domingo, 15 de mayo de 2011

CARPIO

Manuel Fernando Carpio fue un militante obrero y fundador de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) en los comienzos de la era del peronismo. Falleció el 15 de abril de 1980. Vale la pena recordar su historia y su ejemplo de vida.
Transcribimos un interesante reportaje que le realizara el periódico Izquierda Popular en 1975 y a continuación un artículo del director del blog, Enzo Alberto Regali. La entrevista fue realizada por Julio Fernández Baraibar (actual asesor político del Secretario de Cultura de la Nación Jorge Coscia) y Jorge Raventos (periodista, ex asesor en el ministerio de Relaciones Exteriores de la Nación durante la presidencia de Carlos Menem, en la actualidada es militante del Peronismo Federal) .


La reciente historia del movimiento obrero en la memoria de uno de sus protagonistas


FERNANDO CARPIO: “TODOS A LA PLAZA DE MAYO, DE NUEVO”

Manuel Fernando Carpio, fundador del Frente de Izquierda Popular, miembro de su Junta Nacional y antiguo militante del socialismo revolucionario, fue entrevistado por Izquierda Popular. Su larga trayectoria como activista y dirigente sindical, fundamentalmente en la Unión Obrera Metalúrgica, en cuya fundación también participó poco tiempo después del golpe militar de junio de 1943, sus recuerdos sobre el nacimiento del sindicalismo moderno y del peronismo, constituyen el material central de esta nota que permite descubrir, entre otras cosas no menos importantes, los profundos lazos que han vinculado a la labor y el pensamiento de los hombres y mujeres de la izquierda nacional y popular, con la experiencia gremial y política de la clase obrera desde los orígenes mismos del movimiento peronista.
El reportaje constituye además un justiciero homenaje a la consecuencia militante de Carpio y Blanquita, su compañera de todos estos años y todas estas luchas.
Su lealtad proletaria, su firmeza indoblegable en mantener en alto las banderas del socialismo en los duros tiempos de cerco y la proscripción oligárquicos, el testimonio de su vida dedicada a la liberación de sus hermanos de clase son un imponderable capital político con que cuenta el Frente de Izquierda Popular. Sus militantes, los que compartimos las esperanzas o las decepciones de antaño y los que sólo participamos de los triunfos actuales, nos sentimos orgullosos de ser sus camaradas, de integrar el movimiento que Carpio y Blanquita han ayudado a construir.


Izquierda Popular: ¿Cuándo y dónde comenzó a trabajar como obrero industrial?
Fernando Carpio: Poco después del 30, entré en la Italo y ahí estuve unos tres o cuatro años más o menos.  Me echaron por hacerle una gauchada, bueno, por “orientar” a un amigo que no tenía ni para comer. Este vivía en Barracas, nunca me voy a olvidar. Era amarillo y escuálido. Era muy dicharachero para la época que vivíamos. Un día me dice: “Mirá, Carpio, cómo ando, che”. “Y, andá y piantale una capa, total…”, le digo. Y me echaron. Después entré en la CATITA. Era uno de los talleres metalúrgicos más grande que había. Se arreglaban los tranvías. En Barracas, ahí creo que laburé un par de años.

IP: ¿Cómo recuerda usted esa época? Era la Década Infame, ¿no es cierto?
FC: Y, hay que ver lo que era Buenos Aires. Nosotros vivíamos en Parque Chacabuco. Había hornos de ladrillos.. Estaba Firpo en el horno de Mazola. Yo lo llegué a conocer.

IP: ¿A qué Firpo?
FC: Al boxeador. Era un peón rudo, grandote. Eso de que daba vuelta la noria es cierto. Yo me acuerdo de haberlo visto ahí. En esa época todos se conocían. La gente era flaca. No había tipos gordos. Andaban remendados. Lo que a mí me asombra ahora es que la gente anda mejor vestida. Vos vas a San Justo y parece Florida. Las chicas arregladitas. Claro, eso fue después del peronismo. Hay que ver la magnitud que tuvo el peronismo para la gente de trabajo. De pibe, por ejemplo, yo me iba a bañar en un arroyo que le decían “La Cuarta”. Después, al ser dirigente de la UOM, yo atendía a los muchachos de la Comisión Interna de Volcán y me invitaron al comedor de la empresa, instalada donde antes estaba aquel arroyo, que era realmente un pozo. El cambio era notable. Nosotros no podemos negar esa etapa que yo creo que de no haber existido todavía andaríamos con la plumita.

IP: ¿Estaba afiliado a algún partido?
FC: Sí. De muchacho yo me afilié al radicalismo, porque mi padre era radical. Estaba en la sexta, en Avenida La Plata e Independencia. Ahí aprendí lo que son los viejos partidos. En el Comité estaba el doctor Salinas y había de encargado un tal Ronzalito que tenía un homicidio encima, y era un tipo que venía la gente humilde con las boletas de empeño y él se las demoraba. En el subcomité de la calle Yapeyú estaban los hermanos Picicelli de encargados, que eran delincuentes comunes indultados. Entonces, los tipos transformaban los viernes el comité en un prostíbulo clandestino. Una cosa impresionante. Estaba Carlos Farsi, que después fue un gorilaco terrible. Tenía dos guardaespaldas que eran unos asesinos tenebrosos. Nanao y Carrascal, les decían. Me llegó a decir a mí: “”Pero, Don Carpio, si los muchachos son primarios, tráigalos” ¡Claro! Querían gente con poca instrucción para convertirlos en delincuentes y hacer negocios.

IP: ¿Negocios?
FC: Sí. Estafas. Cualquier cosa. Eso es lo que me propuso a mí el hermano de Juan Ruggiero, Guillermo, en Avellaneda, cuando le fui a pedir laburo. ¡No! La cosa acá hay que ver lo que era. Después a un tipo le metían en gayola, ellos lo sacabn y siempre lo tenían de “punto”.

IP: ¿Qué hacían en el Comité?
FC: Y, mirá, engrupir a la gente. Había un tal Panno de presidente de parroquia y cuando caía gente nueva lo primero que hacía era sacar presos. Después daban tarjetitas para ir al hospital, un certificado de pobre. Para conseguir leche gratis en el hospital. Había mucha miseria, y ellos eran los parásitos de la miseria.

IP: Carpio, usted en el 43, como obrero metalúrgico, ¿notó el cambio de política del gobierno militar?
FC: ¿Qué te parece? Los sueldos empezaron a aumentar. Los patrones tuvieron que aprender buenos modales, ya no pudieron tratarnos como antes. Yo en 1942 trabajaba en la fábrica de Miguel Miranda, el que después fue ministro de Perón. Era un rico tipo Miranda: se las daba de hombre modesto porque se levantaba temprano y tenía una querida que era obrera. Miranda me pagaba 80 pesos por mes, una miseria. No sé cómo hacía Blanquita para estirar la plata y que nos alcanzara todo el mes. Pero además del sueldo bajo estaba la cosa de la disciplina. Me acuerdo que una vez dos muchachos se enojaron porque un capataz los insultó. Al día siguiente no los dejaron entrar. Yo armé un remolino, fui a encarar el problema, y me mandaron en cana. Si uno reclamaba algo, en esa época, iba a parar a la sombra. En cambio, desde que Perón apareció en el ministerio de Trabajo las cosas cambiaron. Yo fui peón de la Tamet y enseguida miembro de la primera paritaria metalúrgica. Le mojaba la oreja al patrón y después volvía al taller. Eso, en aquel tiempo, era una revolución.

IP: ¿Cómo se vinculó usted a la acción sindical?
FC: Mirá, mi vida siempre estuvo entrelazada con los problemas de la gente. De chico fundé un club de barrio, después organicé y dirigí varias sociedades de fomento, en La Salada, en La Matanza. Siempre me gustaron los entreveros. Una vez vino a verme Alfredo Rosas, un amigo mío, músico. Era hijo de un sastre que me había tenido en su casa, apoliyando sobre una mesa cuando me fui de casa a los 15 años. Yo era representante de la orquesta Los Baqueanos, una típica, y vivía a una cuadra de la casa de Alfredo. Eramos muy amigos. Ninguno de los dos vivía de la música, claro. El era textil y yo metalúrgico. Viene un día y me dice que habían conseguido un convenio fenómeno, que le iba muy bien, que habían ido todos juntos a la calle México al dos mil donde funcionaban varios sindicatos nuevos y también había gente de la metalúrgica. Yo ya por esa época escuchaba los discursos del Coronel, desde la Secretaría de Trabajo, y me gustaban. Decía que los trabajadores tenían derecho a hacer petitorios individuales si estaban disconformes con el sindicato.

IP: ¿Y allí, en la calle México, funcionaban los sindicatos nuevos que impulsaba Perón?
FC: Era gente independiente, luchadora, que había visto que se abría una nueva etapa y que no se sentían representados por las antiguas direcciones sindicales. Yo, cuando fui, me los encontré a los tres Perelman: Angelito, que era metalúrgico; Adolfo, que era textil, y el padre de los dos, que trabajaba en la Tamet. Los tres eran “troskos”, porque los chantapufi esos de Anchorena, que gritan “ni yanquis ni marxistas”, no saben que el peronismo y el movimiento de 1945 no nacieron de la nada. Los fueron haciendo militantes socialistas, sindicalistas y comunistas descontentos con sus organizaciones, y también anarquistas y trotskistas. Los Perelman me hablaron un largo rato y me dijeron que un petitorio aislado no servía, que tenía que hablar con los compañeros y juntar voluntades. Volví una semana después con otros siete. Yo hice prender la nueva idea, lo que decía Perón, y me puse a la cabeza del movimiento, de las peticiones. La primera la escribimos en el sótano de un restaurante de la calle Alcorta con otros tres muchachos. Unos días después me cae a casa el viejo Pochelú, un cana jubilado, amigo de mi viejo, que me había hecho entrar en la Tamet, porque él trabajaba allí, en seguridad. Me viene con la noticia de que el directorio de Tamet me acusaba de comunista, me empieza a llorar la carta. Yo lo hice pasar a la pieza, le mostré y le dije: “Mire, Pochelú, yo no tengo colchón, y la mayoría de los muchachos tampoco. Yo quiero dormir en cama decente y si eso es ser comunista, soy el primero”. Me dio que él iba mandado para arreglar la situación, y me estiró un cheque en blanco, que le rechacé. Claro, los tipos estaban con un julepe bárbaro y, entre paréntesis, yo era medio inocente, era nuevo en esas cosas y ante cada injusticia me subía a un tablón, no sé lo que decía y paraba la fábrica por cualquier cosa. Después, fui aprendiendo a cuidar las fuerzas de los compañeros, a administrarlas mejor. Esa vez perdí; fue la única lucha que perdí. Pochelú me avisó: “cuidesé o lo van a meter en cana”. Dicho y hecho.

IP: Pero, ¿usted siguió en la UOM? ¿Ya había autoridades, estaba fundada?
FC: Primero estaban los Perelman. Después hicimos una comisión medio sui generis, conmigo y Victor Gossi, otro amigo político de Abelardo, que después fue el primer agregado obrero en una embajada, un tipo muy capaz. Pero la UOM recién se organizó en serio con Salvo. Hilario Salvo. En esa primera comisión estuve yo.

IP: ¿Cómo vivió el 17 de Octubre?
FC: Lo habían sacado a Perón, los del sector gorila del Ejército y los viejos partidos, y entonces los patrones empezaron a vengarse. “Vayan a pedirle el sueldo a Perón”, decían. Nosotros nos movimos mucho Había gente que veía a Mercante, otros hablaban con Cipriano Reyes y la gente del frigorífico. Parece que Evita también ayudó. Lo cierto es que el 17 nos largamos a la Plaza con mucha gente atrás. De a ratos a pie, después agarramos varios tranvías y les cambiamos el recorrido. “Todos a Plaza de Mayo”. Algunos pasajeros se asustaban, pero muchos se vinieron con nosotros. Lo demás ya lo sabés: Abelardo lo contó en sus libros, que todos los muchachos de ahora deberían leer.

IP: ¿La conoció a Evita?
FC: ¡Era una mujer formidable! Tenía una polenta, una capacidad de trabajo… Era incansable. Pero alrededor de ella se juntaban muchos vivos y muchos alcahuetes. Todas las mañanas, los funcionarios de una Comisión 17 de Octubre que cada gremio había formado, iban a saludarla, le daban los buenos días y el informe del día anterior. Todos los días eso. Esos mismos tipos, muchos de ellos, por lo menos, metían la mano en la lata con los repartos de la Fundación, la leche, los fideos, esas cosas. Pero Evita no fue importante por la beneficencia, sino por lo que representó como espíritu de lucha y por la participación de las mujeres. Preguntale a Blanquita las que tenían que aguantar las mujeres del pueblo, las trabajadoras, antes del 45. Ni siquiera votaban. El ejemplo de Evita sirvió para que muchas compañeras se lanzaran a la pelea al lado de los varones. Se avanzó mucho en eso, y todavía se va a avanzar más. A muchos les va a dar miedo, porque le tienen miedo al progreso histórico.

IP: ¿Y cómo trataba Evita a esa gente aprovechada de la que usted habla?
FC: Ella los rigoreaba mucho, claro. Pero vos sabés que un gran movimiento político recoge a mucha gente, no solamente a los santos. Especialmente, en el caso del peronismo, porque se armó desde arriba, no había partido que hubiera ido seleccionando a su gente, a sus dirigentes, a los hombres y mujeres de confianza en el sacrificio y desde el llano. Allí hubo muchos oportunistas, y esa es una de las razones por las que cayó el peronismo y por las que es preciso que los trabajadores nos organicemos desde abajo en un partido revolucionario y popular. ¡Allí había cada tipo! Muchos creían que el movimiento se había hecho para enriquecerlos a ellos.

IP: Y Salvo, ¿qué tal tipo era?
FC: Fijate la mente del tipo: contrabandeaba armas con Montevideo y después invertía las ganancias montando amuebladas. ¡Qué manera de estar en la guerra y en el amor, el sujeto!

IP: ¿Y después de Salvo quién vino?
FC: El Turco Balluch Abdala, que ahora está en la seccional Matanza. El venía de un partido de la izquierda gorila, de donde lo habían rajado por cuestiones “de moralidad”, según dijeron. El tipo era enamoradizo, por eso. ¡Mirá vos si esa es razón para expulsar a alguien de un partido! Balluch era tipo de pelea. Ahora está viejo, como yo. Pero eso no es un obstáculo para seguir en la línea.

IP: Después de esos primero años a usted lo expulsaron del sindicato y lo pusieron en la lista negra…
FC: Claro, nosotros organizamos el sindicato, y después del 55 los gorilas intervinieron la UOM y vinieron las sanciones. Yo en el 55, después del golpe, trabajaba en la RCA Víctor. Un día vino un oficial del Ejército a arengarnos. Yo lo interrumpí y le dije que él tenía que hablar en el cuartel, que allí hablábamos los trabajadores. El tipo se fue, y a la media hora volvió con seis milicos. Me llevaron en cana. Entonces apareció Cerruti Costa, este que anduvo con los terroristas hace poco en el diario “El Mundo”. El había sido abogado de los metalúrgicos, y había pedido licencia un mes antes del golpe para prenderse con los gorilas. Así fue ministro de Trabajo. Viene y me dice: “Lo voy a hacer soltar, Carpio. Creamé, yo agarré el Ministerio para evitar cosas como ésta. Habia una lista enorme de gente para amasijar”. ¡Mirá vos qué coraje, el canalla!

IP: ¿Usted lo conoció al “Lobo” Vandor?
FC: Sí. En la época de la resistencia, y después lo traté en las reuniones de las “62”. Fue uno de los dirigentes sindicales más capaces, en el plano de la lucha por el salario, se entiende. Era un tipo muy dinámico, muy vivo. El es el que les enseñó a todos los que están ahora.

IP: Rucci, Vandor y Avelino Fernández salieron de Ballester Molina, ¿verdad?
FC: Salieron muchos dirigentes de esa fábrica. Pero Avelino salió de Volcán. Y sigue laburando allí. La última vez que lo vi me llamó la atención porque me dijo: “Qué bien que están ustedes, eh”, y ahí ví que debían haber algunos delegados con revistas y cosas; pensé cómo había cambiado la cosa; la gente lee.

IP: Los dirigentes de su época estaban muchos más cerca de la base, ¿no?
FC: Bueno, era distinto. No había organización, había menos cultura sindical, digamos. La cosa empezó a cambiar y la gente está más predispuesta… Decí que la burocracia no es capaz de organizar bibliotecas, nada, no les da material a la gente para capacitarse sindicalmente, aunque sea eso. Ahí tenés a los metalúrgicos, por ejemplo. Salen de puro coraje, porque el sindicato no les da formación, pese a lo cual está lleno de muchachos combativos y con mucha claridad. En aquel tiempo ningún oficial agarraba, los dirigentes siempre salían del operario, del peón o cosas así. Como ganaban buenos sueldos, no agarraban. Me acuerdo que en la Vasconia nombraron un italiano, pobre, que no conocía las leyes ni nada.

IP: Pero, ahora que hay más organización, ¿los dirigentes no están mucho más lejos de la gente?
FC: La dirección, claro. Es otra cosa. El gran desarrollo de la industria en el Gran Buenos Aires ha alejado a los obreros. Y la burocracia está mucho más cerrada. Cada año está más, porque se van olvidando de cuando trabajaban en el taller. Para hablar con uno de ellos tenés que estar dando vuelta la calesita. Y si no sos de la cofradía, no te dan ni la hora. Y en este desarrollo está la gran fuerza y la gran debilidad de los burócratas. Porque el día en que empiecen a no cumplir, vos no sabés la que se va a armar. Si yo veo que los muchachos en las fábricas están cada día más alzados. No les perdonan ni una.

IP: ¿Qué consejo daría usted a los sectores más jóvenes de la clase trabajadora que recién se incorporan al sindicalismo y a la política?
FC: Mirá yo soy de la idea de que toda la juventud tiene que entrar en política. Porque la liberación total de la clase obrera sólo se logra con el socialismo. Cada trabajador lleva adentro a un socialista, porque el esfuerzo de la vida cotidiana le va dando el carácter de tal. Padecemos todas las situaciones del país y el sindicalismo no alcanza. Tiene un techo. Hecho el desarrollo de las industrias del país y establecido el capitalismo, digamos, como en los países europeos, va a suceder el mismo fenómeno: que no van a poder, como está sucediendo en Italia, ni conseguir 15 centavos de aumento. Los trabajadores, para seguir con nuestra liberación, tenemos que ir hacia el socialismo, hacia la expropiación de la oligarquía, de los monopolios imperialistas. Y además tenemos que participar en la dirección de las empresas, en la autogestión. Porque con la experiencia que tenemos en la fábrica, y sabiendo que allí está el pan nuestro de cada día, ¿no te parece que sabremos algo del asunto?

(Publicado en Izquierda Popular Nº 53, 26 de agosto de 1975, páginas 2 y 3)





El quinto desde la derecha entre Abelardo Ramos y Jorge Spilimbergo es Manuel Fernando Carpio, saliendo de la casa del gobierno cuando la dictadura de Lanusse se vio obligada a llamar al diálogo político.

CARPIO


…me cimbro como los sauces
cuando el viento los acuna
pero soy como el quebracho
que no dobla  la cintura
Pablo B. Rodríguez


Cuando leo reportajes como el que Izquierda Popular le hizo al entrañable y querido Manuel Fernando Carpio en 1974 no puedo sino autocriticarme por no haber previsto la creación de un archivo oral de los protagonistas de nuestro pasado, especialmente de aquellos que salvo raras excepciones, se expresaban con la palabra. Abelardo Ramos, en uno de sus últimos discursos revalorizó la importancia del testimonio hablado como versión más fidedigna, en muchas ocasiones, que los fríos documentos escritos. Al menos, este tipo de entrevistas no presumen de “objetivas” (pacata aspiración de intelectuales), y refleja subjetiva y afectivamente la época, el contexto, algo que muchos historiadores descuidan cuando utilizan miradas contemporáneas para juzgar el pasado. Por ello, estamos ante un  texto de gran valía que, con excelente criterio, los amigos del Socialismo de la Izquierda Nacional han decidido exhumar.
Resulta emocionante percibir en el relato de Carpio –porque así, a secas, lo llamábamos con respeto reverencial en el partido- aquella voz cascada y atractiva de un militante gremial histórico. Fundador de gremios como la UOM y primer secretario general del Partido Socialista de la Izquierda Nacional fundado el 16 de junio de 1962.   
A pesar de su vida sufrida, de pelea, de compromiso hasta la muerte con las luchas sociales su presencia transmitía un crónico optimismo de cara al futuro de una sociedad justa y socialista. De baja estatura, con una voluminosa humanidad que no resultaba chocante sino cálida, vestido de saco y corbata cuando las ocasiones solemnes del partido lo exigían, muy pocos estudiantes se hubieran atrevido a desafiar con “la ilustración” su enorme experiencia militante. No recuerdo haberlo visto –a diferencia de otros compañeros que proveníamos de la clase media ilustrada- agresivo o pesimista en torno al porvenir. Charlar con él era siempre un placer que resultaba en algún conocimiento inhallable en los libros, como cuando nos contó del “trotskismo” y la “combatividad” de un joven Rucci, a quien criticaba como “burócrata” pero sin embargo respetaba –no se molestaba en interrogarse sobre esta aparente contradicción- como hombre y obreron que estaba al frente de la CGT.
Tal como se ve en el reportaje mencionado, cuando critica a los dirigentes sindicales que se alejan de sus representados, lo hace con modestia y simpleza política, casi con humor (vean lo de Salvo), en forma ajena a esa moralina de clase media “satisfecha” a que nos acostumbran algunos medios y periodistas que se erigen en fiscales de la ética…de los trabajadores, nunca de los empresarios a quienes temen. 
“Era Fernando Carpio, descendiente de guaycurúes santafesinos y auténtico revolucionario” decía Ramos en uno de sus últimos escritos. Juntos participaron en la organización -en una pieza de la calle México “al dos mil”- de la UOM. En esta histórica fundación actuaron también otros miembros de la futura  Izquierda Nacional.  Angel Perelman –autor del libro “Cómo hicimos el 17 de Octubre”-, que será el primer secretario general del nuevo sindicato. Su hermano Adolfo el gerente administrativo y   Carlos Etkin, y Hugo Sylvester asesores legales. Todo esto según los relatos orales, y algún libro, porque la página oficial de la Unión Obrera Metalúrgica, no menciona a ninguno de estos protagonistas.[1]
Su vínculo con “el Colorado” no se interrumpió nunca entre los años ’40 y su muerte que ocurrió el 15 de abril de 1980. Con su compañera y esposa Blanquita que lo acompañó en todas las patriadas, habitualmente caminaba los pasillos de Alsina 2786, que era el local central del FIP en aquellos años ’70, participando activamente de reuniones y actividades.
Su lealtad hacia Ramos –que no se debe confundir con la opinable “fidelidad”- era declarada, pública, respetando los códigos que deben presidir la amistad entre compañeros de militancia. Alguna versión oral comenta que en el IV Congreso del PSIN que se realizó en una isla del Delta, en mayo de 1968, Carpio “solapeó” o “cogoteó” al joven universitario Ernesto Laclau que había tenido alguna dura expresión con Ramos. Este enfrentamiento final, sobrevino porque el grupo “laclausiano”, que integraban también Analía Payró, Ana María Caruso y Blas Alberti entre otros, no habían explicitado las diferencias con Abelardo y Spilimbergo en el debate del congreso y a la hora de votar la nueva Mesa Ejecutiva, optaron por dejar en minoría administrativamente a estos dos. Supe escuchar de labios del propio Carpio la anécdota, orgulloso de su accionar porque consideraba que aquellos estudiantes actuaron imbuidos de "prejuicios pequeño burgueses".
Muchos jóvenes universitarios nos preguntamos por qué en 1973 la fórmula presidencial no la acompañó él, que era un símbolo de la militancia obrera.[2] Se nos dijo que estaba retirado y que se trataba de poner a un obrero en actividad y más joven. Personalmente nunca me convenció la respuesta y hoy 35 años después sigo seducido por aquel símbolo de carne y hueso que era este fundador –uno entre otros- del sindicato más importante en número y en política de la segunda mitad del siglo XX en la Argentina.
Pocos días después del golpe del 24 de marzo de 1976, el FIP resolvió que había que desprenderse de todas las armas (pistolas y revólveres de bajo calibre) que hasta ese momento el partido utilizaba en la custodia del local, contra el que habían atentado es aquellos “días de plomo”. Absolutamente inconscientes del peligro que corrían dos compañeros atravesaron la Capital Federal en auto y con un bolso lleno de armas que casi nadie sabía usar ¡!, rumbo a provincia donde Carpio en algún lugar iba a proceder a enterrar todo. Se le entregó el “presente” en su casa y así lo hizo. Nunca midió el riesgo que esto podía significar en el marco de una dictadura que además de militares y civiles entreguistas del patrimonio nacional, abundaba en asesinos.    
Hoy que tantos historiadores financiados por el CONICET parecen reparar en el valor de los protagonistas anónimos o casi anónimos de la historia, bueno sería que alguien pudiera –con los generosos fondos que allí se administran- escribir  la biografía política de quien sencillamente ayudó a fundar la UOM, participó del 17 de octubre y militó toda su esforzada vida en el PSIN y el FIP, junto a Abelardo Ramos, Spilimbergo y otros compañeros. 
Sean estos recuerdos que lindan entre el sendero de las emociones y la política, un justo –aunque seguramente insuficiente- homenaje al luchador obrero y también a su compañera Blanquita que como millones de mujeres del pueblo construyó junto a su hombre, parte de la historia nacional.





[1] Se conoce que en el libro testimonial sobre las históricas jornadas escrito por Angel Perelman mucho tuvo que ver Jorge Abelardo Ramos. Carlos Etkin había sido en 1938, jovencísimo (alrededor de 19 años), abogado de Natacha Sedova, la esposa de Trotsky, en una denuncia contra la editorial TOR perteneciente a un señor Torrendel por la publicación de un texto apócrifo del revolucionario ruso. Ver HORACIO TARCUS (Director) Diccionario… Ob. Cit. Pág. 204. También Revista “Octubre”, Bs. As.  Año II (2ª Época), Nº 4,  Marzo-Mayo 1947, pág. 18.
[2] El 11 de marzo de 1973 el FIP presentó para la presidencia la fórmula Ramos-José Silvetti, un obrero metalúrgico delegado, militante de bajo perfil.

jueves, 21 de abril de 2011

El hundimiento de ARA Gral. Belgrano en la guerra del Atlántico Sur





2 de abril de 1982, recuperación de las islas Malvinas


El presente artículo constituye una opinión fundada sobre el hecho, por sí solo, más letal, que tuvo la guerra del Atlántico Sur, provocado por "la vieja raposa"  (Gran Bretaña). Este acto de agresión infame, del imperialismo anglosajón con el amparo de EE. UU., contra nuestro país, no ha merecido el estudio de casi ninguno de los organismos de los derechos humanos. Debería recordarse que tanto Inglaterra como EE. UU. y Francia apoyaron y vieron con simpatía el golpe del 24 de marzo de 1976 en Argentina, avalaron la operación "Cóndor" y en el caso del último de los nombrados exportó la táctica represiva utilizada por sus Fuerzas Armadas coloniales contra el Ejercito de Liberación Nacional argelino que luchaba por la independencia de ese país. Por lo tanto el hundimiento del ARA Gral. Belgrano forma parte de la continuación de la ingerencia en América Latina de los grandes imperios, en algún sentido forma parte de la escalada represiva que se inauguró en 1976.
El documento ha sido elaborado por la "COMISIÓN DE CAIDOS EN MALVINAS E ISLAS DEL ATLANTICO SUR".


POR QUÉ EL HUNDIMIENTO DEL CRUCERO A.R.A. “GRAL. BELGRANO” DEBE SER CONSIDERADO UN CRIMEN DE GUERRA

El Derecho Internacional Humanitario

En la actualidad, se entiende al Derecho Humanitario como el componente de Derechos Humanos perteneciente al derecho de guerra, es decir, el que se aplica en los conflictos armados internacionales.

Históricamente, el Derecho Internacional ha sido un “derecho de la guerra y de la paz”. El Derecho Internacional de la antigüedad, el de la edad media y por supuesto el  moderno, que surge después de la paz de Westfalia, es un Derecho Internacional que oscila entre el estado de guerra y el estado de paz. 

Por la propia naturaleza humana, siempre ha sido necesario regular la etapa del conflicto, la etapa en donde estamos en guerra. Esta tradición del Derecho Internacional se ha reflejado en varias Convenciones, sobre todo en los tiempos modernos.

Antes había un Derecho impuesto o un Derecho deducido del Derecho Natural, deducido de las pautas limitatorias de la crueldad por parte del cristianismo en la época medieval, en donde el Papa era el gran mediador de aquellos tiempos.

Pero en los tiempos modernos ha habido conferencias internacionales que han ido produciendo lo que hoy conocemos como Derecho Humanitario. Las más importantes son las últimas conferencias del siglo XIX: la conferencia de La Haya de 1889, y la primera conferencia del siglo XX fue la conferencia de La Haya de 1907. Ahí están los antecedentes de lo que hoy en día está vigente, que son los Convenios de Ginebra de 1949 y sus protocolos facultativos. 

Los tratados tuvieron por finalidad establecer los límites a las acciones de guerra, refiriéndose a las formas de declaración, de inserción, o de terminación de una guerra, a la delimitación del teatro de hostilidades y del teatro de operaciones, etc.  Es lo que en Derecho se llamó “vulga tánatos”, ya que las guerras no se desarrollaban en las ciudades (al menos en el concepto de la guerra clásica). Por supuesto que esto fue cambiando, y las dos guerras mundiales presentaron variaciones importantes.

La Primera Guerra Mundial marcó la finalización de la cultura del siglo XIX y sobre todo la finalización de la cultura jurídico-internacional. Fue una guerra de trincheras en donde justamente se ubica la acción bélica en las ciudades.

La Segunda Guerra Mundial, en cambio, no fue una guerra nacional; fueron guerras internacionales, en donde se tomó como enemigo a toda la población, a todos los componentes humanos que conformaban la población del estado beligerante. Esto es  importante tenerlo en cuenta porque rápidamente hubo  que hacer una adaptación de la doctrina del Derecho Internacional a las nuevas formalidades que presentaba la guerra contemporánea.

Así fue como después de la Segunda Guerra Mundial se funda la ONU cuyo art. 2, prohíbe directamente el uso de la fuerza. O sea tenemos una norma expresa de Derecho Positivo que prohíbe el uso de la fuerza. La propia Carta posteriormente establece la excepción a la prohibición del uso de la fuerza y esa petición está establecida en el art. 51 de la Carta y se refiere a la legítima defensa individual ó colectiva. Es decir, ante el atropello, ante la agresión provocada por otro estado, un estado tiene derecho a reaccionar y el resto de la comunidad internacional puede ayudarlo en esa reacción.

Pero la ONU se caracteriza por establecer el sistema de seguridad colectiva que gira en torno de los poderes que se le otorgan al Consejo de Seguridad, poderes nada menos que de carácter sancionador, de derecho internacional y que el Reino Unido integra desde su creación y la Argentina, obviamente, no.

Antes de que existiera una organización como la ONU, eventualmente, el derecho de la tierra, por ejemplo, lo establecían los Estados de por sí. Los Estados eran los protagonistas del Derecho Internacional y por lo tanto quienes lo creaban y lo dejaban.

A partir de la ONU, hay como un reconocimiento a una organización internacional a la que los Estados miembros delegan la autorización del uso de la fuerza, luego de realizar un análisis pormenorizado del caso concreto donde se desarrollan los acontecimientos bélicos.

Indudablemente, Gran Bretaña, que ha sido una gran protagonista de guerras navales, tuvo enorme responsabilidad en la creación de normas en materia del derecho de la guerra. Justamente, después de la Segunda Guerra Mundial hubo tremendas disputas y polémicas con la defensa alemana, cuando los ingleses acusaban a los alemanes por haber tirado en campos de submarinos a matar, a ultimar las presas cautivas por el lado de las fuerzas armadas.

Inglaterra abandona todos esos principios en su reinvasión a Malvinas de 1982; abandona haber sido la sede de la firma del Tratado de Londres de 1916 en donde se decide qué es crimen de guerra, de lesa humanidad, de genocidio, etc; como veremos en el caso del hundimiento del Crucero “Gral. Belgrano”, analizado a la luz del Derecho Internacional Humanitario.

¿Acto de guerra o crimen de guerra?

Se suele escuchar de algunas personas, y leer en diversas publicaciones periodísticas, incluso de altos oficiales de la propia Armada Argentina, que el hundimiento del Crucero “Gral. Belgrano” fue un hecho de guerra. Es decir, piensan en términos muy generales, lo siguiente: “cuando hay una guerra, la gente utiliza las armas y si se da que alguien está en un barco de guerra  cuando el enemigo está utilizando las armas, es posible que ese barco sea hundido y ese es un hecho de guerra”.

Esa idea general, no por extendida, deja de ser profundamente equivocada en los términos del Derecho, y es lo que revisaremos brevemente a continuación.

Es cierto, que en la realidad los Estados usan la fuerza armada. No es cierto, sin embargo,  que ese uso de la fuerza armada no se haga bajo ciertas restricciones y también lo es que a veces la percepción que tiene el público en general sobre las restricciones que se aplican al uso de la fuerza armada es una percepción débil. La gente llega a ver lo brutal del uso de la fuerza armada, pero no llega a ver a veces cómo funcionan ciertas restricciones a la fuerza armada.

Para poner un ejemplo absolutamente grosero, en Vietnam, los Estados Unidos no pulverizó el país con una bomba atómica, lo que estaba en condiciones militares de hacer. Existen restricciones y no solo jurídicas, sino políticas de la misma política interna, las mismas garantías que el Estado quiere tener frente a la conducta de otros Estados.

Existe una serie de condicionantes en el uso de la fuerza armada y esos condicionantes van siendo recogidos por un Derecho, que aunque a la gente le parezca que no, tiende a aplicarse en términos generales y tiende a sancionarse cuando es violado.


Los Hechos

El 2 de Mayo de 1982, siendo aproximadamente las 4 de la tarde, en momentos en que el Crucero “Gral. Belgrano” de la Armada Argentina navegaba fuera del  área de exclusión de 200 millas que los británicos habían trazado alrededor de las Islas Malvinas y en dirección a las islas de los Estados, o sea, que no iba en dirección a esa zona de exclusión, es alcanzado por unos torpedos que dispara  un submarino británico, dispara sin advertencia, dispara sumergido y con una tal precisión e intensidad lleva adelante este ataque, que el Crucero se hunde en menos de una hora.

El Crucero llevaba 1093 personas, de las cuales  323 mueren, en ese solo acto. Es el hecho de mayor gravedad y que produce el mayor número de bajas en un solo acto de toda la guerra de 1982.

¿Cuál era el cuadro que había en este momento?

La Argentina había iniciado una acción de recuperación de las Islas Malvinas  el 2 de Abril, es decir un mes antes. Una acción que no produjo víctimas, ni entre los civiles ni entre el personal gubernamental británico. No había una declaración formal de guerra.

Gran Bretaña había dicho que enviaba - y de hecho había iniciado esa operación-, una fuerza de tareas destinada a retomar el territorio de las Islas Malvinas. Fuerza de tareas que en ese momento estaba arribando a una distancia corta  de la zona de operaciones. Así lo denominaron, fue el Teatro de Operaciones de las Islas Malvinas, y había dicho que enviaba a esta fuerza de tareas en orden a lo dispuesto por el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas - problema que vamos a examinar con algún detalle por su importancia-.

Y había determinado cuando su fuerza de tareas estaba llegando a las Islas Malvinas, una zona de exclusión alrededor de las mismas, anunciado que atacaría en virtud de esta zona de exclusión trazada en torno de las Islas a cualquier nave o aeronave argentina no autorizada que penetrara a ese espacio.  El “Gral. Belgrano”, reiteramos, no estaba dentro de la zona de exclusión al momento de su hundimiento.


Limitaciones al uso de la fuerza

¿En qué condiciones puede usarse la fuerza armada? En el supuesto que nos ocupa, la regla general es la prohibición del uso de la fuerza armada, es decir, la regla general que está estatuida en el Artículo 2º, Párrafo 4º de la Carta de las Naciones Unidas, dice que “los Estados no pueden individualmente decidir la utilización de la fuerza armada”. Esa es la regla. Y la excepción a la regla, es el Artículo 51 de la Carta que permite “el derecho de autodefensa o de legítima defensa”.

El asunto es que Gran Bretaña, que es un protagonista principal de la redacción de la Resolución 502, en todo momento de aquel proceso de debate - que fue largo y muy hablado-, dice que va a utilizar la capacidad que le provee el Artículo 51, es decir el de la excepción, y cuando dispone el envío de la fuerza de tareas expresamente dice que manda la fuerza de tarea en los términos del Artículo 51 de la Carta.

¿Qué significa esto? Significa que si Gran Bretaña dice que envía las fuerzas de tareas en los términos del Artículo 51 de la Carta, entonces Gran Bretaña dice: “Yo reconozco la prohibición del Artículo 2º, Párrafo 4º, la reconozco, la admito, y anuncio que la voy a cumplir, y que solamente voy a usar la fuerza en los términos de este Artículo 51 que me ampara para hacerlo”.

Esto es muy importante tenerlo en cuenta. Porque entonces, ese concepto general de “la guerra es la guerra”, “si el barco era de guerra estuvo bien hundido”, este concepto general no es sostenido ni por los mismos británicos. Este argumento, que utilizó, por ejemplo, el propio comandante del “Belgrano”, jamás fue sostenido por Inglaterra. Jamás.

Para entender la decisión británica, deberíamos separar el campo británico en dos: por un lado, la primer ministro Margaret Thatcher y su gabinete de guerra (los halcones), y su propio cuerpo de asesoramiento jurídico, que le va indicando qué restricciones tienen al uso de la fuerza, lo que puede y lo que no puede hacerse.

Entonces, el Reino Unido de Gran Bretaña manda la fuerza de tareas en los términos del Artículo 51 y dice que va a usar la fuerza en los términos del Artículo 51 de autodefensa. Pero autodefensa, ¿es un concepto general, es un concepto vago, es un concepto abstracto? ¿puede justificar cualquier acto? No.


El Principio de autodefensa o legítima defensa

El concepto de la autodefensa o de legítima defensa del Artículo 51, es un concepto que a partir de la Carta de las Naciones Unidas ha hecho correr ríos de tinta, y no solo de tinta doctrinaria y periodística, sino también de tinta normativa y de doctrina militar. Se han escrito manuales militares en base a este concepto.

¿Por qué razón? Porque el grave problema que se genera alrededor del año 1944 o 1945, es el surgimiento del arma nuclear.

Un viejo problema del derecho de la guerra era prevenir lo que se llama la “escalada”. A medida que la capacidad de destrucción masiva de las armas aumenta, aumenta la preocupación de los Estados por prevenir, digamos, la “calentura” de los conflictos. Por eso los primeros tratados que preceden a la guerra mundial, se llaman “tratados de enfriamiento”. De lo que se trata, es que al calor de una controversia política, de una discusión o de un tiroteo, se desencadene un procedimiento inmanejable. Entonces, se trata de dividir a los conflictos en distintas etapas, en tantas partes como sea posible, y de arreglar el paso de una a otra del modo más preciso, de manera que cuando llegue el momento del problema, uno pueda ir previniendo y tratar de frenarlo.

Esto cuando surge el arma atómica se torna en un problema de primera línea de la agenda. Entonces se empieza a definir con mucho cuidado el concepto de la “legítima defensa” y se lo descompone en sus principios, por ejemplo, el Principio de Necesidad, el Principio de Proporcionalidad.


Principios de Necesidad y Proporcionalidad

¿Qué nos dice el Principio de Necesidad? Que el uso de la fuerza que yo emplee en los términos de la legítima defensa debe ajustarse a lo estrictamente necesario para preservar lo que yo digo que está bajo ataque. Yo debo ajustar la respuesta militar a la acción que la motiva, esto dice el Principio de Necesidad.

El “Gral. Belgrano” estaba navegando a una velocidad de alrededor de 11 Nudos. El alcance de las armas del “Gral. Belgrano” es estimada por los especialistas en unos 40 kilómetros, pero la distancia a la que estaba el “Gral. Belgrano” de la fuerza de tareas británica era alrededor de 400 Millas. Y la distancia que estaba de las unidades enemigas más próximas - si excluimos al submarino “Conqueror”, ya que el buque argentino no estaba en condiciones de desarrollar guerra antisubmarina-, más cerca del “Gral. Belgrano”, era de unas 240 Millas.

El Principio de Necesidad requiere del peligro inminente. Para haber podido legalmente justificar la necesidad como un principio que hace a la legitimación del uso de autodefensa, Inglaterra tendría que comprobar que el Crucero argentino representaba un peligro inminente para su personal. Porque el problema que esas no eran aguas territoriales reclamadas como británicas. No era el teatro de operaciones.

La autodefensa se remite a un teatro de operaciones La defensa de un ataque  se produce en una región, en un espacio, y el Crucero “Gral. Belgrano” fue  hundido fuera del teatro de operaciones, porque éste no podía exceder en razonabilidad  la misma zona de exclusión que había trazado Gran Bretaña.
Al producirse el hundimiento fuera del teatro de operaciones, la única justificación posible en los términos del artículo 51 era el peligro inminente, y eso es imposible demostrar, porque no existió tal peligro inminente representado por una nave que tenía como el “Belgrano” esa velocidad, con ese alcance y que estaba a esa distancia de la flota enemiga.

La segunda cuestión es el principio de proporcionalidad. El medio con que yo me defiendo debe ser análogo al medio del ataque que acuso, y el ataque con submarino es un ataque muy particular, porque es un ataque inesperado. Es un ataque que tiene algo de artero, un ataque que aparece invisible, que no sé que viene y que tira de este modo. El ataque con submarino es un ataque irritante, y esta condición es conocida en la doctrina naval, de manera que algunos manuales usados por los británicos ya plantean el problema de la potencial escalada que puede generarse a partir del uso del arma submarina cuando lo que se está contestando no es un ataque de esas características.

Si hay una analogía, que es lo que requiere la ley, no se va a producir esto, pero si no hay esa analogía, el ataque con submarino es muy irritante.  Este caso es un caso de manual y produce escalada.

Esto es muy importante tenerlo en cuenta cuando veamos el último de los elementos que es posible analizar, que es el de una posible motivación política, donde se hubiera buscado realmente producir la escalada. Porque si eso era lo que se buscaba la verdad es que se utilizó una cosa que estaba pensada en doctrina. 


El Derecho de la Guerra

Ahora vamos a analizar el caso desde la perspectiva, ya no tanto del Derecho Internacional General, sino un poco desde el punto de vista del Derecho de la Guerra ¿Cuál es el quid del Derecho de la Guerra? ¿A que está apuntando el Derecho de la Guerra en el tiempo?

El Derecho de la Guerra no apunta a prevenir la guerra. El Derecho de la Guerra apunta a regular la guerra. 

Acá no estamos en la parte del Derecho que prohíbe usar las armas, estamos en la parte que dice cómo vamos a usar las armas. 

El Derecho de la Guerra, si tuviéramos que extraer unos principios, tiende a prevenir la matanza innecesaria y la causa de sufrimientos superfluos, es decir, los daños colaterales que exceden la estricta necesidad militar. Este es el quid del Derecho de la Guerra.

Y en el caso del Crucero “Gral. Belgrano”, el problema que tenemos es que no representaba un peligro, pero en el caso que los británicos hubieran pensado que era un peligro, a esa distancia el submarino podría haberlo inutilizado, no había ninguna necesidad de matar a 323 personas. Se le podría haber roto el timón, o haber roto cualquier otra parte del barco, o disparado con torpedos que lo pusieran fuera de combate, como efectivamente poseía el “Conqueror”.
Pero no, el ataque fue llevado a cabo de un modo que hundió el Crucero “Gral. Belgrano” en tan solo una hora. La forma como se apuntó, la cantidad y calidad de proyectiles que se dispararon, estuvieron destinados a cumplir una orden taxativa de HUNDIR (por eso el comandante del “Conqueror” se hace repetir por tres veces la orden). Se tira a matar, y eso no tiene justificación, aún cuando aceptáramos la hipótesis de que podía representar un peligro.

Entonces, el no respeto por los principios de necesidad y de proporcionalidad, el que se haya hundido fuera de la zona de exclusión, la sumatoria de una cosa y la otra, es la que nos lleva a un tercer señalamiento, que es la violación de los derechos humanos.
Se viola el Derecho que prohíbe el recurso de la guerra, se viola el derecho de la guerra y se mata innecesariamente.


Aclaraciones sobre el bloqueo

Una de las argumentaciones para rechazar la investigación sobre el carácter criminal del hundimiento del Crucero A.R.A “Gral. Belgrano”, consiste en algunas interpretaciones jurídicas sobre el Teatro de Guerra y el ejercicio de bloqueos.

Existe el bloqueo en el Derecho, pero el bloqueo se declara, se notifica, tiene formalidades. Las formalidades dicen que yo tengo que decir cuándo empieza, cuál va a ser la duración, qué plazo doy a las naves que estén adentro para abandonarlo, cuál es la extensión. A lo mejor Inglaterra no estaba de acuerdo con éstas formalidades, pero sí había firmado la Convención. Pero hay otro problema más: la cumple. Reconoce su existencia, porque amplía el bloqueo (la zona de exclusión) después de hundir el Crucero “Gral. Belgrano”. De manera que los mismos británicos sostienen que hay que cumplir las formalidades.

La última cuestión sobre la que se ha hablado mucho es la cuestión que fueron poniendo de manifiesto algunos -sobre todo parlamentarios de la oposición británica al gobierno conservador de entonces-, a la luz de una serie de documentos que fueron apareciendo, que llevarían a pensar que la decisión del hundimiento del Crucero ‘Gral. Belgrano” tuvo propósitos siniestros.

Según esta interpretación, el gobierno británico tuvo en mente algunas consideraciones de política interna cuando ordenó la acción. Es decir, cuando el gobierno británico percibió la conmoción que en gran parte de su sociedad se produjo al tocárseles una joya colonial, decidieron darle una epopeya al pueblo británico a través de una buena guerra. Deciden entonces que haya una guerra, que haya enfrentamiento y que haya victoria británica. Y que en virtud de ese objetivo, había que impedir que prosperase toda negociación de paz. Esta es la historia que un poco se compone a partir de éstas alegaciones. 

Y hay otro elemento siniestro, cuando en otros documentos británicos se publica que el verdadero blanco naval era el buque insignia de la Armada Argentina, el Portaaviones “25 de Mayo”, que sí hubiera significado un peligro inminente para la flota británica, aunque no hubiese ingresado a la zona de exclusión, ya que la peligrosidad de un buque se mide por el alcance de sus armas, que en el caso de un portaaviones es el grado de autonomía de vuelo de sus aviones. Por lo tanto, el POMA hubiera sido un blanco lícito para los británicos.

Pero el portaaviones, al no salir de su base, no se ofreció como blanco a las fuerzas británicas, entonces cambian de blanco y buscan al otro buque más grande que hay para pegarle, con el propósito de producir una escalada que los argentinos no puedan retrotraer.

Si esto es así, entonces el encuadre jurídico a la luz del Derecho Internacional Humanitario avanza un escalón más: esto se llama Crimen contra la Paz, el más brutal de los crímenes posibles dentro del capítulo del Derecho que estudia la prohibición de la guerra o el uso de fuerza en el marco de la guerra. 

El Crimen contra la Paz es el tipo de hechos que se han analizado en tribunales como en Nüremberg, la motivación de política interna, el uso de la guerra para  un fin que no tiene nada que ver con materia militar. 


Conclusiones

Los Familiares de los Héroes Caídos en el Crucero “Gral. Belgrano”, así como sus ex tripulantes, tienen el derecho de reclamar Justicia, a la luz del Derecho Internacional Humanitario, por el crimen cometido por la ex primer ministro británica Margaret Thatcher y su gabinete de guerra.

El Estado Nacional y el conjunto de la sociedad argentina, tenemos la obligación de respaldarlos en ese reclamo, si realmente queremos jerarquizar la defensa de los Derechos Humanos.

Como vimos, existen numerosas y consistentes razones jurídicas para reclamar Justicia por la violación de las autoridades británicas al Derecho Internacional Humanitario. Si aún no prosperó el reclamo, no es por escasez de argumentos o de razones, sino por la  ausencia de recursos propios de los particulares damnificados para efectuar la demanda ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, o de la voluntad política por parte del Estado Nacional –hasta el presente-, para representar a las víctimas del crimen ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya.