domingo, 17 de abril de 2011

EL ARTIGUISMO EN CÓRDOBA.

José Javier Díaz y Juan Pablo Bulnes.

Por Roberto Ferrero




CARDOZO Y EL CABILDO CORDOBÉS


       El artiguismo, nacido de la justa resistencia de la Banda Oriental a las pretensiones hegemónicas porteñas y de añejas rivalidades de puertos, y puesto a punto en las célebres “Instrucciones del Año XIII”, tuvo largas resonancias en Córdoba. Aparece ya en 1812 por “vía postal”, diremos así; alcanza su expresión más jacobina con Juan Pablo Bulnes en 1815/17; llega al gobierno de la provincia con la magistratura ejemplar del Brigadier Juan Bautista Bustos; y suena aún con ecos nostálgicos en los viejos artiguistas que acompañan al manco Paz en su aventura de 1830 y su gestión posterior.
       La primera aparición, como dijimos en 1812, se debe a la actividad del comandante Felipe Santiago Cardozo, amigo y confidente de Artigas, partidario de las doctrinas similares de Mariano Moreno y diputado por Canelones a la Asamblea Constituyente de año siguiente. Artigas, puesto en guardia ya contra el gobierno centralista de Buenos Aires a partir del convenio del 21 de octubre de 1811 (que entregó la Banda Oriental y el Entre Ríos al virrey Francisco Javier de Elío y causó el éxodo del Pueblo Oriental), había comenzado a buscar aliados en las regiones del litoral y el interior que también empezaban ya a sufrir la temprana política hegemónica del Puerto. Despacha así al Paraguay, en diciembre, al capitán Juan Francisco Arias, instituido con el “interesante objeto” de coordinar con los paraguayos el establecimiento de un sistema confederal; al mismo tiempo, escribe al joven caudillo santafesino Mariano Vera en el mismo sentido federalista. En cuanto a Córdoba, las actas capitulares son el respaldo documental irrefutable de que el 16 de noviembre de 1812 el Cabildo toma oficialmente conocimiento de un oficio enviado una semana atrás por Cardozo, al “que sirve acompañar un cuadernito manuscrito titulado Declaración de la Independencia” (Libro 45/46, Pág. 527). El dirigente artiguista, que presentará a la Asamblea del Año XIII un proyecto de Constitución Federal, explicaba en ese “cuadernito”, como lo llamaban los cabildantes, la intención emancipadora -tal como surgía del atrevido título de su carátula- que Artigas resumiría en la 1º de sus “Instrucciones”, cuando todavía los más timoratos seguían usando la “máscara de Fernando VII”. En aquella sesión del 16 de noviembre, los miembros del Cabildo trataron también un oficio de la “Sociedad Patriótica” dirigida por Bernardo de Monteagudo, enfilado en el mismo sentido de la independencia inmediata, para la que se buscaba apoyo en los pueblos mediterráneos. A este oficio los prudentes cabildantes contestaron que el cuerpo “reflexionará” sobre “los patrióticos sentimientos que se le manifiestan”, pero a Cardozo se limitaron a acusarle recibo, sin más (idem, pág. 527). Así se archivó por parte de aquel organismo temeroso y conservador la primera expresión formal del pensamiento artiguista llegada a Córdoba.
       Pero el ocultamiento de la doctrina federal que ya comenzaba a esbozar el gran caudillo argentino oriental (porque entonces éramos una sola Patria) no podía proseguir por mucho tiempo. Los sucesos de 1815, en los que descollará el comandante Juan Pablo Bulnes y el coronel José Javier Díaz, impedirán que se vuelva a “archivar” el pensamiento artiguista, que como un vendaval arrastraría detrás de sí a las grandes mayorías nacionales del Litoral y buena parte de las provincias mediterráneas.


Artigas en su ancianidad, por Alfred Demersey. Es el único retrato auténtico del general, aunque muy posterior a su actuación pública. Posiblemente en éste se inspiró Blanes para sus retratos de Artigas 



BULNES, EL ARTIGUISTA LEAL


La victoria de Guayabos marcó el predominio absoluto en la Banda Oriental del ideario artiguista, que en los primeros meses de 1815 se expande incontenible por el Litoral y llega a Córdoba en marzo. En este mes, un oficio del Protector y el esfuerzo de los autonomistas cordobeses da por tierra con el gobierno centralista de Ortiz de Ocampo y lo entrega al jefe federal coronel José Javier Díaz.
       En sus primeros pasos lo acompaña el comandante de Artillería Juan Pablo Bulnes (1784-1851), joven voluntarioso, apasionado, partidario jacobino de las ideas democráticas y federalistas de Artigas, al que había conocido personalmente semanas antes como enviado de los autonomistas locales. Miembro de una prestigiosa familia de comerciantes cordobeses, casado con una sobrina del Deán Funes, licenciado en filosofía en la Casa de Trejo, patriota de la primera hora, Bulnes había dejado su toga y sus trajines mercantiles para servir a la nación desde las filas de la milicia. Desde allí sirvió al gobernador Díaz con eficacia y lealtad, pero cuando éste flaquea y con diversas argucias, en julio de 1816, niega su auxilio a los artiguistas santafesinos invadidos por el ejército porteño, Bulnes se subleva contra él y parte a Santa Fe con 400 hombres “para hacer cumplir a mi pueblo -dice- el compromiso que tenía con el jefe de los Orientales”. A su regreso, derrota a las tropas de Díaz en Alta Córdoba y durante seis semanas ejerce el derecho de dominio de la situación en nombre de los principios del artiguismo y en aplicación de su propio lema: “El voto de los pueblos no puede demostrarse sino por una voz viva”. Tal era la voz de sus batallones, compuestos de elementos populares del suburbio y la campaña, que con él se incorporan a la política activa, discutiendo su hegemonía a las clases aristocráticas de la ciudad: letrados, comerciantes, estancieros absentistas…
       Derrotado poco después por el coronel Sayós -enviado por el Ejército del Norte- es encarcelado, pero logra sublevar desde la prisión a las tropas veteranas de Córdoba en enero de 1817 y nuevamente, junto al Dr. Agustín Urtubey, trata de imponer al cabildo pro-porteño un gobernante federal, como era la voluntad popular desatendida. Sin embargo, amenazado por tropas de línea muy superiores a sus milicias, se ve obligado a refugiarse bajo la sombra amiga del caudillo de Santa fe, don Mariano Vera. Sus fieles seguidores, los artiguistas cordobeses Bautista Bonastre, José María Tello y Pedro Lucías, son fusilados por los centralistas, e Isasa, Moyano y otros dirigentes, quedan prisioneros -bajo amenaza del mismo fin- en manos de Belgrano, que acababa de hacer ajusticiar sin proceso al caudillo artiguista de Santiago del Estero, Juan Francisco Borges.
       Fiel al ideario de Artigas, el comandante Juan Pablo Bulnes pasa después a la Banda oriental, donde sirve a las órdenes del Protector con el grado de Capitán y desempeña diversas misiones diplomáticas que él le encarga (embajada ante el dictador Francia). Recién en 1820, cuando la política directorial se hunde en los campos de Cepeda y Artigas es obligado a refugiarse en las selvas guaraníes, Bulnes puede regresar a su patria chica para seguir luchando por los ideales que lo habían hermanado al Protector de los Pueblos Libres.


                       Bandera de Artigas en 1815

EL ARTIGUISMO Y LA ARISTOCRACIA TERRITORIAL DE CÓRDOBA


       El “Reglamento para fomento de la Campaña”, instrumento artiguista de una profunda y original reforma agraria, se había promulgado en septiembre de 1815. Con sus confiscaciones sin indemnización; sus repartos gratuitos de tierras y ganados a los “negros libres, zambos de igual clase, los indios y criollos pobres”; sus limitaciones a la extensión de la propiedad rural, sus prohibiciones de destinarla a la especulación; y su “prevención de que los más infelices serán los mas privilegiados”, el “Reglamento” artiguista había espantado a los latifundistas orientales. A poco de dictado se empezó a aplicar desde arriba por las autoridades, pero fundamentalmente desde abajo por iniciativas de las masas. Los afectados por las expropiaciones lucharon “con chicanas, amenazas, distorsiones, influencias”, dice Lucia Sala de Tourón, pero “a mediados de 1816 las clases propietarias del campo adquirieron plena conciencia de que estaban derrotadas” (Lucia Sala de Tourón y otros: “Artigas y su revolución agraria”, Siglo XXI, México 1978, Págs. 206/207). Fue entonces cuando empezaron a abandonar al Protector y a gestionar la invasión portuguesa. Las noticias de la aplicación del “Reglamento” en la “otra banda” deben haber causado honda inquietud en el grupo de grandes propietarios territoriales que rodeaba a José Javier Díaz. Primer gobernador autonomista de Córdoba y aliado cauteloso del protector, el mismo Díaz, era dueño de los extensos dominios de “Santa Catalina”; José de Isasa poseía vastas posesiones en la “Pampa de San Luis”, en Traslasierra; los Del Corro eran dueños de la Estancia de Macha (departamento de Totoral, el mismo de Díaz); los Allende tenían muchos intereses rurales en el Norte y el Oeste de la provincia; Jerónimo Salguero de Cabrera y Cabrera tenía, proveniente de sus mayores, tierras en “Los Algarrobales” (tras las Sierras Grandes) y en la región de Soto, y posteriormente obtuvo más en la zona suburbana de lo que es hoy “Nueva Córdoba”. En 1809, siendo Sindico Personero de Córdoba había solicitado al Cabildo la represión de “todo vago, garito o mal entretenido” que anduviese suelto por la campaña, proponiendo que se los remitiese a España a servir en el ejército, siendo conducidos “hasta el punto de embarque a expensas del fondo que forme una moderada contribución de los hacendados” (Cit. En Endrek, Emiliano: “el Mestizaje en Córdoba”, Universidad Nacional de Córdoba, Córdoba 1966, Pág. 34). Ahora, el gobernador Díaz dictaría un Bando Municipal condenando a servir en las obras públicas por un mes, con cadenas, a los peones que no tuviesen su “papeleta de conchavo”, lo mismo que “al que no tuviese ocupación” (art. 21º) (“Bando de carácter Judicial y municipal”, en el folleto “Homenaje en el 150º aniversario de la muerte del coronel José Javier Díaz”, publicado en 1979 por el Ministerio de bienestar Social de Córdoba). Estas iniciativas de Díaz y sus amigos ponen de relieve los límites del populismo de la aristocracia federal de Córdoba -progresiva en otros aspectos y por otras razones- y la concepción jerárquica y paternalista de las relaciones sociales que alimentaba, concepción por otra parte común a toda la aristocracia hispano-criolla del interior.
       El propio General Paz, hombre de pensamiento liberal en tantos aspectos, en este de las relaciones sociales de producción en la campaña, adoptaría en 1820 la misma actitud represiva y disciplinarista de sus antecesores. En efecto: en sus “Instrucciones” para la policía de campaña dictadas en aquel año por el “Supremo” se institucionalizó la persecución del gauchaje libre. Ellas en su artículo 26, ordenaban a jueces y comisarios “no consentir de modo alguno a gente vaga y ociosa en sus respectivos distritos” la cual debía ser detenida y destinada a las obras publicas. No es de extrañar esta legislación de Paz, ya que aunque él era sólo un ex seminarista, el grupo social que lo apoyaba era el mismo viejo núcleo de propietarios que hacía tres lustros había rodeado al coronel Díaz. En cambio, el general Juan B. Bustos, hijo de un “terrateniente” del Vale de Punilla se había elevado lo suficiente por encima de su clase como para ser tolerante con sus paisanos de la llanura cordobesa. Su “Reglamento de campaña” de 1823 -que rigió durante todo el periodo rosista y la ley contra el cuatrerismo de 1829, sancionadas ambas durante el mandato del héroe de Arequito, castigaban naturalmente el robo de ganado, pero no contenía la menor alusión al “vago”, vale decir: no incriminaba al gaucho en cuanto hombre libre, sino en tanto y en cuando se apoderase de animales ajenos.


Artigas Jefe de los orientales
"caraí guazu"

FELIPE ÁLVAREZ Y EL ARTIGUISMO DE LAS CAMPAÑAS

En 1817 el artiguismo urbano de Córdoba, acaudillado por Juan Pablo Bulnes, yacía derrotado y disperso. Pero había otro artiguismo, el artiguismo de las campañas rurales -sobre el que los historiadores no se han dignado fijar su atención-, y ése si seguía resistiendo a la embestida del centralismo porteño.
Dirigían estas montoneras federales dos caudillos surgidos de la entraña misma de la campaña cordobesa; Felipe Álvarez en el Sudeste, en Fraile Muerto (hoy Bell Ville), y José Antonio Guevara en el Noreste. Sobre las regiones que ellos controlaban, era muy claro el Informe elevado por el general Bustos a Belgrano, su superior, a fines de 1817: “El Río II, montonero, a excepción de cuatro o cinco personas. El Río III, montonero, a excepción del comandante Haedo”. “El Segundo”, en el lenguaje de la época, comprendía los actuales departamentos de San Justo y Río II, dominios de Guevara; “el Tercero” era Unión, Marcos Juárez, San Martín y Tercero Arriba actuales, recorridos por Felipe Álvarez, quien se carteaba con Artigas y era un hombre -como escribe Agustín Villaroel- de “una bravura exaltada y terrible en la pelea, sin que le faltara capacidad militar intuitiva”.
En Córdoba el Directorio había instalado el gobierno adicto a un salteño aporteñado, el Dr. Manuel Antonio de Castro, quien no dominaba más que los lindes de la Capital y su geografía inmediata, porque la campaña ardía en un vasto movimiento adicto a Artigas. Las grandes mayorías lo veían como su jefe y libertador. Hasta en Traslasierra, como narra la anécdota de Barrionuevo Imposti, el nombre Artigas tenía un influjo tan poderoso como para hacer acudir a una cita a un celador rural, que creía que iba a incorporarse a sus huestes, cuando en realidad no iba más que a una emboscada para ser despojado de su ropa y cabalgadura…
El Protector daba especial importancia al control de Córdoba y Santiago del Estero, porque estas provincias constituían el lazo de unión con la Salta de Güemes, a quien se trataba de ganar para la causa, y porque -tácticamente- se alzaban como el antemural del “Sistema de los Pueblos Libres” del Litoral, frente al “Ejército del Norte” acantonado en Tucumán.
De allí que Artiguas reforzara con milicianos orientales la montonera de Guevara y diera importante participación en sus planes de guerra a las tropas de Álvarez. Al caudillo de Bell Ville le adjudicó la tarea de impedir las comunicaciones de Buenos Aires con el “Ejército del Norte”  y el “Ejército de los Andes”, cuya venida se temía, mientras el mismo Artigas mantenía ocupados a los portugueses. De su confianza en los esfuerzos de la montonera cordobesa da cuenta su carta al gobernador delegado de Santa Fe, don Manuel L. Aldao, en 1818, en la que decía: “Vencida la división que se apoya en Córdoba, los cordobeses no deben ser indiferentes…”, agregando enseguida: “De Córdoba no dudo, presentándose ocasión tan oportuna”. Desgraciadamente, las circunstancias político-militares impidieron que los autonomistas recuperaran el poder, pero desde 1817 hasta la Sublevación de Arequito las montoneras artiguistas de la campaña cordobesa cumplieron lealmente sus deberes para con el Protector, manteniendo en jaque a las tropas del Directorio destacadas en la provincia.




BUSTOS, EL DISCÍPULO POSTRERO


Hartos los pueblos de ser perseguidos por los ejércitos porteños y hartos sus componentes provincianos de que se los obligara a volver sus armas contra sus paisanos en vez de hacerlo contra los españoles, el descontento general contra el Directorio se expresó en la sublevación de la Posta de Arequito el 7 de enero de 1820. Ese día el “Ejército del Norte”, llamado a reprimir a los caudillos del Litoral, se sublevó al mando de Juan Bautista Bustos, José María Paz y Alejandro Heredia y puso fin a una década de centralismo asfixiante.
Bustos y Paz volvieron a Córdoba con sus tropas y erigieron aquí un gobierno federal autónomo. El general Bustos, reconociendo entonces la deuda que todos ellos tenían con el Jefe de los Orientales, le escribe el 16 de febrero explicando su anterior conducta como oficial de las fuerzas represoras, y los motivas de la sublevación de Arequito, al tiempo que le llama el “Washington de Sud América” y proclama que gracias a sus “heroicos esfuerzos debemos exclusivamente haber llegado a este término” (la victoria del federalismo). Infortunadamente, Bustos ignoraba aún que el hombre al que se dirigía ya estaba derrotado. En Tacuarembó, el conde de Figueiras había destrozado el poder artiguista en el Uruguay al vencer al comandante Andrés Latorre en toda la línea. Los esfuerzos de Artigas proseguían en Entre Ríos y Corrientes, pero la traición de Pancho Ramírez los haría inocuos.
Empero, vencido el Protector, sus principios triunfaban en Córdoba a través de Juan Bautista Bustos, el discípulo postrero que trata de llevar a cabo los proyectos de organización federal de Artigas. Éste, que no obstante los infortuitos trata de afirmarse en las victorias de sus lugartenientes del Litoral -quienes en breve lo traicionarán- escribe a su vez a Bustos apoyándose en sus esfuerzos para reunir un Congreso Constituyente federal en Córdoba, que debía ser “el producto de la pluralidad” de los pueblos, y que Rivadavia saboteará.
Bustos, revelando gran habilidad, pudo recomponer la situación política en Córdoba, atrayéndose a una parte antigua del partido funista y a la tendencia del artiguismo que respondía a Juan Pablo Bulnes. La otra corriente, la que respondía a Díaz, a los Allende, al propio hermano de Bulnes, erró el camino conspirando con el Manco Paz contra Bustos para desplazarlo y asumir todo el control de la situación, siendo fácilmente derrotados. Juan Pablo Bulnes, el artiguista leal, en cambio, supo ubicarse con mayor perspicacia. Comprendiendo los nuevos tiempos, admitió el cambio de frente de Bustos y lo reconoció como flamante jefe federal de la provincia, colaborando con él del modo más generoso. Primero como diputado y luego, desde 1827, como Ministro General del Brigadier, vale decir: como su mano derecha, su ministro político.
Caído Bustos en 1830 peleará Bulnes junto a Facundo Quiroga en las batallas que éste pierde contra el General Paz, y a consecuencia de ello se verá obligado a emprender su segundo exilio. Como trece años antes, Santa fe vuelve a cobijar a los federales cordobeses. Bustos fallecerá de sus heridas, al amparo de Estanislao López, y Bulnes recién podrá volver a su provincia al desmoronarse el gobierno de Paz, después del boleo en El Tío, en 1831.

EL GENERAL PAZ Y LOS ÚLTIMOS ARTIGUISTAS


       Por haber servido en su último año al gobierno mitrista del separatista Estado de Buenos Aires, el general Paz ha pasado a la historia como “unitario”. Y sin embargo, no lo era.
       El ilustre Manco inició su carrera política a la sombra del partido federal -que era como decir artiguista- en 1820, al sublevar en la Posta de Arequito, al Ejército Directorial del Norte. Después, vuelto a Córdoba como aliado de Bustos, conspiró contra él ayudado por el grueso de los dirigentes de la fracción artiguista de José Javier Díaz que, como dijimos antes, había extraviado su camino (los amigos de Bulnes apoyaban a Bustos). Constituido en jefe de montoneras federales del norte de Córdoba, Paz fue derrotado en 1821 por el mayor Ildefonso Catolis y debió ocultarse en la estancia de su pariente Faustino Allende, para refugiarse luego en Santiago del Estero, amparado por su amigo y camarada, el caudillo federalista Juan Francisco Ibarra.
       Años después, al frente de uno de los cuerpos que habían luchado gloriosamente en Ituzaingó, el general Paz invade Córdoba para tomarse revancha contra Bustos. No obstante -y como lo declaró su partidario, el cura Ignacio Castro Barros- el general Paz no se pronunciaba por la forma unitaria de gobierno, sino que se atenía a lo que resolvieran los pueblos reunidos en Congreso. Ocupado el poder de la provincia, se desvinculó de Lavalle y de los consejeros unitarios de éste, rodeándose en Córdoba de todos hombres del antiguo partido artiguista que había seguido a Díaz y a él mismo en 1821: José de Isasa, el hombre que en abril de 1816 había tratado de convencer a Artigas para que concurriese al Congreso de Tucumán, fue su Ministro General; Pedro Juan González es su Jefe de Policía; José Roque Savid, Gaspar del Corro, Narciso Moyano… todos ocupan funciones al lado del Manco. Parecía un “revival” del artiguismo…
       Muchos años después, cuando su gobierno de Córdoba y sus victorias resonantes eran un viejo recuerdo, exactamente en 1846, José María Paz debe también exiliarse en Paraguay durante 10 meses. Allí no puede resistir la tentación de visitar al anciano vencedor de Las Piedras y éste entonces le explica: “Yo no hice otra cosa que responder con la guerra a los manejos tenebrosos del Directorio y a la guerra que él me hacía por considerarme enemigo del centralismo, el cual sólo distaba un paso del realismo. Tomando por modelo a los Estados Unidos, yo quería la autonomía de las Provincias, dándole a cada estado su gobierno propio, su Constitución, su bandera, el derecho de elegir sus representantes, sus jueces, y sus gobernantes, entre los ciudadanos naturales de cada Estado. Esto era lo que yo había pretendido para mi Provincia y para las que me habían proclamado su protector. Hacerlo así habría sido darle a cada uno lo suyo. Pero los Pueyrredones y sus acólitos querían hacer de Buenos Aires una nueva Roma imperial, mandando sus procónsules a gobernar a las Provincias militarmente y despojarlas de toda representación política, como lo hicieron rechazando los diputados al Congreso que los pueblos de la Banda Oriental habían nombrado, y poniendo precio a mi cabeza”.
       Como dice John Street, ésta fue la declaración mas clara y sucinta de las ideas de Artigas que jamás se haya formulado. Y correspondió al general Paz, quizá con la nostalgia de los viejos tiempos de conspirador federalista, transmitirla al mundo desde aquella chacra de Asunción.



(APARECIDO EN LA REVISTA “TABARÉ” DEL CENTRO DE RESIDENTES URUGUAYOS DE CORDOBA, 1989)

Enzo Regali, director del blog, frente al solar en el que Artigas pasó sus ultimos días en Asunción del Paraguay. Una escuela primaria se levanta en el lugar como homenaje al patriota latinoamericano, al mismo tiempo que una importante avenida atraviesa la capital paraguaya.

domingo, 3 de abril de 2011

RECORDANDO HÉROES

A continuación reproducimos el correo recibido de Mario Meinardi, quien brevemente recuerda a dos de los héroes que pelearon en Malvinas, guerra que todavía hoy convoca a la unidad latinoamericana.  



Estimados Amigos:

En esta conmemoración deseo acercarles dos pequeñas experiencias de mi vida relacionadas con la gesta de Malvinas.

La primera se desarrolla en los últimos meses de 1981. Con el amigo y compañero Jorge Stratta estábamos llevando adelante el proyecto y construcción de un montacargas de 1 tonelada para la base aérea de Paraná, cuando era inimaginable la recuperación de las islas por nuestras F.A.
Periódicamente, para una obra que habíamos iniciado en octubre del 81  y debíamos terminar en enero del 82, visitábamos la Base aérea y nos visitaba, en la empresa donde estábamos llevando adelante la construcción del equipo, en su carácter de Inspector técnico de la F. Aérea el 1er Teniente Mario González.
Sobre fines de diciembre realizo una visita a la base y me comentan que el 1er Teniente se encontraba en el sur realizando tareas de entrenamiento. Seguramente  estaban vinculadas con la futura operación Malvinas.
Luego volví a verlo, por última vez,  con la puesta en marcha del montacargas que conectaba el depósito de cubiertas  y bombas de aviones que, seguramente,  luego serían utilizadas en el conflicto.
El 1° de mayo de 1982  tres Canberra MK 62 con misión de atacar el buque Bahía Anunciación, uno de ellos al comando del  1er Teniente Mario González y el 1er Teniente Eduardo De Ibáñez  fue interceptada por los Sea Harrier y Curtiss. Este último, impactó con un misil Sidewinder en el Camberra  que piloteaba el primer teniente estrellándose en el océano. Sus tripulantes se eyectaron pero no pudieron ser rescatados. Sin posibilidades de defenderse en el aire, los otros dos aviones regresaron, aterrizando en Trelew a la noche.
La segunda está relacionada con mi infancia y el devenir de la vida.
Por los años  50 / 60  (1960), siendo yo un “purrete”  vivía en el nuevo barrio 7 Jefes de la ciudad de Santa Fe. Habitado por familias de trabajadores y clase media, muchos vinculados con la actividad ferroviaria, se perfilaba como una zona de urbanización creciente por su cercana vinculación con la Costanera y el río
En esos momentos a la llegada al barrio de una familia compuestas por Don Crippa, su esposa y 4 hijos varones. Esta familia venía del interior de la provincia de Santa Fe. Rápidamente se integraron a la vida del barrio. Cada hijo tenía sus características pero el mayor Owen era muy serio y lacónico.
Luego la vida continuó, atravesando todas las instancias del secundario, la universidad, la militancia, el trabajo y la formación de una familia.
Owen termina el secundario y se incorpora a la Marina de Guerra en el sector Aeronaval.
Como debía ser participa de la acciones en Malvinas realizando un hecho heroico.
En la mañana del 21 de mayo de 1982, pilotea un pequeño avión italiano, otrora, increíblemente de entrenamiento y armado para la ocasión,  de la 1er. Escuadra Aeronaval de Ataque a verificar movimientos de la flota británica en el Estrecho de San Carlos. El solitario Aeromacchi se encontró con más de veinte buques surtos en el estrecho y comenzando las operaciones de desembarco. Owen Crippa atacó con los magros medios a su disposición y regresó a Puerto Argentino con la novedad de haber provocado graves daños a la nave británica nave HMS Argonaut.
Terminada la guerra, y en el contexto de Desmalvinizacion ó, a decir del propio OWEN: Desargentinización,  es dado de baja sin mediar ninguna razón que no sea encuadrar el conflicto por la recuperación de las islas en una aventura para perpetuar en el poder  a los militares y al que hay que olvidar rápidamente
Pasaron muchos años desde la prematura baja del Teniente de navío  Owen Crippa, y nos vimos algunas veces, siempre con una estricta reserva sobre esta incomparable experiencia histórica y proclive a no hablar de la misma.
Pero a medida que ha pasado el tiempo, como meduloso y reflexivo hombre que vivió algo tan impactante, ha comenzado a promover sus reflexiones transformándose en una necesaria referencia en la recuperación de la memoria viva de este hecho histórico.
A ambos quiero rendir, hoy 2 de abril de 2011, a 29 años de la gesta mi más sentido respeto y admiración.
A Mario González, por la efímera relación laboral, previa a la guerra, donde vi en el un hombre serio, comprometido con su trabajo hasta los más pequeños  detalles, y por haber, esencialmente, llevado su responsabilidad de defender la soberanía territorial hasta su propia muerte.
A Owen Crippa por haberlo conocido, por su valiente entrega, en desigualdad de fuerzas con el enemigo, y por haber comenzado a divulgar una nueva visión del conflicto consistente en revertir lo que ha sido la visión del imperio y la cultura de la resignación nacional.

Un abrazo.


MALVINAS Y LA UNIDAD NACIONAL

Malvinas sigue convocando a la unidad nacional. Es un tema que ni los intentos "desmalvinizadores" más serios han conseguido erradicar de la memoria activa del pueblo argentino y latinoamericano. Hoy Suramérica y América Latina siguen siendo nuestros aliados. La presidenta Cristina Fernández en el discurso de Río Gallegos ha demostrado que por sobre las diferencias políticas es una causa nacional pendiente.  



Malvinas: un grito de unidad

Por Elio Noé Salcedo

De que la guerra por las Islas Malvinas fue una lucha que trascendió no sólo las fronteras geográficas sino también los límites del análisis político, dan cuenta sus efectos o consecuencias hoy más vigentes que nunca.

El resultado de aquella derrota, que muchos pensaron sería la derrota de la dictadura, no fue sino el corolario de una capitulación nacional en el plano de la política, de la economía, de las ideas y de la cultura, que puso a la Argentina en línea con los designios de los vencedores y la mantuvo sumida hasta que una nueva marea de la historia nos devolvió la dignidad nacional en 2003.

La simpleza con que los políticos luego triunfantes caracterizaron la derrota argentina en Malvinas,  augurando una democracia que nos liberaría de todos nuestros pesares e incluso nos haría olvidar la guerra, se topó con una realidad más profunda que el mar: detrás de Inglaterra estaba Occidente, el Nuevo Orden Mundial y el Consenso de Washington, y detrás de la Argentina –gobernada eventualmente por una ominosa dictadura- se encolumnaban los pueblos desheredados y oprimidos de la tierra, hasta entonces llamado Tercer Mundo.

Países opresores y países oprimidos

A propósito de guerras entre países opresores y países oprimidos, sólo nostálgicos del Nuevo-Viejo Orden pretenderían hoy, por ejemplo, que Khadafi –dictador o no, socio en años anteriores de Occidente, víctima junto al pueblo libio del atropello imperialista-, sea derrocado y que, tras su derrocamiento –como con Sadam Hussein…- vendrán mil años de paz, prosperidad y bienestar para el pueblo libio.

Eso creían también en 1976 los que apostaban al derrocamiento de Isabel Perón en pos de un ideal democrático que no se pudo verificar sino después de 27 años, cuando Néstor Kirchner unió las reivindicaciones democráticas con las reivindicaciones nacionales y planteó un proyecto de Nación que contradice al mismo tiempo el proyecto de la dictadura, el de la democracia formal y el de la política de rodillas ante los poderes económicos concentrados que nos legó el neoliberalismo.

Malvinas fue, es y será una causa nacional y popular, como las tres banderas del peronismo, como la bandera de los derechos humanos y como la bandera de la unidad latinoamericana que, junto a las otras, los Kirchner supieron poner en el centro de la UNASUR, y que, ¡oh causalidad!, fue la primera bandera que flameó durante la, digámoslo hoy, dignificante guerra por Malvinas.

Fue uno de los homenajeados , Abelardo Ramos, por estos días en la Muestra del Pensamiento y el Compromiso Nacional que reivindicó a Jauretche, Scalabrini, Perón, Evita y Néstor junto a otros pensadores nacionales, quien, en forma casi profética, se animó a decir y escribir después de la derrota de Puerto Argentino estas palabras: “La guerra de las Malvinas, en el cuadro de esta lenta decadencia, ha irrumpido y vuelto a plantear todo de nuevo, y aquella figura retorizada, abrumada en el bronce, venerada en la rutina escolar, inmovilizada y divinizada, es decir Simón Bolívar, ha cobrado vida en el Atlántico Sur. Vuelve a montar a caballo. Toda la América Latina ha cobrado la memoria histórica perdida. Ahora se entiende al fin el significado de voces olvidadas y precursoras: Torres Caicedo, Manuel Ugarte, José Vasconcelos, Haya de la Torre. Y se podrá comprender que ni el nacionalismo ni la democracia ni el socialismo poseen el menor significado en América Latina si no se reencarnan en un programa general de revolución nacional unificadora de la Patria Grande. La guerra de Malvinas, con el fulgor del relámpago, enseñó a los latinoamericanos que realmente tienen una patria común”. (Historia de la Nación Latinoamericana. Jorge Abelardo Ramos).

No es poco decir sobre Malvinas –que nos hizo ver la verdadera cara del imperialismo y nos devolvió a lo brazos de América Latina-, cuando lo que se dice nos remite a nuestros orígenes, nos concilia con nuestro presente y nos conecta con nuestro porvenir. No es tampoco casual que fuera una patagónico el que nos devolviera la esperanza.


sábado, 2 de abril de 2011

LA DESMALVINIZACION UNA MUESTRA DE NUESTRA COLONIZACIÓN MENTAL

La desmalvinización explícita o encubierta es una práctica habitual, especialmente entre algunos medios intelectuales y/o más o menos académicos. Se trata de una práctica que quizás en ocasiones resulta inconsciente debido a que está plagada de lugares comunes o al decir de Jauretche son "zonceras"comunes.
Por este motivo reproducimos un texto de Fernando Cangiano, ex combatiente de Malvinas o como él mismo lo dice: simplemente héroe de Malvinas.


¿”Gesta patriótica” o “carro atmosférico”?

Apuntes sobre la desmalvinización




En memoria de Mario A. García Cañete y de todos los caídos en Malvinas

Un ex camarada del Escuadrón de Exploración de Caballería Blindada Nº 10, unidad en la que revisté entre 1981 y 1982, me invitó gentilmente a escribir unas líneas sobre mi experiencia en Malvinas, aclarándome que no era requisito respetar un temario definido sino simplemente “dar rienda suelta” a las más íntimas necesidades expresivas del autor. Me propongo en estas pocas líneas apartarme del ángulo puramente testimonial o vivencial sobre la guerra para incursionar (“deconstruir” como dice ahora la moda filosófica) en el significado y las implicancias prácticas del remanido término “desmalvinización”.

Es sabido que los ex combatientes hemos denunciado reiteradamente desde 1982, y todavía lo hacemos hoy, la existencia de una suerte de “atmósfera desmalvinizadora” que campea en la sociedad argentina, promovida por sectores (casi nunca identificados) interesados en no hablar, y mucho menos abrir un debate, sobre el significado de Malvinas en nuestras vidas y en nuestra historia. Como consecuencia de ello, quienes combatimos en las islas permanecimos huérfanos de cualquier forma de apoyo estatal durante un largo tiempo y fuimos empujados a algo así como una zona de “invisibilidad social”, de la cual sólo pudimos salir gracias a nuestra propia organización y movilización. Vale recordar las innumerables agrupaciones de ex combatientes que nacieron y se desarrollaron desde el fin de la guerra, reivindicando el reconocimiento oficial en tanto sujetos sociales con identidad propia (el “Veteranos de Guerra”).

Sostengo la tesis de que tal política de silenciamiento y desprotección hacia el ex combatiente constituyó una realidad en los primeros años de la posguerra, pero no en los años subsiguientes, pues rápidamente dio paso a un peculiar formato discursivo mucho más sutil y de naturaleza político-cultural, cuyo objetivo indisimulable fue construir una narrativa sobre Malvinas encaminada a “desmalvinizar” a la sociedad argentina.

¿Qué significa “desmalvinizar a la sociedad argentina”?; ¿cuáles fueron los pilares de esa narrativa sobre Malvinas y qué objetivos políticos perseguían y persiguen quienes intentan borrar el fervor patriótico que emergió casi espontáneamente en la sociedad argentina tras la recuperación de las islas?; ¿qué roles les fueron asignados a los actores de la guerra (oficiales, suboficiales y soldados) dentro de ese entramado de representaciones sociales construidas por el discurso dominante?; ¿cuáles fueron las consecuencias prácticas de dicho discurso en los propios actores?. He aquí algunas de las preguntas que procuraré desarrollar en las líneas que siguen.

La des-historización del conflicto de Malvinas

Desde los primeros años de la posguerra se abrió un fuerte debate entre quienes calificaban a la guerra de Malvinas como una “gesta patriótica” y aquellos que la presentaban como una “aventura irresponsable” de un gobierno moribundo. En esta “batalla de ideas”, los campos en pugna extraían conclusiones diametralmente opuestas sobre lo que le correspondía hacer a la Argentina en la etapa de la posguerra, abierta al culminar las operaciones militares en el sur.

Este debate, de naturaleza política, aparecía oscurecido ante la opinión pública por aspectos más ligados a la dimensión emocional y humana del conflicto (situación de los veteranos, familiares de los caídos, etc.).

Quienes sostenían la postura de la “gesta patriótica” concebían la ocupación de Malvinas como un capítulo dentro de una larga lucha del país por obtener su plena independencia nacional y soberanía territorial. Establecían una continuidad histórica entre las grandes batallas emancipatorias libradas por nuestros ejércitos en el siglo XIX contra las potencias coloniales y la reafirmación de la soberanía argentina en el Atlántico Sur en 1982. La consecuencia práctica de esta visión del conflicto no podía ser otra que la de “continuar con la lucha por otros medios”. Es decir, derrotado el país en el plano militar en Malvinas, correspondía ahora avanzar en la soberanía económica, política y cultural, no ya en el Atlántico Sur sino en el conjunto del país. Los defensores de esta visión, como es lógico, proponían tender lazos hacia los países de América Latina (aliados durante la guerra) y tomar distancia de las potencias coloniales, agresoras directas o indirectas en Malvinas.

Por el contrario, quienes impugnaban la ocupación de Malvinas calificándola de una aventura irresponsable y criminal, afirmaban explícita o implícitamente que había que dar vuelta la página de la guerra y recomponer aceleradamente relaciones con los países centrales, que eran, casualmente, nuestros enemigos de Malvinas.

Esta última postura se impuso en toda la línea ya en los primeros años de la posguerra. Contó con una gigantesca y hábil maquinaria propagandística (sin duda alentada por EEUU e Inglaterra) que logró explotar a su favor el legítimo repudio que el pueblo argentino abrigaba por la dictadura militar que gobernó el país desde 1976 y que, a primera vista, lucía como responsable de la ocupación y la derrota en Malvinas.

Sobre esto último cabe el siguiente paréntesis reflexivo. No hay duda de que la dictadura militar del Proceso fue parte de un conjunto más amplio de dictaduras oligárquicas que gobernaron a la mayor parte de los países latinoamericanos desde la década del ‘60. Esas dictaduras gozaron de la bendición y el firme apoyo de EEUU en el marco de la “guerra fría” contra el bloque soviético. Sin ese apoyo no podrían haber existido.

El programa económico y social de la dictadura argentina, desplegado a punta de fusil desde 1976, era el programa de las grandes corporaciones multinacionales y de la usura financiera internacional, como lo demuestra el hecho de que los ministros de Economía de Videla y Galtieri fueran nada menos que Martínez de Hoz y Roberto Alemann, prominentes figuras del liberalismo ortodoxo con epicentro en la Universidad de Chicago.  Sin embargo, esa misma dictadura, que había desatado ríos de sangre argentina para mantener al país dentro del “mundo occidental y cristiano” hegemonizado por EEUU, aparecía luego de Malvinas como enfrentada a las grandes potencias occidentales a las que había servido antes de la guerra.

Este giro sorprendente, y sin duda no previsto por sus ejecutores (escapaba al cálculo político de Galtieri y cía. lo que desencadenaría la ocupación de las islas), permitió que se urdiera una formidable trama de ingeniería propagandística que logró asociar la legítima lucha por la soberanía territorial en Malvinas con una dictadura militar repudiada masivamente por las mayorías populares. De ese modo, el acto mismo de la recuperación de las islas quedaba impugnado y ensombrecido por el repudio a la dictadura por sus crímenes anteriores a Malvinas.

Y quienes caracterizaban a Malvinas como una “gesta patriótica” resultaban sospechosos de defender los crímenes perpetrados entre 1976 y 1982 por esa dictadura, una de las más pro-norteamericanas de la historia política nacional (recordemos a algunos de sus más ilustres funcionarios civiles: los ya mencionados Martínez de Hoz y Roberto Alemann, Domingo Cavallo, Manuel Solanet, Daniel Artana, Guillermo W. Klein, etc.)

Primer pilar de la “desmalvinización”: concebir a la guerra de Malvinas como una locura irresponsable, un sinsentido demencial propio de una mente desquiciada por el alcohol y las ansias de poder, en vez de caracterizarla como una gesta nacional enraizada en nuestra historia.

El rol del ex combatiente: héroe o víctima, soldado de la Patria o “chico de la guerra”

Lo dicho hasta acá parecería discurrir en un plano meramente teórico-abstracto, sin reflejo concreto en la realidad de quienes participamos del conflicto. En definitiva, ¿qué importancia tiene para los ex combatientes que la guerra de Malvinas sea concebida como una “locura irresponsable” o como una “gesta patriótica”? Las diferencias son enormes porque hacen a la identidad misma del veterano, a la construcción de su propia subjetividad, con todas las implicancias tanto materiales como psicológicas que eso conlleva.

Los defensores de la teoría de la “locura irresponsable”, que fue la postura que inundó todo el universo de representaciones sociales de la posguerra, sitúan al ex soldado en el papel de un niño conducido a la guerra sin la más mínima conciencia de lo que acontecía. Un “chico de la guerra”, autómata, ciego e impotente, sometido a maltrato físico y psicológico, aunque no por los ingleses, que bloquearon las islas para hacernos sucumbir por hambre y sed, que nos bombardearon incansablemente cada noche para minar nuestra moral. No, no, de acuerdo a esa sorprendente interpretación de los hechos nuestros maltratadores habría sido los propios oficiales y suboficiales argentinos.
Segundo pilar de la “desmalvinización”: la victimización del ex combatiente. Se sustituyó la identidad del “héroe que defendió a su patria” por la del chico impotente, sin preparación suficiente y lanzado a la muerte por la crueldad de los propios argentinos.

El oficial y suboficial como demonio

Una persistente campaña de demonización de los oficiales y suboficiales argentinos ha caracterizado el relato sobre Malvinas. En un caso extremo de deformación histórica y desapego a la verdad, han llegado a circular últimamente denuncias sobre “campos de concentración” en Malvinas, similares a las monstruosas cárceles de los años de plomo del Proceso. También se ha hablado con una falta completa de escrúpulos de un “genocidio planificado” perpetrado por oficiales y suboficiales contra soldados conscriptos, sin exhibir una sola prueba ni una sola razón coherente que explique las motivaciones de semejante locura. Tales pruebas jamás podrán exhibirse por la sencilla razón de que se trata de una burda mentira.

Desgraciadamente, hay que decirlo, muchos ex soldados se han prestado a esta clase de patrañas enceguecidos por la búsqueda de compensaciones o prebendas económicas.

Los actos de heroísmo de oficiales y suboficiales se presentan como acciones excepcionales o limitadas a una fuerza en particular (la Aviación). Análogamente, se dice que los “oficiales mandaron al muere a los soldados mientras ellos permanecían a salvo”, lo cual no resiste el menor análisis al evaluar estadísticamente la cantidad y el rango de los caídos en combate.

Tercer pilar de la desmalvinización: el oficial o suboficial despojado de su condición de héroe y degradado a la de villano, represor y sádico irrecuperable.

¿La Thatcher tenía razón?

Si los pilares de la “desmalvinización” hasta ahora señalados fueran ciertos, entonces habría que darle la razón a la “dama de hierro” cuando afirmaba hipócritamente que en Malvinas se enfrentaban la “democracia inglesa” (democracia de las cañoneras) contra “la dictadura argentina”. Los “desmalvinizadores” irían demasiado lejos si sostuvieran semejante impostura, razón por la cual se han puesto a producir engendros cinematográficos o literarios que dicen eso mismo, aunque con otras palabras. Efectivamente, cuando uno ve películas o lee libros producidos por argentinos sobre Malvinas, tiene la tentación de respirar aliviado cuando los ingleses reconquistan las islas.

“Los buenos eran ellos, los ingleses” es el mensaje que deslizan subliminalmente, aunque no lo digan explícitamente por puro pudor.  Un caso extremo de tergiversación es el film “Iluminados por el Fuego”, no por casualidad ampliamente difundido acá y en el extranjero pese a su pésima calidad cinematográfica.

Jamás se hará mención a los crímenes ingleses. Salvo contadas excepciones, no se ha difundido el cobarde crimen de guerra que fue el hundimiento del General Belgrano, una acción que violó todos los códigos de la guerra naval (que hasta los nazis respetaban en la II Guerra Mundial) y que consiste en dar aviso al buque que va a ser torpedeado por un submarino a fin de permitir el desalojo de sus tripulantes. El objetivo militar es el buque, no los seres humanos que hay en su interior.

Cuarto pilar de la “desmalvinización”: invisibilizar los crímenes cometidos por los ingleses (hundimiento del Belgrano, ataque a buque Hospital, matanza de los únicos 3 kelpers caídos en combate) y atribuir los padecimientos por hambre y frío no al bloqueo inglés o al clima austral, sino a la inexplicable maldad de quienes conducían la guerra

¿Por qué? El leit motiv de la “desmalvinización”

A esta altura cabe preguntarse cuáles fueron las razones de semejantes “zonceras” sobre Malvinas, abundantemente difundidas por los medios de comunicación tras la guerra.

Las motivaciones deben hallarse en el plano político, no en otro lugar. La guerra de Malvinas despertó una gigantesca ola de movilización social y de unidad nacional en torno a una reivindicación territorial, es decir, en torno a la soberanía e independencia nacional. La lógica misma de los hechos empujó a la Argentina a acercarse a América Latina, que salió masivamente en su apoyo, y a alejarse de las grandes potencias, que se aliaron a Gran Bretaña por encima del signo ideológico de sus gobiernos. La guerra de Malvinas podía sentar un peligroso precedente que desafiara la hegemonía que ejercen los países poderosos sobre el conjunto de la periferia mundial. Podía, además, desplazar la ola de nacionalismo territorial a otros planos tanto o más peligrosos para los gendarmes mundiales, tales como el económico o el cultural.

¿Por qué deberíamos permitir que nuestras riquezas pasen a manos de empresas norteamericanas, inglesas o europeas en general, si esos países fueron directa o indirectamente responsables de los 1000 jóvenes caídos en Malvinas?, ¿como podríamos compatibilizar la memoria de esos muertos con la total subordinación del país a quienes los asesinaron o a quienes prestaron un apoyo decisivo para derrotar a la Argentina?, ¿por qué deberíamos aceptar los emblemas culturales de países cuyos gobiernos tienen sus manos manchadas de sangre en mil guerras coloniales, entre ellas la de Malvinas?, ¿de qué clase de pacifismo nos hablan estos países que apenas pierden sus dominios coloniales se lanzan a una descomunal acción militar para recuperarlos?

En suma, la guerra de Malvinas debía ser eliminada como factor de movilización popular para la lucha antiimperialista. Debía ser despojada de cualquier vestigio de patriotismo y de heroísmo. Las muertes de nuestros camaradas debían ser convertidas en un sinsentido histórico atribuible a la locura de un puñado de militares y no al doloroso precio que los pueblos suelen pagar por luchar contra los gendarmes del mundo. Los verdaderos autores de los crímenes tenían que ser ocultados tras una gruesa telaraña de falsificaciones y mentiras.

Sin ese proceso de vaciamiento de sentido en relación al significado histórico de Malvinas, al papel jugado por las grandes potencias (en especial EE.UU.) y al lugar de la Argentina en el mundo, lo que vino después en el país (privatizaciones, extranjerización de la economía, precarización laboral, relaciones carnales, colonización cultural, etc.) hubiera resultado casi imposible de desenvolver con la escasa resistencia social con la que se llevó a cabo.

La “desmalvinización”, la subjetividad del veterano y las huellas psicológicas de la guerra

Por último, es preciso abordar un fenómeno que por su dramatismo merece un análisis exhaustivo. Me refiero a los cientos de muertes por suicidios ocurridos desde 1982 a la fecha. Solo esbozaré algunas líneas para la investigación desprejuiciada de los especialistas en traumas posbélicos.

Imaginemos un joven que debe convivir con la muerte durante un período prolongado, que ve caer a sus camaradas y que es puesto por las circunstancias en situación de matar o morir. Ahora pensemos que una vez pasada esa dramática situación se le dice que todo aquello fue en vano, que las muertes de sus camaradas fueron fruto de la locura de un puñado de hombres dementes. ¿No es lógico que desarrolle un cuadro de depresión profunda que pueda derivar en conductas auto-punitivas como el suicidio? ¿No es igualmente lógico que semejante grado de banalización de su esfuerzo ocasione un impacto psicológico descomunal?

Eso es lo que ha ocurrido con los Veteranos de Malvinas como consecuencia del relato posbélico “desmalvinizador”. Su subjetividad de héroe fue trocada por la de víctima y esto no puede ser indiferente en el procesamiento psíquico de la experiencia traumática.

Sostengo a modo de hipótesis a trabajar, que buena parte del síndrome pos-traumático de guerra encuentra su origen en la narrativa social dominante, que arroja al veterano a un penoso papel de víctima.

Propongo recuperar con orgullo la identidad de héroes para todos quienes estuvieron en Malvinas, en especial para aquellos que dejaron su vida allí.

Sin gestos ampulosos ni trágicos, simplemente héroes. Se trata de un justo reconocimiento en el que cobra un sentido histórico el sacrificio de los camaradas caídos, que vivirán por siempre en nuestra memoria y en nuestros corazones.

viernes, 25 de marzo de 2011

NUESTRO FUTURO ESTA EN EL MERCOSUR Y LA UNASUR

REFLEXION SOBRE EL CONFLICTO DE MALVINAS







“Nada más doloroso y trágico en la historia
de la servidumbre, que la servidumbre de
la inteligencia, la servidumbre de la cultura...”

Deodoro Roca (1920)


Reflexionar sobre la actualidad del Conflicto de Malvinas y el Atlántico Sur de 1982, implica en buena medida adentrarnos  en las crisis que nuestro país vive y vivió periódicamente. Implica introducirnos en ese transcurrir zigzagueante de la historia nacional. ¿Porque?  Porque aquel hecho de hace casi tres décadas, ocultado ex profeso a las jóvenes generaciones, a las que solo les mencionan la muerte de “los chicos de la guerra” y un conflicto territorial, es clave para analizar nuestra “servidumbre de la cultura y la inteligencia”. Como lo expresaba Abelardo Ramos, la peor de las dependencias es la “dependencia cultural”. A esta la generan los grandes países imperialistas para mejor dominar a las naciones más débiles.
Tanto, la forma en que se entró en la guerra,  las evaluaciones que se hicieron antes y después de la misma,  las esperanzas excesivas y las desilusiones también exageradas durante la guerra y la posguerra, son una clara demostración de lo que  Jauretche denominaba la  “Colonización Pedagógica” que padece una parte de nuestra “intelligentzia”, ayudada por grandes medios con intereses propios.
Veamos algunos ejemplos. El primer gobierno democrático en su afán de “borrar” los efectos del militarismo sufrido durante aquellos años suspendió los festejos del 2 de abril como día de la recuperación y los pasó al 10 de junio, día del nombramiento del gobernador de Malvinas en el siglo XIX, pero... excesivamente cerca del 14 de junio, día de la rendición.
El caso de los veteranos de guerra, es mucho más dramático y terrible ya que se trata héroes que dieron su vida por la Patria. Se tardó varios años en otorgarles un  reconocimiento. En 1998 el decreto 1244 otorgó un plus salarial a los veteranos que se desempeñaban en la Administración Pública Nacional, lo que alcanzaba a un número insignificante de ellos (menos del 10 % de los soldados) y excluía a los oficiales y suboficiales retirados del beneficio. A esto agreguemos que para 1999 según denuncia el Gral. Balza en su libro el número de “veteranos” era mayor que en 1982...
En Córdoba, el gobierno provincial resolvió reconocer a los veteranos de guerra con una remuneración y asistencia psicológica y algo todavía mejor la Unicameral lo votó según se informó “por unanimidad” durante el gobierno del Dr. José Manuel de la Sota.
Reflexionemos: ¿debieron pasar más de 20 años para que la sociedad argentina se atreviera a reconocer “materialmente” a quienes ofrendaron sus vidas por el país? Recién en el año 2000 o sea casi 20 años después del conflicto nos atrevimos a sacar una ley en el Congreso de la Nación que declaraba el 2 de abril como Día del Veterano de Guerra y devolvía los festejos a esa gloriosa fecha. ¿Cómo podemos denominar estos olvidos? ¿Debilidades? ¿Dependencia cultural?  ¿Colonización pedagógica? Además los héroes de Malvinas, los que lucharon y sufrieron, los que se jugaron en esa patriada necesitan también el reconocimiento social  que es el que todavía nos falta.
En la educación el conflicto se vive en forma “vergonzante”. Se habla y  no se habla de eso... Generalmente es más aceptado hablar de los soldados... Los oficiales y suboficiales, ya es más difícil... Quien los menciona puede ser sospechado de alguna complicidad con militares o más aún con el Proceso de Reorganización Nacional.
En el año 1988/89  tuve oportunidad de presentar un proyecto de capacitación docente sobre el conflicto de Malvinas a la Dirección de escuelas primarias. La Sra. Delia Cabral en aquel momento directora de nivel me lo rechazó con una serie de argumentos que no vienen al caso pero que demostraban su profunda “vergüenza” ante el hecho y terminaba diciendo que el ministerio estaba empeñado en una “educación  para la paz”... una generalidad con la que todos coincidimos pero que demuestra la profunda separación de “escuela y realidad” ya que el hecho de que “luchemos por la paz” no puede incluir la ignorancia del mundo real en el que nos movemos. Habían transcurrido 8 años del conflicto y todavía carecíamos del valor intelectual para asumirlo...
Pero retrocedamos a 1982 y a sus protagonistas. La URSS  se había metido en 1979 en su propio “Vietnam”, que sería la intervención armada en Afganistán. EEUU no estaba mucho mejor, en Centroamérica los sandinistas habían tomado el poder y dominaban ese país y el Salvador, Honduras, Guatemala eran un infierno. Para la represión interna contra el comunismo, necesitaban del apoyo de la dictadura militar argentina, chilena, brasilera... Para colmo de males (de los norteamericanos) Carter un demócrata impulsor de los derechos humanos había firmado un tratado para la entrega acordada del Canal de Panamá. También tenían problemas en Irán, donde una extraña revolución islamita que anunciaba “nuevos tiempos” había triunfado derrocando al Sha pro occidental  y los enfrentaba decididamente.
En 1980 los republicanos encabezados por Reagan  asumen el gobierno y en su programa incluían una política internacional agresiva emparentada con el “big stick” de Teodoro Roosevelt aunque salpicada con la “moralina” de Woodrow Wilson.
Otro dato interesante es que el principal cliente de granos de la Argentina en aquel momento era Rusia y que no habíamos participado del boicot que EEUU había promovido años antes contra ella. También es de recordar que en 1978 habíamos estado al borde de una guerra (esa sí absurda) contra Chile por las tres islas, Picton, Lennox y Nueva, del Canal de Beagle, evitada por la oportuna intervención del Papa Juan Pablo II.
En este marco cuando uno estudia los relatos de época, los diarios, el libro de Costa Méndez el canciller argentino del conflicto, vemos varias cosas interesantes. Por ejemplo:
Los militares pensaban que la presencia argentina en Centroamérica era central en la recomposición de las relaciones con los norteamericanos que históricamente habían sido conflictivas. Jugaban a que se levantara el embargo de armas de la enmienda Humphrey- Kennedy por la violación de los derechos humanos en nuestro país. Costa Méndez antes de asumir en la cancillería, había  declarado que pertenecíamos a occidente y que no teníamos nada en común con los Países No Alineados, movimiento del que formábamos parte desde 1973. ¿No se trataba acaso de una verdadera dependencia cultural que nos hacía ver una realidad deformada y, en forma parecida al Quijote, enfrentábamos a los monstruos cuando había productivos molinos y a los molinos cuando había tenebrosos monstruos?
Para reparación de algunos de los protagonistas de la decisión de recuperar las islas, digamos que con el transcurso del enfrentamiento con el Reino Unido muchas autocríticas se realizaron de hecho. Costa Méndez lo menciona en su inconcluso libro (falleció el 10 de agosto de 1992, antes de terminarlo).  Se tuvo que abrazar con Fidel Castro en la Habana y hablar contra el imperialismo y el colonialismo en el Movimiento de Países No Alineados, organismo del que meses antes se quería ir.
En suma, el error político de militares y civiles en el gobierno de aquel momento, era creer que la Argentina por el solo hecho de ser fiel servidora de una política occidentalista que no nos compete ni nos beneficia podía obtener respaldo para recuperar las islas.
La Marina fuerza particularmente elitista y probritánica por formación, había avanzado en una política de soberanía marítima interesante, impulsando la ocupación de islas antárticas con misiones científicas o civiles que nos posicionaban mejor en la disputa por la Antártida. Sin embargo hasta después del conflicto, imperaba internamente la creencia que Gran Bretaña no había reaccionado demasiado violentamente ante la descolonización de algunos de sus territorios, dando como ejemplo el Canal de Suez y la actitud norteamericana en aquel suceso, que frenó la intervención europea. Desconocimiento de la historia o conocimiento deformado, ignoraban que los EE. UU. hacían “travesuras” cuando deseaban frenar a los europeos, tal cual lo hacen hoy en Irak.
Ninguna potencia colonial aceptó entregar territorios pacíficamente. Ninguna reaccionó pacíficamente, a las demandas de los sometidos, lo que sucedió es que fueron derrotadas. En el caso de Hong Kong, existió un tratado con Gran Bretaña y una China-Potencia, difícil de dominar, la “vieja raposa” no tuvo alternativa.
La sociedad argentina en su conjunto tampoco respondió mejor en medio del conflicto de 1982. Tuvo una actitud de cierta liviandad. Además, se trataba de una dictadura militar sangrienta, que nada hizo para poner al país en pie de guerra nacional. El gobierno se mostró dubitativo y la ciudadanía desconfiaba de aquellos que durante seis años habían mostrado actitudes antinacionales e impopulares.  
Solo el “sopapo” de la guerra hizo que los militares y algunos civiles, de aquel momento, cambiaran su forma  de pensar y comprendieran, algunos, que nada podíamos esperar de los norteamericanos, que nuestros aliados estratégicos eran los latinoamericanos y que teníamos más adeptos entre los No Alineados que entre las potencias occidentales, aunque estas fueran “socialistas”. Mitterand el socialista francés, que ya había sido Encargado de Colonias cuando la guerra de liberación argelina dio un decidido apoyo a la conservadora Margaret Thatcher, esencial, según palabras de la ex – ministra. ¿Acaso no ocurre lo mismo hoy con Libia? ¿O no están juntos el “progresista” Zapatero y el “deleznable” Berlusconi?
Así es la historia y la historia latinoamericana particularmente está plagada de líderes que “aprendieron” nacionalismo a los golpes y a partir de intentar sólo llevar adelante algunas medidas soberanas.
Hay otro elemento interesante. De los países europeos los que más firme se mantuvieron avalando con timidez, como podían, a la Argentina fueron España e Irlanda. Ambas, potencias “periféricas” de Europa: la primera disputando todavía el peñón de Gibraltar y la segunda adversaria histórica de la Gran Bretaña. España a la vez sostuvo su apoyo en la historia común con América. Ambos países motorizaron el Consejo de Seguridad, aunque tardíamente, para establecer un alto del fuego que tuvieron que vetar EEUU y el Reino Unido, pero que generó posteriores enfrentamientos entre las dos potencias.
De paso digamos que para Alexander Haig este conflicto fue el Waterloo de su carrera diplomática como él lo reconoció. Kissinger se lo había anticipado.
Thatcher y en general el Reino Unido demostró la firme conciencia nacional de un imperio tradicional. El 3 de julio de 1982 la Primera Ministra en un discurso en Chetenham explicaba el “espíritu de Malvinas”:
“Hemos dejado ser una nación en retirada. En su lugar tenemos una nueva confianza en nosotros mismos, nacida en las batallas económicas dentro del país y puesta a prueba y confirmada a una distancia de 8000 millas... nos alegramos de que Gran Bretaña haya recuperado ese espíritu que la alimentó en generaciones pasadas y que hoy comienza arder tan intensamente como antaño. Gran Bretaña ha vuelto a encontrarse a sí misma en el Atlántico Sur y no retrocederá de su victoria.”
Antes, en pleno conflicto dijo a Haig: “El asunto iba mucho más lejos que una disputa entre el Reino Unido y Argentina. El uso de la fuerza para capturar un territorio disputado constituía un precedente peligroso. (...) las Malvinas importaban a muchos países: a Alemania por ejemplo debido a Berlín Occidental; a Francia debido a sus posesiones coloniales; a Guyana porque gran parte de su territorio era reivindicado por Venezuela...” En otro momento aseveró “Está en juego la reputación de Occidente”.
Por último descubrió Thatcher que los argentinos vivíamos bajo una Dictadura ¡! En realidad varios gobiernos europeos occidentales, como el de ella, toleraron con la excusa de la guerra fría, hasta que algunos de esos militares “amigos” decidieron recuperar territorio nacional colonial, en manos de la vieja y cleptómana Europa.
Resumiendo, la recuperación de las Islas Malvinas fue una gesta nacional que cambió la historia argentina del siglo XX y de la que se pueden extraer entre otras, las enseñanzas siguientes:
1-                         Un gobierno dictatorial cívico-militar educado en la “Tercera Guerra Mundial”, la “Guerra Fría”, la Doctrina de Seguridad Hemisférica, la lucha contra el comunismo, etc. desplaza en los hechos ese eje, para impulsar un justo reclamo nacional que llevaba 149 años de irresolución.
2-                         La hipótesis de la guerra con Chile por el Beagle, dio paso a un enfrentamiento con el imperialismo británico.
3-                         La locura de intervenir como “siervos” de los norteamericanos en Centroamérica debió sepultarse para dar paso a un desesperado pedido de ayuda al tercer mundo y a Cuba, en contra de las grandes potencias.
4-                         La Argentina tuvo que revalorizar el papel de los No alineados y comprender que nada podía esperar de EEUU, el opulento Occidente europeo y ni siquiera de la URSS o China que solo atendían sus propias problemáticas.
5-                         Malvinas  obligó a la retirada de una dictadura cívico-militar infame que había derrocado a un gobierno legítimo, elegido por el pueblo. No por casualidad fue un jefe del Ejército el Gral. Martín Balza, ex combatiente de Malvinas, quien se atrevió tanto a bajar aviones ingleses como a realizar la autocrítica más importante de las fuerzas armadas argentinas, sobre la represión y el golpe del 24 de marzo de 1976.
6-                         Por último pero tal vez lo más importante, el conflicto bélico mostró una decisiva solidaridad latinoamericana. Este fue un hecho estratégico que hasta el día de hoy constituye la columna vertebral de nuestras futuras posibilidades de crecimiento nacional.
Estoy convencido que Malvinas está indisolublemente ligado a las políticas latinoamericanistas que los gobiernos democráticos llevaron adelante y que vio su máxima concreción en la firma del tratado  del MERCOSUR y en la actualidad del UNASUR.
En efecto, hoy sobre Malvinas cabe la reflexión, pero el futuro para que “sea nuestro”, debe ser del UNASUR, organización que nos permitirá equiparar al menos en parte, las desigualdades con las grandes economías del mundo. No estamos predestinados a unirnos, es una lucha, es algo que debemos construir entre todos, porque solo la unidad nos va a permitir ejercer nuestra soberanía en los mares del Sur y tener verdaderos derechos humanos en América  del Sur.