sábado, 9 de junio de 2012

EL PARTIDO SOCIALISTA DE LA IZQUIERDA NACIONAL

En este mes de junio de 2012 se cumplirán 50 años de la fundación del Partido Socialista de la Izquierda Nacional, que durante toda su existencia liderara Jorge Abelardo Ramos secundado por Jorge Enea Spilimbergo. Fue una apuesta a la transformación revolucionaria del país que bien podría equipararse a la que hiciera aquella generación del 80 (aunque esta llegó al poder lo que no se dió en el caso de la Izquierda Nacional). Fue uno de los mayores intentos intelectuales y políticos por sintetizar el federalismo provinciano, el liberalismo nacional de Roca, el nacionalismo democrático de Hipólito Yrigoyen y el  gran proyecto nacional industrializador encabezado por el Gral. Juan Domingo Perón y una importante generación militar y civil que lo acompañó.
Si bien el PSIN y luego el FIP y el MPL que le sucedieron no llegaron al gobierno, el pensamiento de Abelardo Ramos profundamente latinoamericanista -lo que le otorga una originalidad digna de la hora actual- y nacional nuevamente late entre las esperanzas renovadas de la Nación Latinoamericana mergente en el MERCOSUR y el UNASUR.


A 50 años de la fundación del PSIN 

                                   Luis Alberto Rodríguez

America del Sur despierta. Tinta china de la artista ´plástica cordobesa Micaela Trocello

       No fueron mil, ni cien, sino algo más de una treintena de compañeros en todo el país, algunos de los cuales nos reunimos y fundamos en 1962 el Partido Socialista de la Izquierda Nacional (PSIN).[1] Ese encuentro ocurrió en Buenos Aires, los días 15 y 16 de Junio, en la parte del frente de una casona de bajos, que alquilamos en la calle Soler 3847 del viejo barrio de Palermo.

       La circunstancia política de entonces estaba dada por la crisis, tanto de la sociedad argentina como la de los exangües partidos tradicionales, en los que se encontraba la izquierda portuaria, desvinculada del proceso histórico de las masas argentinas.

       La concreción en una organización militante de la corriente ideológica conocida como Izquierda Nacional, tuvo en Jorge Abelardo Ramos a su inspirador y nervio. Este pertenecía al grupo originario constituido por Aurelio Narvaja, Adolfo Perelman y Enrique Rivera (sin que ello signifique olvidarnos de otros destacados compañeros), grupo que había sentado  las bases de dicho pensamiento. Sin duda que a Abelardo le cabía lo que Castelnuovo dijera sobre Víctor Serge: “No pensaba para seguir pensando y hacer un oficio del pensar. Pensaba para poner en práctica su pensamiento”.[2]

       Esos forjadores dejaron una huella profunda porque no fueron hombres de nadie, sino leales a una causa. A este respecto es pertinente recordar la confesión hecha por Perón al periodista Esteban Peicovich: “Me pregunta usted qué epitafio desearía para mi tumba, me gustaría que dijera únicamente: “Aquí yace un hombre que vivió y cumplió una causa… Y esa gran causa fue la que me hizo grande”.[3]      
Jorge Abelardo Ramos en una de las tantas reuniones con sus compañeros


       El núcleo duro que acompañaba al Colorado lo constituía el tándem conformado por Jorge Enea Spilimbergo y el metalúrgico Manuel Fernando Carpio. En tanto que la plataforma operativa para el mencionado encuentro era la “Librería del Mar Dulce”, donde también funcionaba la “Editorial Coyoacán”. En dicho lugar, salpicado por la simpatía de la querible Faby Carvallo, se lo solía ubicar a Ramos, motivo por el cual era un caedero de amigos y desconocidos. Ello sucedía por la vorágine de los acontecimientos políticos del país y también por la característica de la personalidad de aquel, que lo llevaba a relacionarse con infinidad de seres, pero fundamentalmente con personajes poseedores de aristas singulares, los que marcaban con su sello el paso de su tiempo histórico.

          Allí conocí y traté, entre otros, a Arturo Jauretche, los mencionados Carpio y Spilimbergo, Ricardo Carpani, el Tucho Methol Ferré, Fermín Chávez, José María Rosa, Luis Alberto Murray, Enrique Oliva (François Lepot), Pajarito García Lupo, Enrique Pavón Pereyra, Ángel Pérelman, Alfredo Terzaga, Carlos Díaz y Alberto Converti (estos cuatro últimos ya venían de la Izquierda Nacional). 

       En los albores de los ‘60 -rebotando aún los desgraciados ecos del golpe de Estado contra el gobierno peronista-, la cultura y la revolución iban del brazo, causa por la cual los siguientes acontecimientos atrajeron la atención de amplios sectores de argentinos: los libros Los Profetas del Odio, de Arturo Jauretche, y Revolución y Contrarrevolución en la Argentina, del Colorado Ramos; la novela Sobre Héroes y Tumbas, de Ernesto Sábato; la exposición pública del Grupo Espartaco (orientado por el pintor Ricardo Carpani) y la música de Astor Piazzolla, con su emblemático Adiós Nonino.

       Pero, ¿de dónde provenían la mayoría de aquellos delegados que le dieron vida al PSIN, esos que se reunieron ante un gran mural realizado por Carpani y cuya figura central era un magnífico centauro gaucho? Ellos constituían una muy pequeña representación de lo que, con posterioridad, se conocerá como la “nacionalización de la clase media”. Esos jóvenes militantes, que conformaban dos grupos, venían de una gran decepción, tan grande como la ilusión que los había llevado a la acción política.

       El núcleo más importante provenía del “socialismo de vanguardia” -sector que era un desgajamiento de las múltiples escisiones sufridas por el esclerosado tronco del Partido Socialista-, que influenciado por la incomprensión hacia el peronismo y por la triunfante revolución cubana, terminará quedando a medio camino en el entendimiento de la cuestión nacional.

       El otro grupo estaba integrado por universitarios derivados de la frustrante experiencia frondizista. A partir de 1957, el Dr. Frondizi había concitado el apoyo de importantes estamentos de la clase media al hacer eje en una salida política nacional y en una economía al servicio del país, con democracia y sin proscripciones. Toda la actividad política estaba a flor de piel, en un vertiginoso y confuso conglomerado de causas y efectos. Es por eso que, en búsqueda de orientación, muchos de nosotros empezamos a seguir los análisis y posiciones políticas que Jauretche y Raúl Scalabrini Ortiz explicitaban desde la revista Que, de gran influencia en aquellos tiempos.

       La labor desarrollada por Don Arturo y Scalabrini no solo dio contenido a la batalla electoral que se avecinaba, sino que, por la continuidad de la prédica, llegaron a constituirse en los auténticos “formadores de la conciencia nacional en la Argentina contemporánea”.

       Como es sabido, el proceso frondizista desembocó en la traición al acuerdo con Perón, la sumisión al imperialismo, la burla al estudiantado al implantarse la enseñanza libre, el despojo al triunfo electoral del peronismo, la entrega del petróleo y el comienzo del desguace ferroviario. Así, en marzo de 1960, frente a las sucesivas huelgas obreras y protestas estudiantiles, se declaraba al país en “estado de conmoción interna”. Ello posibilitó la detención de cientos de activistas estudiantiles y sindicales -entre los que se encontraban Andrés Framini y José Rucci- y la intervención a varios gremios. Como era previsible, en 1962, Frondizi terminará siendo derrocado por el mismo ejército del general Aramburu.

       Volviendo a ese año y al PSIN, digamos que no había nada más, salvo lo más importante: la esperanza y la militancia para luchar por las banderas históricas del movimiento nacional en la perspectiva revolucionaria del socialismo criollo.

       A la finalización de los debates de aquel encuentro se eligió la primera Mesa Ejecutiva Nacional del nuevo partido, la que quedó integrada por Fernando Carpio, como Secretario General, Abelardo Ramos, Jorge E. Spilimbergo, Luis A. Rodríguez, Osvaldo Soraires, Isidro L. Zanelli, Juan C. Medina y Augusto Despréz. También fue elegido el Comité Ejecutivo, siendo su Secretario General el mismo Carpio, y como Vocales Carlos Díaz y Jaime Zapata (del Chaco), Oscar Aramburu y Luis A. Gargiulo (de Necochea), Rubén Bortnik (de Bahía Blanca), Ramos, Spilimbergo, Rodríguez, Soraires, Medina, Zanelli, Despréz, Ángel Perelman (obrero metalúrgico, uno de los fundadores de la U.O.M. y autor de “Como hicimos el 17 de Octubre”), y Alberto Belloni (dirigente obrero de A.T.E. y autor “Del anarquismo al peronismo” y de “Peronismo y Socialismo Nacional”).

       Una segunda oleada –un poco más extensa que la anterior- se hizo presente apenas el Partido comenzó a entreverarse en la política nacional: Alberto Guerberof, Rodolfo Balmaceda, Jorge Raventos, Jorge Beinstein, Juan Barat y Leopoldo Markus, en Buenos Aires; Silvio Mondazzi, Roberto Ferrero y Roberto Reyna, en Córdoba; Hipólito Bolcato, Juan A. Geobergia, Pericles Dentesano y Mario Lacava, en Santa Fe; Mario Bernich, Osvaldo Pérez y Clarisse Pasmanter, en Chaco; Bailón Gerez, Raúl Dargoltz y Carlos Zurita, en Santiago del Estero; Adolfo Marengo y Marcelo Palero, en Mendoza; Gregorio Caro Figueroa y Ana María Giacosa, en Salta; Simón Gómez en Catamarca.

       Así, de a poco y con mucho sacrificio, aquel partido fue tomando encarnadura y abarcando con su influencia política y organización a casi todo el país. Años más tarde, en 1971, se transformará en el Frente de Izquierda Popular (FIP), y en 1987, en el Frente Patriótico de Liberación (MPL). Vaya, entonces, en este aniversario del PSIN, nuestro recuerdo fraterno para los miles de abnegados compañeros que hicieron -y los que aún siguen haciendo- camino al andar. Y vaya también nuestro homenaje a quienes ya no están físicamente entre nosotros, pero perduran en nuestro recuerdo por la persistencia de sus esfuerzos y sus ideales.

       Como escribiera Van Gogh: “Los molinos ya no están, pero el viento sigue todavía”. 

Buenos Aires, Junio de 2012.-    



A P É N D I C E   

LA IZQUIERDA NACIONAL YA TIENE SU PARTIDO



Trabajadores y Ciudadanos:

DELEGADOS de todo el país, en junio de este año, han fundado el Partido Socialista de la Izquierda Nacional. Sus cuadros se integran con hombres provenientes del llamado "socialismo de vanguardia" (Secretaría Tieffenberg), con militantes del Partido Socialista de la Revolución Nacional (disuelto por la Revolución Libertadora) y con numerosos núcleos obreros y estudiantiles independientes embanderados en el programa de la Izquierda Nacional.
Jóvenes revolucionarios sin compromisos con el pasado, y militantes más experimentados del socialismo revolucionario, se han unido para echar las bases de un movimiento político, independiente del imperialismo, de la burguesía nacional y de la burocracia soviética. En todo el país, los sostenedores de estas ideas eran conocidos como partidarios de la Izquierda Nacional. Era hasta hoy un movimiento puramente ideológico; se ha transformado en partido político precisamente en el momento que los partidos clásicos de la oligarquía, de la clase media y de las "izquierdas cipayas" atraviesan su crisis más profunda. Los partidos tradicionales de izquierda y de derecha expresan en sus convulsiones la decadencia general de la vieja sociedad Argentina.
El Partido Socialista de la Izquierda Nacional aspira a poner orden en este caos y a trazar las líneas de una política proletaria independiente en la Revolución Nacional. Si la oligarquía demuestra su total impotencia para resolver los problemas argentinos, y si la burguesía ya ha hecho su prueba, el proletariado aún no ha dicho su última palabra.

¿Qué es la Izquierda Nacional?

Pero antes de examinar las clases y los partidos de la Argentina, corresponde decir quiénes somos y que títulos podemos exhibir ante los trabajadores para justificar nuestra existencia.
Todos los obreros recordarán que antes del 17 de octubre de 1945 el país estaba dividido entre los partidarios del ingreso argentino en la guerra imperialista mundial y aquellos que se oponían a la infame matanza.
La cipayería acusaba de "nazis" a los neutralistas de la pequeña burguesía y a los marxistas revolucionarios que condenaban la guerra. Entre estos últimos estábamos nosotros, desde 1939.
Los mismos cipayos de esos años -radicales, conservadores, socialistas y comunistas- serán los que formaron luego la Unión Democrática contra el peronismo. Y cuando en 1945 las masas populares imprimieron un nuevo rumbo a los destinos del país, los socialistas revolucionarios, un puñado tan solo, estuvieron junto al pueblo y recibieron con el pueblo el mote de "nazi-peronistas". En 1945 también nosotros éramos "nazi-peronistas", únicamente porque, sin ser peronistas, apoyábamos la lucha contra el imperialismo y las grandes realizaciones del gobierno de Perón. Las condiciones políticas de la pequeña burguesía, polarizada en el antiperonismo mas ciego, y de la clase obrera, polarizada en el peronismo como su primera etapa de lucha política, impidieron que la ideología socialista revolucionaria cristalizase en partido.
Hubo una tentativa, suprimida por los gorilas de la revolución libertadora, que fue el Partido Socialista de la Revolución Nacional. Precisamente en ese agrupamiento, con la edición del periódico "Lucha Obrera", aparecido al caer Perón, centenares de miles de trabajadores aprendieron que podía haber en el país un socialismo realmente argentino y revolucionario, aliado al peronismo, capaz de señalar el camino en las horas más difíciles y dolorosas del país.
Es en ese momento, en abril de 1955, que lanzamos la idea de la Izquierda Nacional, como contrafigura de la izquierda cipaya tradicional, y cuyo contenido no podía ser sino socialista. En una resolución política del 14 de abril de 1955, formulamos en estos términos la consigna: "Por una nueva Izquierda Nacional y Latinoamericana! Por un poderoso partido de la clase trabajadora! Por la lucha irreconciliable contra el imperialismo y sus aliados nativos!".  La reacción oligárquica de ese momento nos excluyó de la acción

política por muchos años, y desde entonces libramos la batalla en el frente ideológico para educar a la nueva generación en los principios de la política proletaria, del método marxista en la cuestión nacional y de un movimiento socialista que fuese capaz de interpretar al país tal cual es.

Precisamente cuando el Socialismo de la Revolución Nacional era disuelto por los gorilas, Alfredo Palacios era nombrado embajador libertador en el Uruguay, Américo Ghioldi aullaba que se había "acabado la leche de la clemencia", Tieffemberg condenaba a la "barbarie peronista" postulándose a los libertadores para una cátedra en la Facultad de Derecho, y Codovila asaltaba los sindicatos peronistas con la ayuda de la policía. Estos simples hechos, conocidos por todo el mundo, permiten comprender el panorama de la izquierda cipaya en 1955, y también la posición invariable de la izquierda nacional revolucionaria.

Pero la nueva generación socialista no ha podido ser confundida. La inmensa mayoría de las juventudes del "socialismo de vanguardia" ha roto sus vínculos con ese grupo bajo la enseña de la Izquierda Nacional. Jóvenes y veteranos estamos juntos hoy para acometer una gran empresa, digna de los tiempos borrascosos que vivimos. El Partido Socialista de la Izquierda Nacional es el instrumento militante para realizarla. Ese es nuestro pasado. Podemos mirar hacia atrás porque estamos orgullosos del él. Sin jactancia desafiamos a las izquierdas cipayas a que hagan lo mismo, si pueden.

Del yrigoyenismo al peronismo


Don Hipólito Irigoyen encabezó un gran movimiento nacional en la época que el proletariado estaba en formación. Fue la primera tentativa en el siglo XX para restringir la influencia política y económica de la oligarquía agropecuaria. Las clases que lo componían, la inmadurez del país, su inconsecuencia, determinaron la frustración de su lucha. El saldo de sus dos gobiernos puede resumirse en los lineamientos de una política nacional burguesa progresiva que no logró verificarse sino en el papel. El factor fundamental que abre nuevas perspectivas para el desarrollo de la revolución nacional es el proceso de industrialización abierto con la primera guerra mundial, con la crisis de 1929 y con la segunda hecatombe imperialista de 1939.

A partir de 1930 aparece un nuevo proletariado, que ya no procedía, como a principios de siglo, de la inmigración, sino del crecimiento vegetativo del interior y de la crisis agraria que empuja a los peones a las ciudades industriales en crecimiento. Esos cuadros de obreros criollos irrumpieron en la ciudad cosmopolita de Buenos Aires y transformaron su composición nacional y su destino político. La nueva clase obrera así formada saldrá a la calle el 17 de Octubre y hará sus primeras armas sindicales y políticas con el peronismo. El movimiento nacional iniciado por Irigoyen trasladará su eje a partir de 1945 y el elemento predominante en el peronismo será la clase trabajadora. El radicalismo será desde entonces un movimiento mixto, de clase media, de burguesía nacional, de agentes de la burguesía comercial, cipayos y nacionales reunidos.

La aparición del peronismo es inexplicable sin la formación del frente de clases que lo constituyó. Ese Frente Nacional estaba formado nos solo por los trabajadores, sino particularmente por el Ejército, por sectores de la burguesía nacional, por la Iglesia, por sectores de la clase media urbana y rural y por la burocracia del estado. El verdadero espíritu revolucionario de ese Frente Nacional estaba refugiado en las masas obreras. En el Ejército existía un sentido nacional muy acentuado, aunque limitado por el temor a la clase trabajadora.

En cuanto la burguesía nacional, solo la presencia de Perón, como regulador y arbitro supremo del movimiento, contenía el odio de clase hacia los obreros. Para la burguesía nacional, el movimiento peronista debía estar al servicio de su lucro, y practicar un antiimperialismo estatal sin sindicatos y sin ideología, sin porvenir y sin grandeza. Los elementos burgueses y burocráticos de ese Frente no pudieron impedir que Perón imprimiese a su movimiento un amplio carácter popular, que es la garantía verdadera de su fuerza; pero lograron suprimir de él todo vestigio de ideología revolucionaria.

Diese así la paradoja de que un movimiento nacional apoyado por las masas obreras tuviese una expresión ideológica reaccionaria, proporcionada por los elementos nacionalistas de derecha, mientras que, por el contrario, los sectores de la izquierda cipaya antiperonista, ostentasen fórmulas ideológicas democráticas y "avanzadas", para ocultar el contenido ultrarreaccionario de su prédica. A través de esta contradicción de hierro- que alejó del peronismo a grandes sectores de la juventud pequeño burguesa- transcurrieron diez años de régimen peronista. Instintivamente, las masas populares rechazaban el partido peronista, prefiriendo apoyar directamente a Perón, pues sospechaban que los elementos reaccionarios de la burocracia y de la burguesía estaban más cerca de la contrarrevolución que de la revolución.

La lucha contra el imperialismo, por otra parte, no suprime la contradicción de clases dentro del Frente Nacional; por el contrario, la acentúa y permite medir la consecuencia, la resolución y el espíritu revolucionario de cada una de ellas frente al enemigo del país. De ahí la importancia decisiva que en la revolución nacional actúe un partido obrero independiente, formado por los elementos más decididos y esclarecidos de la clase trabajadora, capaces de impulsar la revolución hacia delante y de condenar todas las vacilaciones e inconsecuencias de las otras clases del Frente Nacional.

Ahogar esta tentativa en nombre de la "unidad nacional" solo puede servir a los intereses de la burguesía, capaz de llegar a cualquier acuerdo con las potencias mundiales (Kennedy, Mac Millan o... Kruschev) antes de permitir que la clase obrera se convierta en el sector conductor y en el cerebro dirigente de la Revolución. Virajes a derecha o a izquierda de este género ya los hemos visto, y los volveremos a ver, pero a no hacerse ilusiones. Solo un partido revolucionario con raíces profundas en el país será el mejor correctivo para estas maniobras circunstanciales de la burguesía, destinadas a mantener su control sobre la clase obrera y el movimiento nacional.

Perón intentó realizar las tareas de industrialización requeridas por el país con la ayuda del ejército y la clase obrera, sus dos fuerzas fundamentales. Pero los elementos burgueses y conservadores de su movimiento impidieron esa industrialización alcanzase su necesario vuelo. Esto solo podía lograrse económica y políticamente, con la expropiación de la oligarquía terrateniente, de la burguesía comercial, de los frigoríficos y de otras inversiones extranjeras que ahogan al país. Al dejar en pie esos pilares de la reacción, Perón fue derribado en 1955.

La oligarquía, que había sido políticamente expropiada, pero a la que restaba intacta toda su base económica, reconstituyo sus fuerzas y siete años después de la caída de Perón, continua en la plenitud de su poderío.

El triunfo electoral de Frondizi reflejo la debilidad fundamental del país en 1958. Aniquilados los sectores del ejército que habían sostenido el régimen peronista, replegada la clase obrera a sus reductos sindicales, desmantelados los sistemas defensivos de la economía nacional creados por el peronismo, Frondizi subió al poder condicionado por tales limitaciones. Representante de la pequeña burguesía democrática y de los nuevos sectores de la burguesía industrial creados bajo el régimen peronista, toda su política consistió en evitar un enfrentamiento con el imperialismo; por el contrario, y demostrando que la pequeña burguesía posee un alto respeto por la gran burguesía, intentó "persuadir" a los Estados Unidos que la industrialización argentina era un contrafuerte ante el avance del "comunismo" hemisférico.

Su buena voluntad se demostró accediendo a todas las exigencias imperialistas: sin prensa propia, sin banca nacionalizada, sin IAPI, sin control de cambios, sin capitalismo de estado, no le quedó más remedio que comprender al fin de su ciclo que el imperialismo había aprovechado esas concesiones para reintroducirse en la economía argentina sin dar nada en cambio. El frondizismo- esto es, la burguesía nacional- intentó gobernar fundado en dos clases: la oligarquía y la burguesía. El resultado está a la vista y las contradicciones hirvientes de su gobierno respondían a la quimérica tentativa de buscar la estabilidad financiera para la oligarquía y el desarrollo para la burguesía. Con lo cual no podía satisfacer plenamente ni a la una ni a la otra.

El papel desempeñado por los "planteos" militares en ese tumultuoso proceso revelaba por un lado que las fuerzas armadas habían quedado enfeudadas desde 1955 a la influencia ideológica del imperialismo y por el otro que a Frondizi y a su clase le faltó la audacia y resolución necesaria para impulsar una abierta política nacional capaz de reeducar a los cuadros de oficiales en la lucha misma. El carácter semicolonial de la Argentina quedaría suplementariamente demostrado por estos hechos, reveladores en definitiva que solo la clase obrera a permanecido fiel a las banderas de la liberación nacional y que no ha podido ser jamás confundida en medio del caos político de los últimos años.

Esta conciencia profunda de las masas populares resulta más patética a la luz de los teóricos que el frondizismo ha producido en el curso de sus cuatro años de gobierno. Frigerio es uno de ellos y en sus lastimosas tesis puede medirse toda la impotencia de nuestra burguesía nacional. Incapaz de salvarse a sí misma del abrazo estrangulador de la oligarquía, mal podría pretender salvar al país. Al idealizar el papel económico del imperialismo, la burguesía y Frigerio dicen bien a las claras que han renunciado a conducir la defensa de los intereses nacionales y aun de su propia existencia.

Mientras que la oligarquía y sus partidos sostienen la necesidad de volver a la prosperidad del Centenario y hacer emigrar a los diez millones de argentinos que la economía agropecuaria no puede alimentar, los partidos de la pequeña burguesía como el radicalismo sostienen que la salvación radica en la Alianza para el Progreso. Si no podemos industrializarnos desde adentro, busquemos la industrialización por afuera! A esto se reduce su ideología meteca.

Los elementos de la izquierda cipaya, a su vez, proponen como suprema panacea, "negociar" con la cortina de hierro. Cipayos de izquierda y derecha, olvidan todos a nuestra América Latina, la reserva del imperialismo y la base de nuestra verdadera unidad, independencia y grandeza. Ninguno de estos partidos a planteado el problema de la unidad latinoamericana, de establecer íntimas relaciones con los pueblos hermanos y de crear un comercio Inter-Latinoamericano capaz de oponer al comprador y vendedor único, un monopolio latinoamericano de productos para defender ante el imperialismo una gran patria dividida.

Esto no significa que el socialismo de la Izquierda Nacional ponga en un mismo plano al bloque socialista y al imperialismo. En el campo del socialismo, sean cuales fueran sus deformaciones burocráticas y sus errores, flamea la bandera de toda la humanidad. Pero los caminos que conducen al socialismo no han sido trazados en ninguna parte. Y menos que nadie por la burocracia soviética, especialista en estrangular revoluciones. Tan solo nosotros, y solo nosotros, determinaremos las ideas y la conducción de nuestra lucha en América Latina. Y solamente así nuestra revolución no se expondrá a ser negociada en las chancillerías por Kruschev como hizo Stalin en su tiempo con los movimientos nacionales y coloniales.

Nuestros países deben negociar con Estados Unidos, con la Unión Soviética y con todos los estados del mundo, sin ninguna clase de restricciones ni de intimidaciones.  En cuanto a  los escépticos  que niegan la  posibilidad de un

desarrollo económico sin ayudas del imperialismo y a los izquierdistas cipayos que ven solo en el comercio con la Unión Soviética en la "coexistencia pacífica" la clave de nuestro progreso, respondemos: no hay desarrollo sin revolución, y no puede haber real liberación argentina sin revolución latinoamericana.
La grandiosa revolución cubana, por el retraso del movimiento en América Latina, está confinada a una isla. Nada mejor puede pedir el imperialismo que insularizar nuestras revoluciones, que aislar a Bolivia en el altiplano o a Cuba en el Caribe. Tampoco puede inquietar a la burocracia soviética esta dramática situación. Pero a nosotros, los latinoamericanos, el destino de Cuba o Bolivia, sus avances o desfallecimientos, aluden a nuestro propio destino. Dejemos que esas revoluciones den motivo a los cipayos de izquierda a un "cubanismo" frenético, destinado a ocultar la verdadera naturaleza de nuestra propia revolución. Dejemos que los "cubanistas" sean revolucionarios en la Habana y cipayos en su propio país. No hemos de juzgar a los heroicos cubanos por sus deplorables epígonos de Buenos Aires, sino por sus propios actos, y aun por sus errores. Tenemos autoridad suficiente para hablar de ellos sin que la cipayería adicta a todas las revoluciones triunfantes pueda conmovernos.


¡Compañeros y Trabajadores!

Nos hemos lanzado a la acción política porque abrigamos la profunda convicción que la clase obrera necesita un partido de clase independiente. Estamos en el vasto escenario de la revolución nacional y pretendemos ser la autoconciencia del proletariado en esa lucha gigantesca. Un partido realmente revolucionario es "el factor consciente del inconsciente proceso histórico" pero no puede operar maravillas. Tan solo si la clase trabajadora necesita del socialismo, se hará socialista. Pero esa exigencia está en la naturaleza misma del régimen capitalista; ese régimen, sufre una agonía mortal en el mundo entero.
Las particularidades del proceso argentino han determinado, por el contrario, cierto desarrollo capitalista moderno, producido gracias a la ruina general del sistema en escala internacional. Esa es la razón por la cual el empuje de la industrialización está detenido y las primeras manifestaciones de la crisis industrial aparecen en nuestro país. Surgidos a la vida histórica como factoría inglesa exportadora la crisis del imperialismo nos permitió industrializarnos.
La expresión política de ese intento fue el ‘45 y el peronismo. Su derrocamiento fue la señal de parálisis, lo que debe llevarnos a la conclusión que no habrá para nuestro país, ni para ninguna otra semicolonia del siglo veinte otro camino para industrializarse que no sea la revolución. Dicho en otros términos estamos condenados al estancamiento a la degradación económica y a la miseria si no reconstruimos un país industrial.
Toda la cuestión se resume en la respuesta a esta pregunta: ¿Qué clase dirigirá el proceso? Nosotros creemos que lo hará el pueblo argentino, con su clase obrera al frente, verdadera personificación de toda su historia. Y contra ella estarán los eternos rivadavianos, mitristas y cipayos de 150 años de guerras civiles. Pues si los obreros son los montoneros de ayer, el socialismo revolucionario es el nuevo movimiento para las viejas tareas irresueltas que América Latina reclama.

¡Compañeros, trabajadores!. El socialismo de la Izquierda Nacional ofrece a la nueva generación una nueva bandera!

¡Hacia la segunda revolución de Octubre, hacia un Octubre definitivo e invencible!

¡Por la liberación nacional y social del pueblo argentino!

¡Por la unidad de América Latina!

¡VIVA EL SOCIALISMO REVOLUCIONARIO!


COMITÉ  EJECUTIVO 
PARTIDO  SOCIALISTA  DE  LA  IZQUIERDA  NACIONAL

Buenos Aires, Junio de 1962.-







      



[1] Hubo un valioso antecedente en el Partido Socialista de la Revolución Nacional, fundado en 1953 como ala izquierda del movimiento peronista. Inmediatamente de producido el derrocamiento de Perón apareció, en noviembre de 1955, el semanario Lucha Obrera dirigido por Esteban Rey. Esta publicación continuó hasta comienzos del ’56, siendo con El Líder, la última defensa de la revolución nacional.
2 Elías Castelnuovo, militante y destacado escritor anarquista, accede a prologar en 1954, a pedido de Spilimbergo, Vida y muerte de Trotsky, en donde narra sus valiosos encuentros con Serge. Ese libro fue publicado por Indoamérica, una de las tantas editoriales fundadas por Ramos. 

[3] Pavón Pereyra, Enrique: Los últimos días de Perón, Ediciones La Campana; Buenos Aires, 1981, p. 228.

PRESENTACIÓN EN CÓRDOBA DEL LIBRO LA OTRA HISTORIA

El 21 de junio a las 18 horas en el Paseo del Buen Pastor de la ciudad de Córdoba se presentará el libro dirigido por Pacho O'Donnell "La Otra Historia" en el que escriben diferentes autores que integran el Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano "Manuel Dorrego".

sábado, 25 de febrero de 2012

El verdadero rostro del Imperio Británico

Publicado el 25.02.2012 | TIEMPO ARGENTINO


El verdadero rostro del Imperio Británico

Por: 
Blas Alberti




* Primer egresado argentino de la carrera de Antropología en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Profesor universitario en las Facultades de Filosofía y Letras, Ciencias Económicas y Psicología  de la UBA. Profesor de Periodismo de la UNLP. Militó toda su vida en diversas agrupaciones políticas del campo nacional y popular: PSIN, FIP, MPL, Movimiento 2 de Abril. Fue candidato a diputado y a gobernador de la provincia de Buenos Aires por el FIP. Falleció en el año 1997.

En el año 1907 un poeta británico, Rudyard Kipling, recibía el Premio Nobel de literatura. Kipling, cuyo tema constante era el Imperio Británico, había glorificado en sus escritos la epopeya de la conquista del mundo por Gran Bretaña convirtiendo a los soldados de la reina esparcidos por el mundo en héroes nacionales del pueblo inglés.
Alabado por la crítica, el poeta era disputado en las tertulias por damas y caballeros refinados que veían en él al creador de ese personaje ideal que era Tommy Atkins, tipo legendario del soldado británico, verdadero artífice de la gloria del imperio.
La era de Kipling marca el apogeo de la reina Victoria, quien en 1897 había festejado el sesenta aniversario de su ascensión al trono y ostentaba, desde 1876, por ofrecimiento de Benjamín Disraeli, forjador del imperio, el título de emperatriz de la India.
Como en los tiempos del Rey Carlos V de España, que podía afirmar que en sus dominios no se ponía el sol, la Inglaterra victoriana tenía en los versos del poeta nacional la imagen de su poder mundial: “Oh, el este es el este y el oeste el oeste y nunca uno encontrará al otro.”
Las formulaciones ideológicas del Kipling intentaban colorear la barbarie anglosajona que había depredado el mundo, convirtiéndola en una misión civilizadora fundada en la supremacía de los británicos, “Pueblo de dominadores y los únicos capaces de hacer reinar el orden y la paz, de propagar la cultura y el bienestar del mundo entero.”
En su reaccionarismo profundo, el poeta que la opulenta Europa había consagrado en el Nobel, expresaba el sentimiento del colonialismo, en estado puro, pues le horrorizaba el liberalismo, despreciaba la democracia y exaltaba “al hombre fuerte que manda a todos”. Esta idea de poder indiscutible asociado a la misión civilizadora del imperio inglés, que Kipling metaforizaba en “La carga del hombre blanco’’, se esparció por el mundo como la virtud de un pueblo que había sido ejemplo de abnegación, inteligencia y decisión, al afrontar la empresa de difundir la civilización occidental a lo largo y ancho del planeta. Así los anglófilos de las semicolonias pudieron cantar loas al virtuosismo británico, al estilo sobrio de sus costumbres, al ejemplar modo de la democracia que se practicaba en las islas y despreciar la situación de sus respectivos pueblos como un designio que era necesario soportar naturalmente.

UNA HISTORIA DE SANGRE Y FUEGO. La historia moderna fue escrita en realidad bajo el imperio de sus más importantes beneficiarios entre los que los ingleses resultan ser los más altos exponentes. En el apogeo de su poder mundial, Inglaterra desparramó los principios liberales al resto del mundo, exaltando las bondades de la democracia, el parlamentarismo y la libertad individual, como bienes que habían sido inventados por el espíritu anglosajón para goce de la humanidad. De esa manera, quedaba borrado el pasado de horrores, crímenes y humillaciones de todo tipo que millones de hombres y mujeres de la propia Inglaterra, sumados al resto del mundo habían sufrido para hacer posible la civilización capitalista que en la orgullosa Londres tenía su capital más conspicua.
Fueron los ingleses los que, mediante el despojo y el pillaje de sus corsarios temibles –la piratería–, acumularon el oro y las piedras preciosas que abarrotaron las arcas de sus bárbaros monarcas de la época clásica. La esclavitud fue una de las perlas magníficas de esa grandeza, y todo el mundo sabe que los ingleses se destacaron como célebres tratantes de negros.
El capitalismo británico se edificó sobre una masa impresionante de cadáveres de niños y mujeres esclavizados en agotadoras jornadas de trabajo. Baste para ello recordar los horrores que se describen en los work house (casas de trabajo) de los tiempos en que Charles Dickens escribía sus truculentos folletines.
Las fábricas más que lugares de trabajo eran verdaderas cárceles en donde el propietario ejercía una autoridad omnipotente, sin leyes sociales ni nada parecido. Como dice el historiador Carl Grimberg: “Al igual que ocurrió con Oliver Twist (personaje de una novela homónima de Dickens), los patrones alquilaban o, mejor dicho, compraban niños, a las autoridades (...) de hecho una singular trata de niños, similar a la de esclavos. Se despertaban hambrientos y se acostaban agotados y con el estómago vacío; no sabían lo que eran juegos infantiles y no conocían más que el terror del látigo, y en grupos que oscilaban de cincuenta a cien eran vendidos a las empresas industriales, donde permanecían un mínimo de siete años. Cuando salían de allí solían ser hombres quebrantados (...); no era raro además que las autoridades exigieran que fueran incluidos también en tales transacciones determinado número de retrasados mentales”.

EL “ESTILO DE VIDA BRITÁNICO”. Fueron los obreros ingleses, rebelados ante las tremendas injusticias del individualismo capitalista, los que arrancaron con sus rebeliones sindicales las conquistas de reducción de horarios, prohibición del trabajo de niños y mejores condiciones de contrato. Los campeones de las clases dominantes con sus capitanes de industria, sus embajadores, sus exploradores y hombres de negocios difundían entre tanto las bondades del estilo de vida británico acallando con el terror colonizador a todos los que osaban enfrentarlos.
Contaba Stanley, el célebre aventurero encomendado por el New York Herald para encontrar a David Livingstone perdido cinco años en la selva africana, los horrores cometidos por los ingleses, pero bajo la forma de una reacción defensiva: “El 18 de diciembre, para colmo de nuestras miserias, los caníbales intentaron realizar un gran esfuerzo para destruirnos, unos subidos a las ramas más altas de los árboles que dominaban la aldea y los demás emboscados como leopardos en medio de los huertos o bien agazapados como pitones sobre haces de caña de azúcar. Furiosos por nuestras heridas, nuestro tiro se hizo más certero. Los fusiles fallaban rara vez...”
El mito de pueblos comeblancos, sin asidero científico, servía para justificar la única violencia reinante en el África, o sea, la violencia imperialista, ante la justificada actitud defensiva de los pueblos sometidos sin otra razón que el despojo.
En los 100 años de dominación inglesa en la India, nada puede decirse en favor de la pretendida acción civilizadora que loaba Kipling. La antigua civilización del Índico con sus 140 millones de habitantes en 1800, se convertiría en un codiciado mercado para las exportaciones textiles de Lancashire. Los británicos arrasaron la tejeduría artesanal de la India utilizando el método de la matanza o el refinado sistema de cortar el pulgar de las tejedoras para que estas se vieran imposibilitadas de manipular los telares. Cuando en 1857 se produjo la rebelión de los cipayos (así se llamaba a los indios incorporados al ejército colonial), como reacción por los excesos cometidos por la banda de asesinos y ladrones que constituían la East India Company, el ejército inglés masacró a miles de patriotas, amarrando sus cuerpos en las bocas de los cañones que eran disparados para escarmiento del pueblo oprimido. La antigua civilización de la India había sido destruida para edificar en ella, no una sociedad moderna y progresista, sino una nación agraria paupérrima en que la destrucción de las artesanías desencadenó el flagelo del hambre que caracterizó su existencia.

LA “CIVILIZADORA” GUERRA DEL OPIO. En el viejo Imperio Chino de principios del siglo XIX, la penetración inglesa se realizó mediante la imposición del vicio del opio entre las capas medias y altas de la sociedad. “Desde que el imperio existe, jamás hemos experimentado peligro semejante. Este veneno debilita a nuestro pueblo, seca nuestros huesos; es un gusano que roe nuestro corazón y arruina a nuestras fami1ias”, lamentaba una súplica elevada en 1838 al emperador Tao-kuang solicitando que el “contrabando del opio fuese inscrito entre los crímenes castigados con la muerte”.
Como se sabe fueron los ingleses (los chinos desconocían la opiomanía) quienes introdujeron la droga desde la India, donde se cultivaba, mediante la extensión del vicio a la China. Después la cosa sería fácil. Cuando las autoridades de Cantón en marzo de 1839 requisaron un cargamento de opio obligando al comerciante británico a arrojar el contenido al mar, el gobierno inglés reclamó una indemnización que, por supuesto, fue rechazada y se desencadenó la llamada Guerra del Opio, que duró tres años, y terminó con la derrota china, obligando al país asiático por el Tratado de Nankin de 1842 a abrir cinco puertos chinos y ceder el islote de Hong-Kong. “La Guerra del Opio –dice Jacques Leclercq– es sin duda el episodio más vergonzoso de toda la historia moderna. Al menos, jamás he encontrado uno más sórdido. Puede uno percatarse, después de ello, de lo que pensarían los chinos cuando los europeos pretendieron aportarles su civilización.” Mientras se difundía por el mundo la falta de visión de los chinos inventores y practicantes del vicio deplorado por los puritanos europeos, los socialistas del Río de la Plata predicaban la virtud anglicana del abstencionismo en el consumo de tabaco y alcohol, sin percibir que en todo caso, esa había sido una virtud china profanada por los tan admirados caballeros británicos.
Dice el historiador africano J. Ki-Zerbo que “la literatura colonialista ha difundido ampliamente la idea, comúnmente aceptada, de que África era a la llegada de los europeos, una especie de vacío político, en el que el caos, el salvajismo sangriento y gratuito, la esclavitud, la ignorancia bruta y la miseria tenían libre curso”. Otra idea falsa es la de “una total ausencia de sentimiento nacional de los africanos”. Sin embargo, estos pueblos sin historia como diría Hegel, estaban poseídos de una buena dosis de juicio político y moral cuando llamaban al África de los ingleses “el África tenebrosa”. Los nombres de los insurrectos del Senegal –Lat-Dyor Diop, Manadú Lamín Dramé o Alí Burí Ndiai– son absolutamente desconocidos seguramente en las universidades coloniales, donde los profesores de Historia dictan sobre la base de los textos colonialistas. Pero poco apoco, a medida que los pueblos explotados se liberan del yugo colonial, la historia de los vencidos se abre paso como testimonio de una época de horrores que los actuales gobernantes imperialistas se empeñan en mantener vigentes.
Puede decirse, sin temor a equivocarse, que a su paso el colonialismo inglés sólo ha dejado ruinas allí a donde, encontró alguna civilización o cultura orgánica y estable.
Al mito de Kipling, que narra el sacrificio del hombre blanco civilizador, puede ser transpuesto pues el episodio del rey sudanés Kenedugu que al oír los pasos de los asaltantes franceses acercándose a su palacio y dirigiéndose a sus guardias exdamó: “¡Tiekoro, matame! Matame para que yo no caiga en manos de los blancos.”
Nuestros estudiantes, profesores de Historia, militares y sacerdotes deben conocer y difundir la verdad de la historia que nos hermana en este instante con los pueblos que han sufrido y sufren el flagelo de la opresión imperialista, cuya barbarie no puede justificarse en nombre de ninguna moral, filosofía o religión. Tal vez la historia del futuro, que escribirán todos los pueblos emancipados junto a los oprimidos de los países que hoy gozan de los adelantos de la civilización técnica dedicará un amplio espacio para reflexionar en torno al nivel de degradación social y cultural que el colonialismo y el imperialismo han producido en la mayor parte del género humano, durante la era del progreso que caracterizó al capitalismo contemporáneo.




viernes, 30 de diciembre de 2011

LA BATALLA CULTURAL ES BATALLA POLÍTICA


LA BATALLA CULTURAL ES BATALLA POLÍTICA

El Dr. Mariano Grondona, intelectual y político 




Si hay algo que es necesario sincerar en la república es la “batalla política”. En efecto es habitual disfrazar esta, de “opinión cultural”…Esto es así si quien escribe dicha ponencia es un periodista o intelectual del sector más alejado del peronismo o el nacionalismo (hay excepciones obviamente). Por el contrario si quien se expresa es un “revisionista”, dicho texto constituye una politización de la historia y la cultura. Esto es lo que se dice del Instituto Revisionista “Manuel Dorrego” y sus integrantes. Es también lo que sostiene el Dr Mariano Grondona en su artículo que el lector puede encontrar en: http://www.lanacion.com.ar/1429933-la-batalla-cultural-ha-llegado-hasta-la-historia-argentina

En síntesis los revisionistas “hacemos política con la historia” –algo que no negamos sino que explicitamos desde los escritos de Arturo Jauretche y antes aun, dado que partimos de la base que “toda historia es contemporánea”- en cambio quienes como el Dr. Grondona gustan de la historia clásica (la de Bartolomé Mitre, Historia de San Martín e Historia de Manuel Belgrano) y sobre todo de la “moderna”… de Luis A. Romero o Tulio Halperín Donghi, se muestran -y muestran a estos hombres- alejados de la “contaminante” política. Explícitamente se afirma esto en el texto mencionado cuando “lamenta” que la presidenta se ubique dentro de la corriente “revisionista” y no dentro de la “moderna” expresada por el grupo académico de Luis A. Romero o Tulio Halperín Donghi.

Sostengo y de ahí el título de la nota que el Dr. Grondona a quien respeto como estudioso y columnista -aunque disiento con él en sus opiniones sobre la política- no es solamente un intelectual “de raza” sino un “verdadero político”. Obviamente no apuesta a ser candidato, no reparte volantes o pega carteles, y si lo hizo fue allá lejos y hace tiempo, pero sistemáticamente contribuye con su pensamiento, con ideas al “frente opositor”…al peronismo. Hasta estuvo en la carpa docente (contraria a Menem) donde ante una mayoría de izquierda –ideológicamente en las antípodas del escritor, pero políticamente en circunstancial coincidencia- se autocriticó de su apoyo al golpe de estado en los 60.

Algún amigo diría y el propio Abelardo Ramos lo haría: siempre formó parte Grondona del “frente antinacional”, pero yo prefiero utilizar la otra designación, ya que se ubica este en un grupo social que no desea la desaparición de la nación o el boicot a esta, sino que niega la realidad y prefieren la copia de países, con otra historia, otras tradiciones y otra idiosincrasia. De alguna manera son, no conservadores, sino restauradores.

Buscan volver a una Argentina del pasado, en parte a la “república posible” y sobre todo a “la verdadera” que según Tulio H Donghi –historiador “moderno” y político a la sazón- concluyó con la crisis de 1930. La prosa de este pensador que reside en EE. UU., explicita dolor por el fracaso de la amañada presidencia de Arturo H. Illia, a costa de la proscripción del peronismo, al tiempo que la reivindica por prudente, callada y de bajo perfil.  Su relato respecto de la gestación, gobierno y caída del peronismo (1946-1955) carece de las exageraciones de sus maestros como lo fue José Luis Romero. Basa su visión, en considerar, no sin realismo político, los errores tácticos cometidos por la Unión Democrática en 1946. Alfonsín fue su gran esperanza y hasta motivó un opúsculo apadrinado por  la intelectualidad “progresista”, del nuevo presidente electo en 1983, liderada por Pancho Aricó desde el Club de Cultura Socialista. En el mismo intentó una profecía que la historia mostró equivocada: “La larga agonía de la Argentina peronista”.

El traspié en que incurre el fracasado profeta, demuestra lo que creemos es un error conceptual del historiador. Considerar que el peronismo no surge como un cambio estructural que la sociedad argentina reclamaba ante el retiro y la agonía de la influencia inglesa, como una necesidad de industrialización de los países periféricos que aspiraban a la centralidad. Luego de la caída de Perón hasta organismos internacionales como la CEPAL reclamarían aunque con la debilidad propia de las trabas que los grandes intereses imponían, o la incomprensión hacia los movimientos nacionales y populares de hombres como Raúl Prebisch, la industrialización de América Latina. Donghi, modernizado considera a la oposición antiperonista entre 1945 y 1955, como equivocada en sus acciones tácticas no en lo esencial de sus ideas. Por ejemplo tiene claro él, que Perón no era un “nazifacista”. Que el término era una exageración, al igual que el Libro Azul del Departamento de Estado norteamericano y el accionar de Braden…Que este al mostrarse públicamente perjudicó a la Unión Democrática…¿Y si lo hubiese hecho desde las sombras? Sin embargo, nos dice el simpatizante del antiguo socialismo “juanbjustista” “Desde febrero de 1946 la marcha hacia la dictadura [obviamente se refiere al recientemente electo gobierno de Perón] parecía inscrita en las cosas mismas y fue facilitada en cierta medida por la actitud de las oposiciones, para las cuales la victoria electoral no había otorgado legitimidad al gobierno de ella surgido (…)[1]”

La realidad es que en los años 60/70 o hacia 1993, o hace pocos días en alguna revista de Buenos Aires, Donghi se parece más a un jefe del partido opositor que a un académico neutral y objetivo tal como pretende mostrarse o desean mostrarlo quienes intentan desvalorizar a aquellos que asumen con honestidad intelectual el debate de ideas. Reclama mejorar el accionar político, unirse, no caer en divisiones estériles y por cierto da la batalla contra el revisionismo del Instituto “Manuel Dorrego”, batalla política que ya había iniciado en 1970 con un opúsculo destinado a desvalorizara a José María Rosa, Rodolfo Puiggrós, Jorge Abelardo Ramos, Juan J. Hernández Arregui entre otros que tituló: “El revisionismo histórico argentino como visión decadentista de la historia nacional”

Lo único criticable de todo esto es el intento de mostrar una objetividad irreal, hipócrita. No las opiniones, que en todo caso son enriquecedoras y se debaten y rebaten.

Por cierto en dos o tres hechos –podrían agregarse muchos otros- intento demostrar que equivoca el Dr. Grondona cuando habla de los “modernos” historiadores “pacificadores”, de “seriedad científica y tolerancia ideológica”. ¿O es que hablar de la “dictadura peronista” del 46 o la del 73 es mostrar “tolerancia y ciencia”? No resulta casual que Halperín Donghi aparezca con su combativa pluma cada vez que otras visiones como lo son las del grupo que integramos en el Instituto de Revisionismo Histórico Nacional e Iberoamericano "Manuel Dorrego", logran trascender el silencio al que en otras épocas eran sometidos por los medios más importantes.

Me permito disentir con otro concepto esbozado en la nota de La Nación. Creo que el debate, el disenso, las diferentes visiones sobre el pasado, que implican esencialmente desacuerdos sobre el presente, tienden a garantizar la tolerancia ideológica y la pacificación tan deseada. Entiendo que la opinión vertida es parte de la posición política del columnista que con todo derecho resulta ser un militante del pensamiento opositor al gobierno nacional. Reitero no es lo criticable. Cada uno tiene el poder que la sociedad, sus relaciones personales y sociales y su talento le permiten y en función de ello lo ejerce a favor de la política que crea conveniente. Pero no hay objetividad ni neutralidad en la “batalla cultural”. De la misma forman parte Aristóteles, Grondona, Donghi o el Instituto Revisionista y los miles de blogs  que nutren la red de la Aldea Global.

Historia y política son parte constituyente de la “batalla cultural” y no hay nada delicado en ello como sostiene Mariano. El nacimiento mismo de la primeramente mencionada como ciencia –si lo es- está vinculado a la lucha por el gobierno y el poder. ¿Acaso es neutral la “Historia de la guerra del Peloponeso” o los “Comentarios de las guerras de las Galias” o “Los nueve libros de la Historia” de Heródoto, para citar algunos de los textos más antiguos? ¿Y Mitre con sus historias? ¿Alguien puede creer que un político y hombre del poder como el uruguayo don Bartolomé, que fundó un diario para hacer doctrina, haya escrito tanto, solo con ánimo académico y erudito? Creo que él mismo sonreiría ante tamaña ingenuidad. Al igual que lo hizo Borges cada vez que en sus poemas o escritos hablaba de política aunque poéticamente.

Por último resulta extraño en un republicano y demócrata como el autor del artículo que hable con temor de figuras irritantes o controvertidas que “pudieron haber sido mencionados en el decreto”. Si mencionáramos a Fidel Castro o Ernesto Guevara o Hugo Chávez o al propio y cercano Néstor Kirchner, se estaría abriendo un debate sobre estos personajes, quienes seguramente generarían diversas visiones y controversias en el mundo intelectual. Aquellos que opinen en forma diferente a los escritores que sobre esto escriban, tendrán la oportunidad de confrontar intelectualmente y esto enriquecería el permanente revisionismo de la historia. Ocultar hechos o personajes que tuvieron roles destacados en el pasado lejano o cercano responde a las viejas prácticas de “incendiar bibliotecas” –obviamente no es lo que propone el articulista- ya que al hacerlo se pretende aunque no se logra, borrar la historia.

En síntesis si el decreto presidencial de Cristina Fernández nombra algunos protagonistas es efectivamente por razones políticas, pero quienes desean que se mencione o que no se mencione a otros como el Dr. Mariano Grondona también lo hacen sosteniendo políticas.



Enzo Alberto Regali

Miembro del Instituto Revisionista Nacional e Iberoamericano “Manuel Dorrego”.











[1] HALPERIN DONGHI, Tulio, Historia Argentina, La democracia de masas, tomo 7 Buenos Aires, PAIDÓS, pág. 64.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

DE ARTIGAS AL URUGUAY QUE CONCIBE JULIO M. SANGUINETTI

En el debate cultural que afortunadamente permitió el lanzamiento del Instituto Revisionista Argentino e Iberoamericano, la aparición del ex presidente Colorado de la hermana república del Uruguay, Julio M. Sanguinetti en el ruedo rioplatense, vino a corroborar la necesidad de la existencia de un organismo como el creado por la presidenta Cristina Fernández y que tan dignamente preside Pacho O’Donnell.




Con  total desenfado y liviandad el amigo oriental habla de abuso de poder  respecto de la creación del gobierno argentino…podríamos perdonarle desconocimiento a cualquiera pero no a una personalidad de su calibre. En la argentina existen numerosas instituciones históricas que reciben apoyo en mayor o menor grado del gobierno. Más aun, en instituciones como el CONICET el gobierno actúa con la máxima amplitud, no obstante algunos doctores o investigadores (caso del Dr. Fabián Harari, de los que conozco) han realizado algunas críticas/denuncias respecto de ciertos “controles ideológicos” que realizan quienes hoy por hoy tienen el mayor poder sobre el organismo.

Sanguinetti al elucubrar que  el gobierno argentino desea favorecer una corriente historiográfica particular e imponer un derrotero académico de específica reivindicación de ciertas figuras históricas, en obvio desmedro de otras en el mejor de los casos saca una conclusión personal de desconocido origen o que tal vez le sugirió quien le pidió el artículo, en el peor de los casos falsifica la realidad para sus fines políticos. Debería el ex presidente recordar el título de aquel artículo que escribió para La Nación también el 9 de febrero de 2011: “Los peligros de falsificar el pasado” aunque en este caso él procede a falsificar el presente[1].

 En realidad Sanguinetti, forma parte de otra visión histórica, la que considera a Uruguay una Nación y NO un país integrante de la Patria Grande Latinoamericana. Al revés de José Enrique Rodó que en los inicios del siglo XX pudo decir “Artigas más San Martín: eso es Bolívar. Y aún faltaría añadir los rasgos de Moreno, para la parte del escritor y del tribuno”, el ex presidente cree que Artigas en definitiva consumó la patria chica uruguaya.

Por otra parte el liberalismo al cual dignamente pertenece don Julio M. Sanguinetti se empeña cuando surgen los debates y las controversias respecto del pasado histórico en que no se debe: seguir repitiendo la visión maniquea que nos legó el pasado político, unitarios y federales en la Argentina, colorados y blancos en Uruguay. ¿Es que debemos ocultar el drama candente que significó la construcción de esta América del Sur? Podemos incluso decir que no se trató de “unitarios y federales” sino de “porteños y provincianos” u otros matices pero los enfrentamientos y el drama existieron, no son invento ni se deben ocultar. ¿Acaso exponer el fusilamiento de Dorrego o el asesinato del Chacho Peñaloza es mero maniqueísmo?

 Pero vamos a la contradicción central con el escritor de La Nación. Dice este: la nacionalidad uruguaya se funda en un Artigas caudillo rural, pero de una profunda convicción institucionalista, que legó a sus más importantes continuadores.

Artigas fue claramente independentista de España, inequívocamente republicano, fervoroso demócrata y defensor de una idea confederativa, que, inspirada en los Estados Unidos, uniera provincias respetando "la soberanía particular de los pueblos". De sus desencuentros con los gobiernos de Buenos Aires, y de los que le sucedieron después, ya con él desaparecido de la escena desde 1820, cuajará en 1828 la independencia de nuestra República Oriental del Uruguay.

Y bien: para el "revisionismo" argentino y sus seguidores uruguayos, que los hay, esta República nuestra, con casi dos siglos de historia, es un invento de la diplomacia británica y no el resultado de una lucha patriótica de 17 años, incomprendida -desgraciadamente- por gobiernos de Buenos Aires que hicieron inevitable su independencia política.

Aquí el historiador decididamente oculta y falsifica la historia. La nacionalidad uruguaya nunca surgió de Artigas que siempre fue un caudillo de la Provincias Unidad del Río de la Plata, por ello tuvo influencia en el Litoral argentino, Córdoba y hasta Cuyo. Nunca pretendió la patria chica oriental sino una federación que respetara, eso sí las autonomías de las provincias. ¿Cómo se explica que exiliado en el Paraguay no quisiera retornar al “Uruguay” ni cuando su hijo y otros enviados de Fructuoso Rivera lo fueron a buscar . Consideraba que ya no tenía patria el anciano caudillo…No había luchado por un Uruguay independiente, había dado la gran batalla por una gran federación rioplatense.

En cuanto a que Uruguay es en parte el invento de la diplomacia británica, Sanguinetti debería repasar los documentados tomos sobre la misión de Lord Ponsomby que escribió el gran revisionista y político uruguayo Luis Alberto de Herrera. Caudillo blanco que fue en parte maestro de Methol Ferré y amigo tempranamente, ya por 1949 de Jorge Abelardo Ramos, cuando este escribió su primer libro “América Latina un País”.

En suma don Julio, hace falta el debate, mucho debate histórico porque somos una nación inconclusa, la gran Nación Latinoamericana y afortunadamente hoy los pueblos han elegido gobiernos nacionales y populares como el de Pepe Mujica que ratifican la necesidad de dejar de falsificar la historia. Usted le teme al debate, desea ocultarlo, o ponerlo bajo la alfombra, por el contrario nosotros desde el Instituto Revisionista al decir de Artigas le decimos: “Con la verdad no temo ni ofendo”.    

Por último deseo aclararle porque malintencionadamente no entendió lo que dijo la presidenta argentina. Se trata de una reflexión que muchos revisionistas entre otros Jauretche y Ramos explicitaron hace tiempo: En EE. UU. la guerra de secesión la ganó el norte industrialista y antiesclavista, en cambio en el Río de la Plata se impusieron los liberales agroexportadores, mitristas de Argentina, imperiales brasileros y colorados de Venancio Flores quienes en 1865 se unieron para aniquilar al Paraguay del presidente Francisco Solano López que terminó cruelmente asesinado en Cerro Corá. Es por ellos y su proyecto de país que fuimos dependientes de Gran Bretaña mientras el gran país del norte se transformaba en una nación continente.

En suma somos una nación inconclusa y necesitamos bucear en nuestra identidad revisando permanentemente nuestro pasado ya que una de nuestras peores servidumbres es la dependencia de la cultura tal cual supo afirmar Deodoro Roca.



San Antonio de Arredondo, 8 de diciembre de 2011- Córdoba





Enzo Alberto Regali

Licenciado en Historia –

Miembro de número del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano “Manuel Dorrego”- Provincia de Córdoba








[1] Aclaro mi desacuerdo con el contenido del artículo mencionado pero esa es otra discusión pendiente.