 de setiembre de 1808 pidiendo la destitución del entonces Virrey Santiago de Liniers, sino porque buena parte de los miembros de la “Sociedad Patriótica” (que contemporáneamente a estas gestiones de Rondeau estaban conspirando contra la Junta Grande) habían adherido fervorosamente al “Carlotismo” en 1808 y 1809, procurando la coronación en Buenos Aires de esta hermana del deseado Rey español Fernando VII y esposa del Regente Portugués Joao VI.

Rondeau da cuenta de esta reunión a la Junta Grande, diciendo que “Se verificó entre Vigodet y el Intendente de nuestro Ejército. Aquel oficial español estuvo sumamente descomedido, y el General es de parecer que jamás habrá reconciliación sino la consigue la espada.” En estos momentos el montevideano Nicolás Herrera, recién expulsado de la ciudad, estaba oficiando como secretario del General Rondeau, y posiblemente estas cartas se deban a su pluma.

Como se señaló, el 11 de agosto son designados los comisionados por Buenos Aires y poco después comienzan las negociaciones en Montevideo. Concluido ya un primer borrador, el 2 de setiembre llegan a Buenos Aires los delegados designados por el Virrey Elío para cerrar el acuerdo, Miguel Sierra, José de Acevedo y Antonio Garfias.

El 3 de setiembre se realiza una conferencia extraordinaria en un salón de la Fortaleza (sede de la Junta Grande), a la cual asisten los miembros del Cabildo de Buenos Aires, los Comandantes y Jefes de la guarnición, los delegados del Virrey Elío y los comisionados negociadores de la Junta, y también se invita al recién llegado de su misión en Rio de Janeiro, don Manuel de Sarratea. Se analiza el borrador y se le hacen algunas observaciones, la más importante de las cuales tiene que ver con la jurisdicción que se le reconocerá al Virrey Elío en el marco del armisticio.

A este delicado punto IV del borrador se le formula la siguiente consideración: “Que no debiendo el gobierno de Buenos Aires abandonar a la influencia de Montevideo, los pueblos y habitantes de la Banda Oriental, que imploraron su protección, no puede prestarse a que el Sr. Elío tenga jurisdicción en ellos, condescendiendo únicamente en que la tenga en el pueblo de Montevideo, único de la Banda Oriental que no la ha implorado, con tal que no pase del tiro de cañón.

Esta discrepancia fundamental hace que la Junta Grande revalide los poderes a sus negociadores para que vayan nuevamente a Montevideo. Pero extrañamente, en las notas de los negociadores posteriores al 9 de setiembre aparece también Manuel de Sarratea, aparentemente sin haber sido designado formalmente por la Junta.

El 12 de setiembre, muy envalentonado por el avance de las tropas portuguesas, el Virrey Elío envía un brevísimo lacónico texto a los comisionados de Buenos Aires: “Queda, desde el momento de recibir este, roto el armisticio, y renovadas las hostilidades.” Esta es la última excusa que necesitaba la “Sociedad Patriótica” para terminar con el gobierno de Joaquín Campana y con la existencia de la Junta Grande

El golpe de Estado y la instalación del Primer Triunvirato

Los acontecimientos se precipitan a partir del 13 de setiembre, cuando dieciocho vecinos de las “principales familias” plantean al Cabildo una “Petición del Pueblo” para que se convoque a un Congreso general de vecinos “donde los sabios y ancianos de todas las clases de este gran pueblo (de Buenos Aires), traten de restablecer por todos los medios posibles los únicos resortes que puedan poner en movimiento al espíritu público que hoy con tanto dolor vemos paralizado”. La Junta por intermedio del Dr. Campana increpó la jugada del Cabildo y negó la autorización para realizar la reunión. Pero el día 16 aparece otra “Petición del Pueblo” solicitando al Cabildo la destitución y prisión del Dr. Campana y de los Alcaldes Tomás Grigera, Domingo Martínez y Andrés Hidalgo. La Junta atemorizada por estos atrevidos ataques separa del cargo al Dr. Campana, y el Cabildo, por su parte, con el apoyo del Comandante de Armas General Francisco Ortiz de Ocampo organiza patrullas de tropas por las calles de la ciudad.

El día 17, el Dr. Campana es secuestrado de su casa por una partida de “Húsares” y llevado a su confinamiento en el Fortín de San Antonio de Areco, hacia donde luego lo acompaña su familia. No hacía falta juicio ni sentencia, simplemente estaba condenado por “la gente distinguida y sana” representada por el Cabildo de Buenos Aires, que nuevamente pasaba por encima de la Junta de Gobierno y de la soberanía de todas las Provincias que estaba depositada en ella. Es digno de notarse especialmente, el cinismo que supone utilizar la denominación “Petición del Pueblo”, misma que utilizó el movimiento de los orilleros del 5 de abril, para referirse a las exigencias de una pequeña casta dirigente con ínfulas de aristocracia iluminada, o más que iluminada, deslumbrada por los brillos de la Civilización Europea.

Ese mismo día un tumulto de gente ingresa al Cabildo manifestando que en vista de la “impotencia del Gobierno” era necesario realizar un Cabildo Abierto de “la parte más sana y distinguida del vecindario” para adoptar las medidas conducentes a “la salvación de la Patria”. El Cabildo Abierto se reúne el día 19 designándose a Feliciano Chiclana, Juan José Paso y Manuel de Sarratea como diputados de Buenos Aires para negociar con la Junta la reorganización del gobierno. El día 23, la Junta promulgaba un decreto por el cual se crea “un Poder Ejecutivo compuesto de tres vocales y tres secretarios… los cuales tomarán el gobierno bajo las reglas o modificaciones que deberá establecer la Corporación o Junta Conservadora, que formarán los señores diputados de los pueblos y provincias, en consorcio con los que eligió esta Capital.”

Obviamente el nuevo Triunvirato estaría integrado por los mismos diputados que eligió la Capital, Sarratea, Paso y Chiclana, secundados por los secretarios Bernardino Rivadavia, José Julián Pérez y Vicente López.

Tal como se había pactado, la rebautizada “Junta Conservadora” aprobó el 22 de octubre un “Reglamento Orgánico” del gobierno, cuya redacción se atribuye al Deán Funes, el cual por primera vez habla de una división tripartita de los Poderes al estilo federal pautado por Montesquieu: Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Por primera vez también se utiliza en un documento oficial la denominación “Provincias Unidas del Río de la Plata”.

Pero para esa altura de los acontecimientos, el Poder estaba plenamente concentrado en el Triunvirato totalmente “porteñista”, y ya no tenían ningún interés de sujetarse a ningún reglamento ni de negociar nada con nadie. El 7 de noviembre, el Triunvirato, considerando que “la tolerancia de la Capital, y la que ella por su influjo consiguió de los demás pueblos, fue el único título que autorizó a los dichos diputados para gobernar hasta el momento… que decidió el pueblo de la Capital a reclamar la reintegración de sus derechos transigidos… declara a los diputados sin más carácter que el de apoderados de sus respectivos pueblos, y tiene por nula y disuelta la Corporación de la Junta Conservadora que jamás a existido”. Por la misma resolución el Triunvirato se autoproclama con el título de “Gobierno Superior Provisional de las Provincias Unidas del Río de la Plata a nombre del Señor don Fernando VII”. Un verdadero Consejo de Regencia a imagen y semejanza del establecido en Cádiz, también con el apoyo del Imperio Británico.

Ante el hecho consumado de ruptura institucional, los secretarios Pérez y López presentaron su renuncia, y el Triunvirato, entendiendo que con solo dos secretarios era suficiente, designan a Bernardino Rivadavia como titular de la Secretaría de Gobierno y Relaciones Exteriores y al montevideano Dr. Nicolás Herrera a cargo de la cartera de Guerra y Hacienda. Es de notar que el Dr. Nicolás Herrera, hasta pocos meses antes todavía se desempeñaba como asesor del Cabildo de Montevideo, enemigo de la Junta.

Para esa fecha, el Triunvirato ya había firmado un Armisticio que entregaba al gobierno enemigo de Montevideo la totalidad de la Banda Oriental del Uruguay, a cambio de la promesa de que se retirarían las tropas portuguesas. Los orientales, reunidos en la Panadería de Vidal se resistieron a aceptar este otro hecho consumado sin mediar ningún tipo de consulta, se sintieron traicionados en su deseo de continuar la lucha y decidieron acompañar la retirada de sus milicias bajo la conducción del General José Artigas, marchando juntos en la “Redota” o “Éxodo del Pueblo Oriental” rumbo al Ayuí, dejando tras de sí la tierra arrasada.

“Nada podemos esperar sino de nosotros mismos”, dijo Artigas. La ciudad de Buenos Aires se había convertido, por decisión de sus familias más distinguidas, en una tiranía aun peor que el yugo español del que pretendía liberarse.

Conclusión

Volviendo al principio de esta historia y a la luz de todos los hechos relatados, nos planteamos si no sería razonable suponer (a falta de documentación) que Artigas fue a Buenos Aires en febrero de 1811 buscando negociar con la Junta Grande una garantía  que reflejara los intereses y la participación del Pueblo Oriental en el gobierno. No podía ser un diputado provincial, porque la Banda Oriental no había sido aun liberada y mal podía elegir representantes. Pero al menos una garantía de lealtad, un hombre de confianza en el gobierno, y ese rol recayó en el Dr. Joaquín Campana.

Vale dejar constancia que la República Oriental del Uruguay reconoce al Dr. Joaquín Campana como uno de sus ciudadanos meritorios, y en póstumo homenaje, por iniciativa y gestión de sus descendientes argentinos, su nombre figura entre las calles de su ciudad natal San Carlos, y también entre las de Montevideo. Otro tanto ocurre en la República Argentina, especialmente en la Ciudad y en la Provincia de Buenos Aires.

Lic. Alberto Umpiérrez