sábado, 12 de marzo de 2011

Comentarios sobre "Abelardo Ramos. De los astrónomos salvajes a la Nación Latinomaericana"

EL  “ABELARDO  RAMOS”  DE  ENZO ALBERTO REGALI


                                                           
                                                                                  
                  Por Roberto A. Ferrero

   Desde hace un tiempo se encuentra ya disponible en librerías un nuevo libro del Lic. Enzo A. Regali, historiador adscripto a la corriente interpretativa del Revisionismo Científico, cuyo máximo cultor y difusor fuera Jorge Abelardo Ramos. Precisamente sobre éste y sus ideas versa el volumen en cuestión, edición conjunta del Corredor Austral y Ferreyra Editor.
   El libro, comenzando por lo adjetivo -pero no tanto, porque se trata de un requisito importante para la inteligibilidad de todo texto- es de un estilo claro, ameno y muchas veces brillante, sin que él sirva, como en autores de verba rutilante y cabeza vacía, para ocultar carencias de contenido. Muy por el contrario: el “Abelardo Ramos: de los astrónomos salvajes a la Nación Latinoamericana” de Regali tiene una extraordinaria densidad, por la diversidad de temas que aborda y la penetración con que lo hace, lo cual lo hace difícil de encasillar en algunos de los géneros determinados en los que prima facie pareciera inscribirse: no es totalmente una “biografía intelectual” de Ramos -aunque contiene sus elementos- ni es completamente una “historia de las ideas” de Ramos y su corriente política. Quizá podríamos decir que es un híbrido de ambas, en cuya mixtura dialéctica el autor va y viene con solvencia destacable. Hay mucha información, muchas horas de trabajo y mucha meditada reflexión detrás de estas 554 páginas, que avanzan en un relato cuyos parámetros se trazan siempre en un marco epocal y político que le da sentido y sustancia.
   En sus primeros capítulos se narra la esforzada historia de un puñado de jóvenes marxistas seguidores de León Trotsky que, en plena Década Infame y en los primeros años del peronismo, se animaron a dejar de lado las frases hechas, los clichés y las categorías de un marxismo pensado en otras circunstancias y para otro espacio geopolítico. Se decidieron –Aurelio Narvaja, Jorge Abelardo Ramos, Enrique Rivera- a abandonar, en otras palabras, el “marxismo eurocéntrico” para embarcarse en la aventura ideológica de inventar un marxismo latinoamericano. Conservaron de los maestros apenas algunos conceptos centrales que eran plenamente aplicables, con sólo modificaciones laterales, a nuestra realidad específica, tales como la esencial oposición leninista entre el nacionalismo de los países opresores y el de las naciones oprimidas, y la concepción de la Revolución Permanente en los países coloniales y semicoloniales junto con la consigna estratégica de la Unidad Socialista de America Latina, ambas categorías elaboradas por el gran organizador del Ejercito Rojo. Aparte de esto, lo criticaron y/o abandonaron todo del bagaje teórico inicial, menos la concepción del mundo y el método interpretativo materialista histórico-dialéctico (“el marxismo es más que nada un método de análisis y de acción”, repetía Federico Engels). Así reaprovisionados, aquellos jóvenes teóricos del Grupo “Frente Obrero” (Narvaja, Rivera, Sylvester…) y la revista “Octubre” (Ramos, Moisés M. Prelooker y otros), en constante colaboración/rivalidad, descubrieron que en el tercer Mundo que habitamos  el marxismo podía ser nacional sin traicionar su intrínseca índole (ya que lo nacional es antagónico de lo cosmopolita y no del internacionalismo) y que el nacionalismo podía –mejor dicho, debía- ser socialista si quería llevar hasta el fin su esencia de liberación latinoamericana. A la par, con la ayuda de la información proporcionada por las investigaciones de los publicistas del nacionalismo rosista de los ’30 y los ’40, reelaboraron la historia argentina  primero y la de Latinoamérica después, dándonos una versión más realista y científica de ellas, superadora de la parcialidad de la historiografía liberal-mitrista. Sus dos textos paradigmáticos, como los describe y desmenuza Regali, fueron escritos por Ramos: “Revolución y Contrarrevolución en la Argentina” e “Historia de la Nación Latinoamericana”, dos trabajos –como apuntaba Methol Ferré- que estaban ya contenidos virtualmente en el primer libro de Ramos: “América Latina. Un País”. Señalemos que si bien este trabajo de Regali se extiende en una consideración nacional de su temática, hace un cierto hincapié en Córdoba, no sólo por la residencia habitual del autor, santafesino aquerenciado, sino porque aquí se elaboró, por esfuerzo y reflexión de Alfredo Terzaga, una parte no menor de la ideología de la Izquierda Nacional y de la crítica histórica en la línea del revisionismo socialista.
   También se muestran en el libro los avatares de las diferentes organizaciones conque se expresó en la vida política de la república esta gran corriente de ideas que fue el Socialismo Nacional: el “Partido Socialista de la Revolución Nacional” en 1954, en que militaban desde el veterano exjustista Enrique Dickmann hasta el joven y talentoso Jorge Eneas Spilimbergo, que sería durante un cuarto de siglo estrecho colaborador de Ramos; el “Partido Socialista de la Izquierda Nacional” (PSIN), fundado en 1962, y su ampliación como Frente en 1972: el FIP o “Frente de Izquierda Nacional”, transmutado años después en el “Movimiento Patriótico de Liberación” (MPL).  Y aunque Regali –como él mismo lo confiesa en la página 12- “firmó la ficha de afiliación al PSIN” en 1971, toma en el libro la suficiente distancia crítica como para ver los errores de Ramos y, a la vez, los injustos señalamientos que los exageran o directamente los inventan.
   En esta línea de reflexión, Regali no vacila en adentrarse en las más espinosas controversias -y fueron muchas- que agitaron las aguas de la Izquierda Nacional. Polemiza con el prestigioso historiador del mismo origen Norberto Galasso, por exagerar el rol fundacional de Narvaja en detrimento de la labor realmente creativa de Ramos, quien no fue sólo talentoso difusor y propagandista; señala el error sectario de Ramos y el FIP de no haber querido incorporarse al FREJULI en las elecciones de 1973, indicando incluso el carácter falaz con que Ramos pretendió justificarse a la vuelta de los años; esclarece la relación entre los dos grupos fundacionales de 1945; y examina las más importantes escisiones sufridas por la corriente: la de 1964, apenas creado el PSIN (la “crisis González Trejo”), y sucesivamente las de quienes serían más adelante intelectuales de prestigio internacional: Jorge Beinstein en 1966 y Ernesto Laclau (h) en 1968, para culminar con el divorcio lamentable de Spilimbergo y Jorge Abelardo Ramos después del “Congreso postal” de 1978, modalidad original impuesta por las persecuciones de la dictadura procesista de entonces. Expone, finalmente, la más cuestionable de la tesis del libro: la exculpación de Ramos por haber acompañado al menemismo y haber dispuesto el ingreso de sus seguidores a las estructuras del peronismo, resolución ésta realmente in artículo mortis –porque falleció al poco tiempo de formularla- y que causó escándalo y escozor en una parte considerable de la militancia del MPL. Los que se negaron a seguirlo en estos pasos, encabezados por Alberto Guerberoff, renunciaron a los cargos públicos que ostentaban en el gobierno menemista y constituyeron el “Movimiento Antiimperialista 2 de Abril” (por Malvinas). No están ausentes tampoco los protagonistas de otra escisión de esos años: la que ligó al santafesino Juan Giobergia y al cordobés Carlos del Campo en el común rechazo a la política poco comprensiva del peronismo y sus direcciones sindicales por parte de la jefatura abelardista.
    De la lectura atenta del libro surge claro el balance favorable de la vida política de Ramos: su legado ideológico y político es inmensamente superior a sus debilidades o capitulaciones finales. Por encima de sus avatares personales y teóricos, mantuvo invariable la consigna histórica mayor conque surgió a la consideración de los argentinos en 1949: la Unidad de América Latina, por cuya concreción luchó incluso siendo embajador en Méjico, lucha que no fue ajena a su enfrentamiento con  Guido Di Tella, el Canciller de las “relaciones carnales”, y a la conclusión abrupta de su misión  en tierras aztecas. Libro polémico sobre un hombre polémico, las controversias que ya están surgiendo a raíz de su edición   servirán sin duda para profundizar en las originales concepciones ideológicas y políticas del célebre “Colorado” Ramos y sus discípulos. La Izquierda Nacional tiene todavía mucho que decir al país y a Latinoamérica.

                                                 Córdoba, 11 de febrero de 2011

martes, 8 de marzo de 2011

England doesn't forgive (Inglaterra no perdona)

A la memoria de Pericles Dentesano




De izquierda a derecha Enzo Alberto Regali (autor), Pericles Dentesano y Ricardo Rodríguez en Libreria Galileo de la ciudad de Córdoba 




“Tenemos la certeza
de que el tiempo no caminará
sobre sus pasos.
Sin embargo, seguimos quedándonos
con los recuerdos, anhelantes….”
                               Aixa Verónica Rava


Estimados amigos:
                              Ha muerto en la madrugada del 15 de septiembre de 2006, Pericles Dentesano. Gran amigo desde los tempranos años de la década del 70 cuando  me iniciaba en la política junto al Partido Socialista de la Izquierda Nacional y Jorge Abelardo Ramos. Dicho sea de paso, conocí al “Colorado” circunstancialmente en Santa Fe, aunque yo estudiaba en Buenos Aires, en una conferencia sobre Bolivia que dio para algunos compañeros  en el histórico “Consulado”.
Con Pericles y demás compañeros del movimiento de Santa Fe inmediatamente se estableció una relación que aunque se basaba en las coincidencias políticas, con el tiempo fue asumiendo también el carácter de amistad personal duradera.
  No sé si se puede por escrito o hablando, transmitir la tristeza y el dolor que me causa su desaparición. Seguramente no, pero a él, que con su hablar suave y pausado era también hombre de escribir me sale dejarle algunas líneas de despedida.     
Fue el responsable, con la ayuda inestimable de Carlos Del Campo, de entusiasmarme para que juntos escribiéramos lo que fue mi primer libro: El Mercosur y la Región Centro. Realizó los primeros trazos del manual –la base-, a los que yo sumé mi aporte. Trabajar juntos fue fácil porque Pericles tenía un gran desprejuicio intelectual, que favorecía el diálogo y la conversación y que estaba muy lejos de la soberbia que a veces domina a los más “léidos”.
Nunca abandonó los ideales centrales que el “Colorado” Ramos supo meternos en la carne: Latinoamérica, Malvinas, la justicia social. En sus últimos años lo sedujo un proyecto en marcha, que como dijo un amigo común es “ontológicamente bueno”: La Región Centro. La asumió, a diferencia de otros, desde la Historia y la tradición común, rememorando aquella Liga Federal de Artigas y pegándola a la Patria Grande. No es poco si tenemos en cuenta que en el mundo actual nadie se atreve a pararse sobre la autoconciencia histórica y por lo tanto, a lo sumo tratan de “panfletear” de memoria, verdades o mentiras a medias.
Nuestro último encuentro personal fue aquí en Córdoba, con Ricardo Rodríguez y entre café, recuerdos y charlas volvió a insistir en que largáramos un nuevo libro sobre el mismo tema, del que él ya había escrito algunos capítulos y hasta tenía el título “A paso de Vencedores…”
No pudo ser, inesperadamente, inexplicablemente, por esas cosas repudiables de la existencia, su enfermedad lo alejó y lo obligó a dar pelea por la vida. Todos intuíamos con el pasar de las semanas la gravedad de lo que sucedía, quizás la entrega,  pero esperábamos lo  inesperable, lo que ya no se daría. Quedaba mucho por hacer y sus iniciativas hacían pensar que el tiempo sería más largo, más comprensivo, no fue así, fue apesadumbradamente corto y “sin remedio”, parafraseando a Serrat.
 Buen amigo, no se cuan grande es tu huella, pero sí sé que dejaste la marca… la clara marca, de los militantes políticos de acción y de letras, de la poesía que tantas veces entonamos, del amigo y sobretodo la señal profunda de las buenas personas.
Estas partidas desgarran y descompaginan y aunque ya mencioné algunas de las cosas que supiste dejar… la puta…cuanto dolor, cuanta extrañación es no poder volver a verte. De todas formas nos quedan nuestros ayeres de imaginar un mundo nuevo, que no es sino  un mañana en la memoria.

Enzo Alberto Regali
Córdoba, 15 al 17  de septiembre  
 
    
   
  

La Unidad Sudamericana es el signo de los tiempos. Hay que desandar el pasado que nos separa

“La hora ha llegado. Basta de palabras y vamos a los hechos. Que esas exclamaciones que pueblan el aire no sean un vano ruido que se lleva el viento. Que ellas sean el toque de alarma, la llamada popular que convoque a todos los ciudadanos, para correr en veinticuatro horas al cuartel, en quince días en campaña, en tres meses en Asunción.”
Presidente Bartolomé Mitre 12-04-1865 en la Plaza de la Victoria

“López ha muerto, luego la guerra del Paraguay está concluida para el  logro de su objeto, dicen los cómplices del Brasil en ese crimen, el más grande que haya presenciado la América del Sud de medio siglo a esta parte. La muerte de López no es sino el punto final de la muerte de un pueblo llevada a cabo en el espacio de cinco años (…) Decir que la guerra no tuvo más objeto que suprimir la persona de López, es una impertinencia insultante lanzada al sentido común.”
Juan Bautista Alberdi – Escritos Póstumos

Todas las cuestiones suscitadas (…) admiten soluciones de paz y buena voluntad, sin afectar principios fundamentales. No está comprometido el “honor nacional” ni los “espacios vitales”.
Ramón J. Cárcano en su Guerra del Paraguay

“La maldita guerra” será “la ruina del vencedor y la destrucción del vencido”
Irineu Evangelista de Souza vizvonde de Mauá




Tinta china de la artista cordobesa Micaela Trocello.

En una entrevista recientemente aparecida en La Nación (6-01-08) realizada por el periodista Pablo Mendelevich al erudito historiador brasileño Francisco Doratioto, se exhiben con sibilino estilo por lo menos dos intencionalidades claras. (Seguramente se pueden descubrir más)
La primera, reivindicar la infame –sí infame- (luego explicaremos porqué) guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay y, especialmente a uno de los mayores responsables de aquel fratricidio, el fundador de dicho diario don Bartolomé Mitre. No es nuevo y como propósito es loable, malo sería morder la mano del amo que da de comer.
La segunda desprestigiar con un estilo de “clase” y no poco resentimiento del pasado, a la presidenta de los argentinos Cristina Fernández, dudando de sus posibles lecturas de joven o adulta y de sus conocimientos sobre la historia nacional. En esta instancia aprovecha para reiterar el periodista algo que parece ser línea editorial (“bajada de línea” se suele denominar en el lenguaje político): atacar al gobierno nacional por las influencias que este recibiría del nacionalismo de izquierda o de la izquierda nacional, mencionando en este caso a Hernández Arregui y a Abelardo Ramos. Este último junto a Jauretche y José María Rosa ya  habían sido nombrados por el secretario de redacción Jorge Fernández Díaz el 26 de enero de 2006 como  representantes de la genéricamente denominada “izquierda nacional”, en otro artículo editorial titulado: “Bienvenidos a la moda del neonacionalismo”. 
El reconocimiento que Cristina realizó para con el Paraguay y su entonces presidente Francisco Solano López -héroe y mártir de la nación guaraní- tiene una importancia estratégica para la consolidación de las relaciones en el MERCOSUR y Sudamérica. Pero no solo se trata de un acto “políticamente  correcto” sino de la recuperación de la verdad histórica desde el presente para poder entrar al futuro, algo que no es poco en tiempos en que el debate de ideas se encuentra subestimado y devaluado, sustituido por “técnicos” que “no son políticos”.
Francisco Doratioto como varios historiadores brasileros todavía no se atreven a cuestionar las condenables acciones de agresión, militar o diplomática llevadas  adelante por su país en el contexto sudamericano. Nos referimos a la guerra de la Triple Alianza y también al avance sobre la zona boliviana del Acre. Por cierto que este déficit no es privativo de los brasileros. En Chile cierta intelectualidad carece de autocrítica sobre la Guerra del Pacífico y sus consecuencias para con Bolivia y Perú. No pocas resistencias encuentra la presidenta Bachelet en los tímidos pero importantes avances que intenta realizar en las negociaciones con el país del Altiplano.
No podríamos entrar en este breve espacio en una discusión a fondo pero sí desmigajar algunas posturas que al ser deformadas impiden una visión cultural latinoamericana.
En la actualidad resultaría excesivamente simplista atribuir –monocausalmente- al imperialismo británico la responsabilidad de la guerra. Hasta aquí podemos aceptar el aporte del especialista, aunque no sin precisar algo que ni Brasil ni Chile han asumido con la fuerza que se dio en nuestro país. El revisionismo histórico argentino y especialmente el que La Nación denomina genéricamente de la izquierda nacional, tuvo una virtud esencial: contribuyó aun en su exageración política a intentar otras miradas de la historia que por el contrario el mitrismo y sus aliados o ciertos círculos académicos nunca siquiera promovieron.
Si bien hoy resulta excesivamente simplista  inculpar a Gran Bretaña exclusivamente, no menos simplista y peor aun “ingénuo”, resulta desconocer la permanente ingerencia de esta y su accionar en las sombras en toda la región.
La guerra fue seguida de cerca por Gran Bretaña, es más el tratado secreto de la “Triple Infamia” (en esto disiento en parte con Cristina ya que me parece que esta palabra refleja mejor lo que ocurrió que la de “traición”, pero una u otra  son reales porque desde la tradición sudamericanista de Bolívar, San Martín y Artigas hubo traición de parte de Argentina y Uruguay al menos) fue hecho público por el Foreign Office  de Gran Bretaña a principios de 1866, en versión inglesa obtenida el año anterior del canciller uruguayo Carlos de Castro. Esta versión publicada por el Times de Londres también lo fue traducida, por La América  el diario de Guido Spano y Agustín de Vedia  el 5 y 6 de mayo de 1866 diciendo “¡El tratado es secreto, la sesión es secreta, solo la vergüenza es pública”. El original castellano permanecía desconocido hasta los años 70 del siglo XX según nos refiere A. J. Pérez Amuchástegui.[1] “(…) el tratado de alianza que permanecería secreto debido a sus comprometedoras cláusulas. Los aliados se comprometían a respetar la independencia, soberanía e integridad del Paraguay. Los objetivos de guerra establecidos eran los siguientes: por el artículo 11º, quitarle a Paraguay la soberanía de sus ríos; por el 14º, responsabilizar a Paraguay de la deuda de guerra; y por el 16º, repartir el territorio en litigio o exclusivamente paraguayo entre la Argentina y Brasil. Mitre tomaría el Chaco paraguayo hasta la Bahía Negra y el Imperio el área fronteriza hasta el río Apa por el lado del río Paraguay y hasta el Igurey por el Paraná. (…) por los artículos 6º y 7º, la guerra no se detendría hasta la caída de López. Esta se hacía contra el presidente y no contra el pueblo paraguayo (¡!)  Se firmó también un protocolo adicional, también secreto, que establecía lo siguiente: 1) demolición de las fortificaciones de Humaitá; 2) desarme de Paraguay y reparto de armas y elementos de guerra entre los aliados; y 3) reparto de trofeos y botín que se obtuvieran en territorio paraguayo. (El subrayado y los signos de exclamación son nuestros).”[2]
Según Escudé y Cisneros –que nada tienen que ver con la izquierda nacional o el revisionismo- Mitre ocultó la formal declaración de guerra del Paraguay con el objeto de preparar a la opinión pública nacional y extranjera residente en el país contra el país guaraní.
Un historiador anglosajón F. J. McLynn analizado por los mismos autores sostiene  “Un estudio profundo de la guerra paraguaya la revela como el aspecto más serio de una guerra civil continua en el Río de la Plata desde 1863 a 1871, desde la última revuelta de Peñaloza a la derrota de Ricardo López Jordán en Entre Ríos. Los levantamientos montoneros de 1863 y 1867, la guerra civil oriental de 1863-1865 y el golpe de 1870, el asesinato de Urquiza y la revuelta de Entre Ríos en 1870 son acontecimientos que están íntimamente conectados con la Guerra de la Triple Alianza (…) . . Una de las más severas debilidades de la montonera radicaba en su falta de contenido ideológico o conciencia política; líderes como Peñaloza o Felipe Varela no explicaban en sus pronunciamientos cuál era la alternativa al capitalismo liberal propuesto por Mitre. En cambio, Paraguay constituía un ejemplo vívido y floreciente de un sistema político y económico totalmente diferente al pretendido por el mitrismo.
   
Pero esta situación no significaba precisamente que una economía controlada por el estado como la paraguaya fuera capaz de derrotar a la burguesía comercial en su propio juego: más allá de esto, debido a que las provincias del Interior de la Argentina necesitaban la protección económica que el estado de Paraguay extendía a sus productores y que los intereses del librecomercio porteño no otorgaban, el ejemplo de Paraguay era peligroso e insidioso. (…) Una dimensión adicional en el molesto ejemplo paraguayo era la integración social de su población guaraní.”[3]  
Por último y para tratar de no tergiversar, citaremos al propio Mitre en su discurso del 21 de febrero de 1869 ante los comerciantes porteños que lo homenajeaban al término de sus mandato: “En la guerra del Paraguay que (…)puede darse por terminada, ha triunfado no solo la República Argentina(…) no solo la triple alianza (…) sino también los grandes principios del libre cambio (…) Para el comercio se han derribado las fortalezas que amenazaban las costas; para el y por él también se ha conquistado franca navegación de los ríos superiores; la libertad de comercio y la derrota del monopolio y la explotación de los pueblos por sus tiranos (…) Cuando nuestros guerreros vuelvan de su larga y gloriosa campaña (…) podrá el comercio ver inscriptos en sus banderas victoriosas los grandes principios que los apóstoles del libre cambio han proclamado(…) porque también esos principios han triunfado (…) (Aplausos).”[4] Los guerreros regresaron y también con ellos la fiebre amarilla, los muertos y mutilados y el peso de la devastación del Paraguay.
Mclynn y  el mísmisimo Tulio Halperín Donghi (duro crítico del revisionismo histórico argentino y especialmente de la izquierda nacional) asignan enorme responsabilidad por la guerra a las “necesidades políticas" internas de Mitre. 
Ahora bien, sería absolutamente injusto cargarle la romana solo a Mitre. Los colorados uruguayos hicieron lo suyo (ahí están las acciones de Venancio Flores y el crimen de Paysandú para probarlo)[5]. El imperio esclavista del Brasil (barbarie esta que algunos historiadores brasileros soslayan como así también la compra “de carne” esclava para enviar al frente) según lo expresan Texeira Soares (ampliamente citado por José M. Rosa), Moniz Bandeira, Boris Fausto y Nabuco un diplomático de la época, intenta deslindar  responsabilidades  pasándoselas a las ambiciones territoriales argentinas (que indiscutiblemente las tenía). Esta concepción es en el mejor de los casos de una ingenuidad infantil: basta tener en cuenta el accionar brasilero en la cuenca del Plata desde época colonial (recordemos los límites originales de la ex colonia lusitana), o el posterior arrebato a Bolivia de la zona del Acre. A las cosas hay que llamarlas por su nombre y en este siglo XXI el mejor patriotismo a exhibir es el de la verdad histórica que nos permita reconstruir con fuerza lo que en el pasado nos fragmentó.
Vamos ahora a la importante ingerencia inglesa a través de los préstamos financieros.  Doratioto admite que los banqueros ingleses le prestaban a los aliados porque el Paraguay era infinitamente más débil y riesgoso esto es una verdad de Perogrullo, probatoria sin embargo de los fuertes intereses británicos en la región y en la guerra. Aquellos banqueros, por cierto no muy diferentes de los de hoy, invertían tratando como siempre de jugar a ganador. Por lo tanto le prestaban a los aliados y no a los paraguayos: esto en portugués, en castizo o en chino significa que el dinero anglosajón apoyó al bando mitrista. Que esto generó deuda a pagar en estos países solo demuestra la lógica dominante  del capital extranjero. La política son hechos y los hechos son que los “logros” que Mitre señala en el discurso citado arriba  favorecieron el librecambio impulsado por Gran Bretaña y Francia.
 Moniz Bandeira señala en un documentado y excelente libro[6] -que no comparte las tesis revisionistas-, que su país en 1865 obtuvo un préstamo de la banca Rothschild,  de 6.693.000 libras, y emitió otros empréstitos que le implicaron consumir más del 60% e “en escala creciente” del saldo de su balanza comercial.
Doratioto califica de “hecho mentiroso” el “mito” de una Paraguay desarrollado y pujante. Se trata de una “mentira a medias”. Dice en el reportaje: “Los revisionistas dicen, por ejemplo, que Paraguay tuvo el primer ferrocarril de América del Sur. No es cierto. Antes hubo un ferrocarril en Chile, después hubo uno en Brasil”. ¡Poco serio! Acaso que hayan existido solamente, otros “dos” ferrocarriles,  ¿cambia algo del aspecto central, que es el desarrollo autónomo importante y comparable con el de Brasil que ese pequeño enclave gozaba en aquella época? 
Para tomar una idea de la diferencia de tamaño entre ambos países y de la desproporción que existió en esta guerra, digamos que el Imperio, tenía más de 8.000.000 de km2 de extensión y 11 millones de habitantes, contra unos 450 mil km2  y entre  450 y 650 mil habitantes que se calcula poseía Paraguay. 
el entrevistado describe las excelentes relaciones de Gran Bretaña con Solano López en base a cartas y algunas inversiones realizadas por esta en la nación guaraní. ¿Acaso no es conocido que Inglaterra siempre tuvo “intereses permanentes”? ¿Por qué no iba Paraguay a tener relaciones económicas y comerciales con países de Europa?  Este hecho por sí solo no demuestra nada, pero además cualquier historiador puede reconocer que el sistema de Paraguay no era el librecambista que imponían Mitre o el Imperio. Doratioto afirma haber encontrado “una carta del entonces ministro plenipotenciario de Inglaterra en Buenos Aires” de diciembre de 1864 mostrando “preocupación” por la posible guerra. ¡Es inaudito! ¿Acaso no se recuerdan los “buenos oficios por la paz de Haig y EE. UU. durante la guerra de Malvinas?  Recordemos también la actuación de Lord Ponsomby en la guerra contra el Brasil por la Banda oriental y sus maniobras para crear el “estado tapón” hoy conocido como Uruguay. En fin: ¿Cuántos sinceros buenos oficios, se le conocen a Gran Bretaña cuando sus intereses comerciales están en juego? Por otra parte si Thornton era el diplomático en cuestión conocido es para Doratioto que este era un buen enemigo de López. En suma ninguna de las naciones de la Cuenca del Plata estaban al margen de las relaciones comerciales y económicas con Europa, tampoco el Paraguay lo que no quiere decir que Gran Bretaña no observara complacida la cruzada librecambista emprendida por el imperio esclavista y la Argentina presidida por Mitre.
Es cierto que Brasil como importante país que era tuvo enfrentamientos con Gran Bretaña pero estos no pasaron de pequeñas escaramuzas diplomáticas y no suponen independencia de Inglaterra, relación que por otra parte era histórica desde el dominio portugués.
Triple infamia o triple traición, o “maldita guerra” , ninguno de los calificativos son erróneos –nunca es triste la verdad lo que no tiene es remedio-. El tratado es agresivo por el solo hecho de la debilidad de la desproporción existente entre Paraguay los tres aliados. Veamos los funestos resultados de la empresa “libertadora”. Paraguay sufrió una inhumana quiebra demográfica en su población. De 600.000 habitantes que había  en 1865 –al inicio de la guerra- solo quedaban 231.000 en 1872 al finalizar esta. La misma concluyó con la muerte de Francisco Solano López el valeroso presidente en Cerro Corá, de un lanzazo un sablazo y un tiro en el corazón de la partida militar brasilera, (uno de los pocos reconocimientos que Doratioto le hace, aunque no se atreve a llamarlo por su nombre: crimen político)  . La recuperación del nivel poblacional anterior, se recuperó medio siglo después, hacia la década de 1920.[7] 
Otro aspecto que Doratioto se guarda de explicar es cómo, el Mariscal Francisco Solano López a quien denomina con sentido despectivo “dictador” -aunque se cuida muy bien de utilizar esta palabra para con su Emperador o Venancio Flores o Mitre cuyas “legitimidades” eran por lo menos, similares a las del gobernante guaraní- tuvo tanto amor de su pueblo que lo siguió hasta la muerte y casi podríamos decir hasta el exterminio. Ninguno de los miembros de la Triple Alianza, generaron un sentimiento de afecto popular semejante en sus respectivos países. Evidentemente la interpretación histórica de este autor brasileño tributa al liberalismo mitrista que durante décadas predominó en nuestro país.
Hay dos aspectos más del reportaje que son impugnables. Mediante un sutil juego de palabras y cometiendo uno de los peores pecados que puede cometer un historiador: transpolar el pasado al presente anacrónicamente; emparenta a Stroessner con López y por carácter transitivo a nuestra presidenta. A renglón seguido aclara su verdadera postura cuando critica la decisión de la República Argentina de poner el nombre de Solano López a un Regimiento de Entre Ríos-: “No imagino al presidente Putin poniendo a una unidad militar rusa el nombre de Napoleón Bonaparte.(…)  Supongo que usted no vio una unidad militar paraguaya que se llame Bartolomé Mitre.”  Aquí sí este importante y erudito historiador se “alista”  claramente. ¡Napoleón era el general invasor francés al que el pueblo ruso expulsó dando plenas muestras de heroísmo! Era un imperio agresor. ¿Cuál fue el imperialismo de Solano López en la región?  En este caso hablamos de una guerra fratricida. Ni que hablar del quien fuera victimario del pueblo paraguayo. ¿Acaso el Señor Doratioto pretende que asumamos con seriedad su ridícula interpretación de un Paraguay imperialista invasor de Corrientes y el Matto Grosso??? Pero si ni siquiera numéricamente los hermanos paraguayos podían aspirar a controlar militarmente las tres naciones de la Triple Alianza.
Con gran valentía intelectual Cristina Fernández repara aquel horror histórico poniendo el nombre de un héroe nacional paraguayo que por esa razón lo es del MERCOSUR y de la Comunidad Sudamericana de Naciones, a uno de nuestros regimientos. 
 “En Brasil la historia es historia, no como en la cuenca del Plata donde todavía se utiliza la historia para el combate político presente.”  Afirma el entrevistado haciendo gala de orgullo barrial,  para criticar al revisionismo uruguayo y argentino y al Gral. Perón (¿asimilable a López?) ¡Evidentemente el suicido de Vargas reconoce causas profundas!
Es preciso superar antiguas interpretaciones, para lograr en el siglo XXI la unidad sudamericana que el propio Brasil impulsa hoy. Afortunadamente las vetustas consideraciones del reportaje están quedando fuera de la historia o al menos esto debemos intentar si no queremos entrar al futuro retrocediendo.
El histórico Tratado del MERCOSUR firmado el  26 de marzo de 1991, sintomáticamente lo fue en Asunción, “madre de ciudades”. Tenemos la obligación de reparar aquel “crimen de la guerra”, como en su momento lo hicieron Yrigoyen y Perón. Hoy, Cristina Fernández ratifica y profundiza un camino que resulta estratégico.
La decisión política de bautizar al Grupo de Artillería Blindada 2, de Rosario del Tala, Entre Ríos, como Mariscal Francisco Solano López es un paso, pequeño tal vez, en el camino de la integración americana. 

Enzo Alberto Regali



[1] Pérez Amuchástegui, A. J. Crónica Argentina. Más Allá de la Crónica: El Fratricidio T. 4 LXVI Editorial Codex  1972.
[2] Escude, Carlos y Cisneros, Andrés. Historia de las Relaciones Exteriores Argentinas. El tratado secreto de la Triple Alianza Tomo VI.
[3] Escudé y Cisneros Ibíd. Historiografía anglosajona Pelham Box y McLynn. Tomo VI.
[4] Pérez Amuchástegui. Ibíd.Tomo 4. Pág. LXXI
[5] Recordemos que en Paysandú sitiada y bombardeada por la flota imperial respaldada y abastecida por el gobierno de Mitre, lucharon algunos argentinos ilustres como Rafael Hernández, hermano de José autor del Martín Fierro. En esta batalla el valiente general Leandro Gómez se rindió con sus hombres con la promesa que se respetarían sus vidas. las tropas imperiales no obstante, los pasaron a degüello. Así  se iniciaba  un conflicto entre hermanos sudamericanos que concluiría con la destrucción del Paraguay.

[6] Moniz Bandeira, Luis Alberto, Argentina, Brasil y Estados Unidos. De la Triple Alianza al MERCOSUR. Grupo Editorial Norma Buenos Aires. 2004
[7] Brezzo,Liliana  “Argentina-Paraguay- (1810-2000)” Caviar Bleu Edit. Andina Sur-. Doratioto en su ánimo justificatorio  sostiene que los datos de población y  víctimas son discutibles y de mucha variación numérica. En todos los casos las cifras son inhumanas.   

DE AMERICANOS A ARGENTINOS

Sobre los finales de 1810, los distintos intereses económico-sociales-culturales del ya ex virreinato, se expresaron en distintos grupos. Algunos más localistas –portuarios- y otros americanistas.  
José Gervasio de Artigas en la Banda Oriental deserta del cuerpo español de Blandengues  en enero de 1811, para ponerse a las órdenes de la Junta Grande. El 18 de mayo obtiene el estratégico triunfo de Las Piedras que permite iniciar el sito de Montevideo y lo insinúa como caudillo de su provincia.
En septiembre cae la Junta Grande y se forma el Primer Triunvirato, cuyo numen teórico será su secretario, don Bernardino González Rivadavia, y cobra fuerza la política de la burguesía comercial porteña, medrosa y localista que contribuirá a gestar un largo enfrentamiento con el caudillo oriental y otros dirigentes provincianos.
La dirigencia surgida de la Revolución se debatía a la búsqueda de una nacionalidad que a veces era americana, en ocasiones rioplatense y con Rivadavia y su grupo, excesivamente “porteña”.
En los escritos del período se utilizaban diversas designaciones. El Plan de Operaciones de Moreno hablaba de “Provincias Unidas del Río de la Plata”, pero también de un difuso “Estado Americano”. En realidad, sea por razones coyunturales o por convicciones estratégicas, o en última instancia porque se trataba de un “clima de época”, nadie abandonaba totalmente la visión americana de la revolución. El Triunvirato a pesar de su  moderación y localismo, escribía a la Junta que presidía el Paraguay solicitándole hombres para los ejércitos orientales (lo mismo hizo Artigas) y la nota concluía con una exhortación impecable: “Los bravos paraguayos sólo pueden defender la libertad y la gloria de su provincia peleando entre las filas de sus hermanos y auxiliándoles en la lucha contra los implacables enemigos de la América del Sur.” (Nota a la Junta Paraguaya: 12-mayo-1812).
La Asamblea del año XIII, sesionó en nombre de las “Provincias Unidas del Río de la Plata”, lo cual reflejaba un concepto centralizador del estado, dentro de la antigua territorialidad virreinal. Esta Asamblea rechazó, en una muestra de miopía política “porteñista”, a los diputados “artiguistas” con mandato federal, temiendo la pérdida de la hegemonía de Buenos Aires, acción que favorecerá las guerras internas. Artigas a pesar de ello mantuvo, hasta su derrota en 1820 y hasta su muerte, una postura americanista y federal. En 1846 –cuatro años antes que falleciera- José María Artigas, su hijo, lo visita en el Paraguay, intentando hacerlo retornar a Montevideo, en ese momento sitiada por Manuel Oribe ligado a Juan Manuel de Rosas, pero el gran patriota rechazó volver adonde “aun peleaban”: “Siendo que hasta aquí llega la Patria, quedaré, hasta que Dios me llame, porque mi corazón idolatra la formación de América Grande…[1]”
En 1812 habían llegado a Buenos Aires, a bordo de la fragata inglesa George Canning, José de San Martín, Carlos M. de Alvear y José  Matías Zapiola, quienes estaban vinculados a la logia de Londres, Gran Reunión Americana. Todos participaban de una ideología americanista propiciada tempranamente por el singular venezolano Francisco Miranda.
A poco de arribados, el 8 de octubre, “los logistas” dan un golpe contra el Triunvirato rivadaviano, conforman uno nuevo y se vinculan con algunos de los  “morenistas”, como Manuel Belgrano, Bernardo Monteagudo, entre otros, para impulsar su proyecto. Crean también la “Logia de los Caballeros Racionales” -en una segunda etapa (circa 1816) por influencia de San Martín se denominaría “Lautaro”-, que a la vez tendría una filial en Chile encabezada por Bernardo O’Higgins, quien dejó un apunte manuscrito en el que  establecía que esta organización se creó por “la falta de sistema  y combinación entre los dirigentes del movimiento emancipador” quienes hasta ese momento actuaban sin plan, en forma pragmática e improvisada. Por cierto este “partido americano” tenía por objeto trabajar “con sistema y plan en la independencia de la América y su felicidad”. Por este motivo, la logia matriz tuvo dos secretarios: uno para la América del Norte y otro para la del Sur[2].
Impulsados por este espíritu independentista y americanista, los gobiernos de las Provincias Unidas, en medio de fuertes conflictos –uno de ellos era el enfrentamiento con a Liga del Litoral de Artigas- avanzaron en la convocatoria de un Congreso General en Tucumán.
Mientras tanto San Martín, licenciado del Ejército del Norte por enfermedad, intentaba reponerse en Saldán, en una casa facilitada por Eduardo Pérez Bulnes, al tiempo que planeaba su estrategia libertadora por Chile junto a algunos colaboradores. Entre estos se contaba su cófrade y amigo de la logia de Londres, Tomás Guido. Seguramente durante su estadía en Gran Bretaña, el hombre de Yapeyú, debió conocer algunos de los planes que los ingleses preparaban contra el imperio español utilizando la ruta del Pacífico, sin embargo hubo influencias americanas. Enrique Paillardelle (hijo de un francés y una limeña) líder de una derrotada revolución en Tacna, estaba convencido que la ruta del Desaguadero no era la mejor para llegar al Perú y proponía una expedición desde Valparaíso[3]. También el delegado argentino ante Chile en 1813, Dr. Bernardo de Vera y Pintado –luego sería auditor de guerra del ejército de los Andes- había escrito al Segundo Triunvirato proponiendo la acción conjunta de Chile y Buenos Aires sobre Lima.
Recuperado San Martín, pide al Director Supremo, la gobernación de Cuyo para preparar su campaña libertadora. Como gobernador, a través de sus diputados, insta al Congreso de Tucumán a declarar la independencia, lo que se concreta el 9 de julio de 1816. El acta es inequívoca en su ideología: “Nos los representantes de las Provincias Unidas en Sud América[4]”… declaran su voluntad de ser “una Nación libre e independiente”
La denominación adoptada no es casual, había un espíritu y un proyecto sudamericano. Lamentablemente, la nacionalidad se contrajo en lugar de expandirse, predominaron los mezquinos intereses de campanario y las políticas de las grandes potencias de la época. El Alto Perú abandonado por Buenos Aires se transformará en Bolivia. Charcas, Mizque y Chichas provincias participantes del Congreso pasarán a ser parte de ese país. La Gran Colombia se “balcanizaría” a pesar del esfuerzo de Bolívar. La diplomacia inglesa fraguaría la creación del Uruguay y el Paraguay mantendría un aislamiento que le sería letal hacia 1865.
El proceso abierto en mayo de 1810 se cerraba con algunos triunfos y muchas cuestiones pendientes.
Sombrío final aguardaba a quienes habían imaginado una grande América. Bolívar moriría tuberculoso a los 47 años. San Martín, concluiría su vida en Europa, como virtual desterrado rioplatense. Artigas agonizaba en la selva paraguaya, “protegido” por el cerril localismo del “ex monserratense”, el Dr. Gaspar Rodríguez de Francia.
¿Acaso en el siglo XXI lograremos redimir aquel grandioso proyecto de una Patria Grande?  Este es el desafío y el porvenir. Así sea.


    






[1] Pedro GAUDIANO, Artigas católico, Montevideo, Universidad Católica de Uruguay, 2002, pág. 185.
[2] Antonio J. PÉREZ AMUCHÁSTEGUI, Ideología y acción de San Martín, Buenos Aires, EUDEBA, 1966,  pág. 16
[3]Paillardelle, luego se enfrentó con San Martín, se hizo “alvearista” y terminó fusilado por sus enemigos políticos.  Patricia PASQUALI, San Martín, la fuerza de la misión y la soledad de la gloria, Buenos Aires, Sudamericana, 1999,  pág.  196.
[4] Comienzo del Acta de Declaración de la Independencia de Tucumán.

lunes, 7 de marzo de 2011

MANUEL FERNANDO CARPIO FUNDADOR DE LA UNION OBRERA METALÚRGICA

Cuando leo reportajes como el que Izquierda Popular –el periódico del Frente de Izquierda Popular- le hizo al entrañable y querido Manuel Fernando Carpio en 1974 no puedo sino autocriticarme por no haber previsto la creación de un archivo oral de los protagonistas de nuestro pasado, especialmente de aquellos que salvo raras excepciones, se expresaban con la palabra. Abelardo Ramos, en uno de sus últimos discursos revalorizó la importancia del testimonio hablado como versión más fidedigna, en muchas ocasiones, que los fríos documentos escritos. Al menos, este tipo de entrevistas no presumen de “objetivas” (pacata aspiración de intelectuales), y refleja subjetiva y afectivamente la época, el contexto, algo que muchos historiadores descuidan cuando utilizan miradas contemporáneas para juzgar el pasado. Por ello, estamos ante un  texto de gran valía que, con excelente criterio, los amigos del Socialismo de la Izquierda Nacional han decidido exhumar.
Resulta emocionante percibir en el relato de Carpio –porque así, a secas, lo llamábamos con respeto reverencial en el partido- aquella voz cascada y atractiva, de un militante gremial histórico, fundador de gremios como la UOM y primer secretario general del Partido Socialista de la Izquierda Nacional fundado el 16 de junio de 1962.   
A pesar de su vida sufrida, de pelea, de compromiso hasta la muerte con las luchas sociales su presencia transmitía un crónico optimismo por el futuro de una sociedad justa y socialista. De baja estatura, con una voluminosa humanidad que no resultaba chocante sino cálida, vestido de saco y corbata cuando las ocasiones solemnes del partido lo exigían, muy pocos estudiantes se hubieran atrevido a desafiar con “la ilustración” su enorme experiencia militante. No recuerdo haberlo visto –a diferencia de otros compañeros que proveníamos de la clase media ilustrada- agresivo o pesimista en torno al porvenir. Charlar con él era siempre un placer que resultaba en algún conocimiento inhallable en los libros, como cuando nos contó del “trotskismo” y la “combatividad” de un joven Rucci, a quien criticaba como “burócrata” pero sin embargo respetaba –no se molestaba en interrogarse sobre esta aparente contradicción- como hombre que estaba al frente de la CGT, como obrero. Tal como se ve en el reportaje cuando critica a los dirigentes sindicales que se alejan de sus representados, lo hace con modestia y simpleza política, casi con humor (vean lo de Salvo), en forma ajena a esa moralina de clase media “satisfecha” a que nos acostumbran algunos medios y periodistas que se erigen en fiscales de la ética…de los trabajadores, nunca de los empresarios a quienes temen. 
“Era Fernando Carpio, descendiente de guaycurúes santafesinos y auténtico revolucionario” decía Ramos en uno de sus últimos escritos. Juntos con el "Colorado" participaron en la organización de la UOM, en una pieza de la calle México “al dos mil”. En esta histórica fundación actuaron también otros miembros de la futura  Izquierda Nacional.  Angel Perelman –autor del libro “Cómo hicimos el 17 de Octubre”-, que será el primer secretario general del nuevo sindicato. Su hermano Adolfo el gerente administrativo y   Carlos Etkin, y Hugo Sylvester asesores legales. Todo esto según los relatos orales, y algún libro, porque la página oficial de la Unión Obrera Metalúrgica, no menciona a ninguno de estos protagonistas.[1]
Su vínculo con “el Colorado” no se interrumpió nunca entre los años ’40 y su muerte que ocurrió el 15 de abril de 1980. Con su compañera y esposa Blanquita que lo acompañó en todas las patriadas, habitualmente caminaba los pasillos de Alsina 2786, que era el local central del FIP en aquellos años ’70, participando activamente de reuniones y otras actividades.
Su lealtad con Ramos –que no se debe confundir con la opinable “fidelidad”- era declarada, pública, respetando los códigos que deben presidir la amistad entre compañeros de militancia. Alguna versión oral comenta que en el IV Congreso del PSIN que se realizó en una isla del Delta, en mayo de 1968, Carpio “solapeó” o “cogoteó” al joven universitario Ernesto Laclau que había tenido alguna dura expresión con Ramos. Este enfrentamiento final sobrevino -entre Laclau y Ramos- porque el grupo “laclausiano” que integraban también Analía Payró, Ana María Caruso y Blas Alberti entre otros, no habían explicitado las diferencias con Abelardo y Spilimbergo en el debate, y a la hora de votar la nueva Mesa Ejecutiva, optaron por dejar en minoría a estos dos. Supe escuchar de labios del propio Carpio la anécdota, orgulloso de su accionar porque consideraba que aquellos estudiantes actuaron imbuidos de "prejuicios pequeño burgueses".
Muchos jóvenes universitarios nos preguntamos por qué en 1973 la fórmula presidencial no la acompañó él que era un símbolo de la militancia obrera.[2] Se nos dijo que estaba retirado y que se trataba de poner a un obrero en actividad y más joven. Personalmente nunca me convenció la respuesta y hoy 35 años después sigo seducido por aquel símbolo de carne y hueso que era este fundador –uno entre otros- del sindicato más importante en número y en política de la segunda mitad del siglo XX en la Argentina.
Pocos días después del golpe del 24 de marzo de 1976, el FIP resolvió que había que desprenderse de todas las armas (pistolas y revólveres de bajo calibre) que hasta ese momento el partido utilizaba en la custodia del local, contra el que habían atentado es aquellos “días de plomo”. Absolutamente inconscientes del peligro que corrían dos compañeros atravesaron la Capital Federal en auto y con un bolso lleno de armas que casi nadie sabía usar ¡! rumbo a provincia de Buenos Aires donde Carpio en algún lugar iba a proceder a enterrar todo. Se le entregó el “presente” en su casa y así lo hizo. Nunca midió el riesgo que esto podía significar en el marco de una dictadura que además de militares y civiles entreguistas del patrimonio nacional, abundaba en asesinos.    
Hoy que tantos historiadores financiados por el CONICET parecen reparar en el valor de los protagonistas anónimos o casi anónimos de la historia, bueno sería que alguien pudiera –con los generosos fondos que allí se administran- escribir  la biografía política de quien sencillamente ayudó a fundar la UOM, participó del 17 de octubre y militó toda su esforzada vida en el PSIN y el FIP, junto a Abelardo Ramos, uno de los pensadores de mayor influencia en la juventud de los años 60-70 a través de sus libros,.
Sean estos recuerdos que lindan entre el sendero de las emociones y la política, un justo –aunque seguramente insuficiente- homenaje al luchador obrero y también a su compañera Blanquita que como millones de mujeres del pueblo construyó junto a su hombre, parte de la historia nacional.

De izquierda a derecha saliendo de la Casa Rosada en 1972: Luis María Cabral, Blas Alberti, Luis Alberto Rodríguez, Jorge Abelardo Ramos, Fernando Carpio, Jorge Enea Spilimbergo y Alberto Converti de la Junta Nacional del Partido Socialista de la Izquierda Nacional (PSIN)

REPORTAJE A FERNANDO CARPIO EN IZQUIERDA POPULAR Nº 53, 26 DE
AGOSTO DE 1975.

FERNANDO CARPIO: “TODOS A LA PLAZA DE MAYO, DE NUEVO”

Manuel Fernando Carpio, fundador del Frente de Izquierda Popular, miembro de su Junta Nacional y antiguo militante del socialismo revolucionario, fue entrevistado por Izquierda Popular. Su larga trayectoria como activista y dirigente sindical, fundamentalmente en la Unión Obrera Metalúrgica, en cuya fundación también participó poco tiempo después del golpe militar de junio de 1943, sus recuerdos sobre el nacimiento del sindicalismo moderno y del peronismo, constituyen el material central de esta nota que permite descubrir, entre otras cosas no menos importantes, los profundos lazos que han vinculado a la labor y el pensamiento de los hombres y mujeres de la izquierda nacional y popular, con la experiencia gremial y política de la clase obrera desde los orígenes mismos del movimiento peronista.
El reportaje constituye además un justiciero homenaje a la consecuencia militante de Carpio y Blanquita, su compañera de todos estos años y todas estas luchas.
Su lealtad proletaria, su firmeza indoblegable en mantener en alto las banderas del socialismo en los duros tiempos de cerco y la proscripción oligárquicos, el testimonio de su vida dedicada a la liberación de sus hermanos de clase son un imponderable capital político con que cuenta el Frente de Izquierda Popular. Sus militantes, los que compartimos las esperanzas o las decepciones de antaño y los que sólo participamos de los triunfos actuales, nos sentimos orgullosos de ser sus camaradas, de integrar el movimiento que Carpio y Blanquita han ayudado a construir.


Izquierda Popular: ¿Cuándo y dónde comenzó a trabajar como obrero industrial?
Fernando Carpio: Poco después del 30, entré en la Italo y ahí estuve unos tres o cuatro años más o menos.  Me echaron por hacerle una gauchada, bueno, por “orientar” a un amigo que no tenía ni para comer. Este vivía en Barracas, nunca me voy a olvidar. Era amarillo y escuálido. Era muy dicharachero para la época que vivíamos. Un día me dice: “Mirá, Carpio, cómo ando, che”. “Y, andá y piantale una capa, total…”, le digo. Y me echaron. Después entré en la CATITA. Era uno de los talleres metalúrgicos más grande que había. Se arreglaban los tranvías. En Barracas, ahí creo que laburé un par de años.

IP: ¿Cómo recuerda usted esa época? Era la Década Infame, ¿no es cierto?
FC: Y, hay que ver lo que era Buenos Aires. Nosotros vivíamos en Parque Chacabuco. Había hornos de ladrillos.. Estaba Firpo en el horno de Mazola. Yo lo llegué a conocer.

IP: ¿A qué Firpo?
FC: Al boxeador. Era un peón rudo, grandote. Eso de que daba vuelta la noria es cierto. Yo me acuerdo de haberlo visto ahí. En esa época todos se conocían. La gente era flaca. No había tipos gordos. Andaban remendados. Lo que a mí me asombra ahora es que la gente anda mejor vestida. Vos vas a San Justo y parece Florida. Las chicas arregladitas. Claro, eso fue después del peronismo. Hay que ver la magnitud que tuvo el peronismo para la gente de trabajo. De pibe, por ejemplo, yo me iba a bañar en un arroyo que le decían “La Cuarta”. Después, al ser dirigente de la UOM, yo atendía a los muchachos de la Comisión Interna de Volcán y me invitaron al comedor de la empresa, instalada donde antes estaba aquel arroyo, que era realmente un pozo. El cambio era notable. Nosotros no podemos negar esa etapa que yo creo que de no haber existido todavía andaríamos con la plumita.

IP: ¿Estaba afiliado a algún partido?
FC: Sí. De muchacho yo me afilié al radicalismo, porque mi padre era radical. Estaba en la sexta, en Avenida La Plata e Independencia. Ahí aprendí lo que son los viejos partidos. En el Comité estaba el doctor Salinas y había de encargado un tal Ronzalito que tenía un homicidio encima, y era un tipo que venía la gente humilde con las boletas de empeño y él se las demoraba. En el subcomité de la calle Yapeyú estaban los hermanos Picicelli de encargados, que eran delincuentes comunes indultados. Entonces, los tipos transformaban los viernes el comité en un prostíbulo clandestino. Una cosa impresionante. Estaba Carlos Farsi, que después fue un gorilaco terrible. Tenía dos guardaespaldas que eran unos asesinos tenebrosos. Nanao y Carrascal, les decían. Me llegó a decir a mí: “”Pero, Don Carpio, si los muchachos son primarios, tráigalos” ¡Claro! Querían gente con poca instrucción para convertirlos en delincuentes y hacer negocios.

IP: ¿Negocios?
FC: Sí. Estafas. Cualquier cosa. Eso es lo que me propuso a mí el hermano de Juan Ruggiero, Guillermo, en Avellaneda, cuando le fui a pedir laburo. ¡No! La cosa acá hay que ver lo que era. Después a un tipo le metían en gayola, ellos lo sacabn y siempre lo tenían de “punto”.

IP: ¿Qué hacían en el Comité?
FC: Y, mirá, engrupir a la gente. Había un tal Panno de presidente de parroquia y cuando caía gente nueva lo primero que hacía era sacar presos. Después daban tarjetitas para ir al hospital, un certificado de pobre. Para conseguir leche gratis en el hospital. Había mucha miseria, y ellos eran los parásitos de la miseria.

IP: Carpio, usted en el 43, como obrero metalúrgico, ¿notó el cambio de política del gobierno militar?
FC: ¿Qué te parece? Los sueldos empezaron a aumentar. Los patrones tuvieron que aprender buenos modales, ya no pudieron tratarnos como antes. Yo en 1942 trabajaba en la fábrica de Miguel Miranda, el que después fue ministro de Perón. Era un rico tipo Miranda: se las daba de hombre modesto porque se levantaba temprano y tenía una querida que era obrera. Miranda me pagaba 80 pesos por mes, una miseria. No sé cómo hacía Blanquita para estirar la plata y que nos alcanzara todo el mes. Pero además del sueldo bajo estaba la cosa de la disciplina. Me acuerdo que una vez dos muchachos se enojaron porque un capataz los insultó. Al día siguiente no los dejaron entrar. Yo armé un remolino, fui a encarar el problema, y me mandaron en cana. Si uno reclamaba algo, en esa época, iba a parar a la sombra. En cambio, desde que Perón apareció en el ministerio de Trabajo las cosas cambiaron. Yo fui peón de la Tamet y enseguida miembro de la primera paritaria metalúrgica. Le mojaba la oreja al patrón y después volvía al taller. Eso, en aquel tiempo, era una revolución.

IP: ¿Cómo se vinculó usted a la acción sindical?
FC: Mirá, mi vida siempre estuvo entrelazada con los problemas de la gente. De chico fundé un club de barrio, después organicé y dirigí varias sociedades de fomento, en La Salada, en La Matanza. Siempre me gustaron los entreveros. Una vez vino a verme Alfredo Rosas, un amigo mío, músico. Era hijo de un sastre que me había tenido en su casa, apoliyando sobre una mesa cuando me fui de casa a los 15 años. Yo era representante de la orquesta Los Baqueanos, una típica, y vivía a una cuadra de la casa de Alfredo. Eramos muy amigos. Ninguno de los dos vivía de la música, claro. El era textil y yo metalúrgico. Viene un día y me dice que habían conseguido un convenio fenómeno, que le iba muy bien, que habían ido todos juntos a la calle México al dos mil donde funcionaban varios sindicatos nuevos y también había gente de la metalúrgica. Yo ya por esa época escuchaba los discursos del Coronel, desde la Secretaría de Trabajo, y me gustaban. Decía que los trabajadores tenían derecho a hacer petitorios individuales si estaban disconformes con el sindicato.

IP: ¿Y allí, en la calle México, funcionaban los sindicatos nuevos que impulsaba Perón?
FC: Era gente independiente, luchadora, que había visto que se abría una nueva etapa y que no se sentían representados por las antiguas direcciones sindicales. Yo, cuando fui, me los encontré a los tres Perelman: Angelito, que era metalúrgico; Adolfo, que era textil, y el padre de los dos, que trabajaba en la Tamet. Los tres eran “troskos”, porque los chantapufi esos de Anchorena, que gritan “ni yanquis ni marxistas”, no saben que el peronismo y el movimiento de 1945 no nacieron de la nada. Los fueron haciendo militantes socialistas, sindicalistas y comunistas descontentos con sus organizaciones, y también anarquistas y trotskistas. Los Perelman me hablaron un largo rato y me dijeron que un petitorio aislado no servía, que tenía que hablar con los compañeros y juntar voluntades. Volví una semana después con otros siete. Yo hice prender la nueva idea, lo que decía Perón, y me puse a la cabeza del movimiento, de las peticiones. La primera la escribimos en el sótano de un restaurante de la calle Alcorta con otros tres muchachos. Unos días después me cae a casa el viejo Pochelú, un cana jubilado, amigo de mi viejo, que me había hecho entrar en la Tamet, porque él trabajaba allí, en seguridad. Me viene con la noticia de que el directorio de Tamet me acusaba de comunista, me empieza a llorar la carta. Yo lo hice pasar a la pieza, le mostré y le dije: “Mire, Pochelú, yo no tengo colchón, y la mayoría de los muchachos tampoco. Yo quiero dormir en cama decente y si eso es ser comunista, soy el primero”. Me dio que él iba mandado para arreglar la situación, y me estiró un cheque en blanco, que le rechacé. Claro, los tipos estaban con un julepe bárbaro y, entre paréntesis, yo era medio inocente, era nuevo en esas cosas y ante cada injusticia me subía a un tablón, no sé lo que decía y paraba la fábrica por cualquier cosa. Después, fui aprendiendo a cuidar las fuerzas de los compañeros, a administrarlas mejor. Esa vez perdí; fue la única lucha que perdí. Pochelú me avisó: “cuidesé o lo van a meter en cana”. Dicho y hecho.

IP: Pero, ¿usted siguió en la UOM? ¿Ya había autoridades, estaba fundada?
FC: Primero estaban los Perelman. Después hicimos una comisión medio sui generis, conmigo y Victor Gossi, otro amigo político de Abelardo, que después fue el primer agregado obrero en una embajada, un tipo muy capaz. Pero la UOM recién se organizó en serio con Salvo. Hilario Salvo. En esa primera comisión estuve yo.

IP: ¿Cómo vivió el 17 de Octubre?
FC: Lo habían sacado a Perón, los del sector gorila del Ejército y los viejos partidos, y entonces los patrones empezaron a vengarse. “Vayan a pedirle el sueldo a Perón”, decían. Nosotros nos movimos mucho Había gente que veía a Mercante, otros hablaban con Cipriano Reyes y la gente del frigorífico. Parece que Evita también ayudó. Lo cierto es que el 17 nos largamos a la Plaza con mucha gente atrás. De a ratos a pie, después agarramos varios tranvías y les cambiamos el recorrido. “Todos a Plaza de Mayo”. Algunos pasajeros se asustaban, pero muchos se vinieron con nosotros. Lo demás ya lo sabés: Abelardo lo contó en sus libros, que todos los muchachos de ahora deberían leer.

IP: ¿La conoció a Evita?
FC: ¡Era una mujer formidable! Tenía una polenta, una capacidad de trabajo… Era incansable. Pero alrededor de ella se juntaban muchos vivos y muchos alcahuetes. Todas las mañanas, los funcionarios de una Comisión 17 de Octubre que cada gremio había formado, iban a saludarla, le daban los buenos días y el informe del día anterior. Todos los días eso. Esos mismos tipos, muchos de ellos, por lo menos, metían la mano en la lata con los repartos de la Fundación, la leche, los fideos, esas cosas. Pero Evita no fue importante por la beneficencia, sino por lo que representó como espíritu de lucha y por la participación de las mujeres. Preguntale a Blanquita las que tenían que aguantar las mujeres del pueblo, las trabajadoras, antes del 45. Ni siquiera votaban. El ejemplo de Evita sirvió para que muchas compañeras se lanzaran a la pelea al lado de los varones. Se avanzó mucho en eso, y todavía se va a avanzar más. A muchos les va a dar miedo, porque le tienen miedo al progreso histórico.

IP: ¿Y cómo trataba Evita a esa gente aprovechada de la que usted habla?
FC: Ella los rigoreaba mucho, claro. Pero vos sabés que un gran movimiento político recoge a mucha gente, no solamente a los santos. Especialmente, en el caso del peronismo, porque se armó desde arriba, no había partido que hubiera ido seleccionando a su gente, a sus dirigentes, a los hombres y mujeres de confianza en el sacrificio y desde el llano. Allí hubo muchos oportunistas, y esa es una de las razones por las que cayó el peronismo y por las que es preciso que los trabajadores nos organicemos desde abajo en un partido revolucionario y popular. ¡Allí había cada tipo! Muchos creían que el movimiento se había hecho para enriquecerlos a ellos.

IP: Y Salvo, ¿qué tal tipo era?
FC: Fijate la mente del tipo: contrabandeaba armas con Montevideo y después invertía las ganancias montando amuebladas. ¡Qué manera de estar en la guerra y en el amor, el sujeto!

IP: ¿Y después de Salvo quién vino?
FC: El Turco Balluch Abdala, que ahora está en la seccional Matanza. El venía de un partido de la izquierda gorila, de donde lo habían rajado por cuestiones “de moralidad”, según dijeron. El tipo era enamoradizo, por eso. ¡Mirá vos si esa es razón para expulsar a alguien de un partido! Balluch era tipo de pelea. Ahora está viejo, como yo. Pero eso no es un obstáculo para seguir en la línea.

IP: Después de esos primero años a usted lo expulsaron del sindicato y lo pusieron en la lista negra…
FC: Claro, nosotros organizamos el sindicato, y después del 55 los gorilas intervinieron la UOM y vinieron las sanciones. Yo en el 55, después del golpe, trabajaba en la RCA Víctor. Un día vino un oficial del Ejército a arengarnos. Yo lo interrumpí y le dije que él tenía que hablar en el cuartel, que allí hablábamos los trabajadores. El tipo se fue, y a la media hora volvió con seis milicos. Me llevaron en cana. Entonces apareció Cerruti Costa, este que anduvo con los terroristas hace poco en el diario “El Mundo”. El había sido abogado de los metalúrgicos, y había pedido licencia un mes antes del golpe para prenderse con los gorilas. Así fue ministro de Trabajo. Viene y me dice: “Lo voy a hacer soltar, Carpio. Creamé, yo agarré el Ministerio para evitar cosas como ésta. Habia una lista enorme de gente para amasijar”. ¡Mirá vos qué coraje, el canalla!

IP: ¿Usted lo conoció al “Lobo” Vandor?
FC: Sí. En la época de la resistencia, y después lo traté en las reuniones de las “62”. Fue uno de los dirigentes sindicales más capaces, en el plano de la lucha por el salario, se entiende. Era un tipo muy dinámico, muy vivo. El es el que les enseñó a todos los que están ahora.

IP: Rucci, Vandor y Avelino Fernández salieron de Ballester Molina, ¿verdad?
FC: Salieron muchos dirigentes de esa fábrica. Pero Avelino salió de Volcán. Y sigue laburando allí. La última vez que lo vi me llamó la atención porque me dijo: “Qué bien que están ustedes, eh”, y ahí ví que debían haber algunos delegados con revistas y cosas; pensé cómo había cambiado la cosa; la gente lee.

IP: Los dirigentes de su época estaban muchos más cerca de la base, ¿no?
FC: Bueno, era distinto. No había organización, había menos cultura sindical, digamos. La cosa empezó a cambiar y la gente está más predispuesta… Decí que la burocracia no es capaz de organizar bibliotecas, nada, no les da material a la gente para capacitarse sindicalmente, aunque sea eso. Ahí tenés a los metalúrgicos, por ejemplo. Salen de puro coraje, porque el sindicato no les da formación, pese a lo cual está lleno de muchachos combativos y con mucha claridad. En aquel tiempo ningún oficial agarraba, los dirigentes siempre salían del operario, del peón o cosas así. Como ganaban buenos sueldos, no agarraban. Me acuerdo que en la Vasconia nombraron un italiano, pobre, que no conocía las leyes ni nada.

IP: Pero, ahora que hay más organización, ¿los dirigentes no están mucho más lejos de la gente?
FC: La dirección, claro. Es otra cosa. El gran desarrollo de la industria en el Gran Buenos Aires ha alejado a los obreros. Y la burocracia está mucho más cerrada. Cada año está más, porque se van olvidando de cuando trabajaban en el taller. Para hablar con uno de ellos tenés que estar dando vuelta la calesita. Y si no sos de la cofradía, no te dan ni la hora. Y en este desarrollo está la gran fuerza y la gran debilidad de los burócratas. Porque el día en que empiecen a no cumplir, vos no sabés la que se va a armar. Si yo veo que los muchachos en las fábricas están cada día más alzados. No les perdonan ni una.

IP: ¿Qué consejo daría usted a los sectores más jóvenes de la clase trabajadora que recién se incorporan al sindicalismo y a la política?
FC: Mirá yo soy de la idea de que toda la juventud tiene que entrar en política. Porque la liberación total de la clase obrera sólo se logra con el socialismo. Cada trabajador lleva adentro a un socialista, porque el esfuerzo de la vida cotidiana le va dando el carácter de tal. Padecemos todas las situaciones del país y el sindicalismo no alcanza. Tiene un techo. Hecho el desarrollo de las industrias del país y establecido el capitalismo, digamos, como en los países europeos, va a suceder el mismo fenómeno: que no van a poder, como está sucediendo en Italia, ni conseguir 15 centavos de aumento. Los trabajadores, para seguir con nuestra liberación, tenemos que ir hacia el socialismo, hacia la expropiación de la oligarquía, de los monopolios imperialistas. Y además tenemos que participar en la dirección de las empresas, en la autogestión. Porque con la experiencia que tenemos en la fábrica, y sabiendo que allí está el pan nuestro de cada día, ¿no te parece que sabremos algo del asunto?

(publicado en Izquierda Popular Nº 53, 26 de agosto de 1975, páginas 2 y 3)



[1] Se conoce que en el libro testimonial sobre las históricas jornadas escrito por Angel Perelman mucho tuvo que ver Jorge Abelardo Ramos. Carlos Etkin había sido en 1938, jovencísimo (alrededor de 19 años), abogado de Natacha Sedova, la esposa de Trotsky, en una denuncia contra la editorial TOR perteneciente a un señor Torrendel por la publicación de un texto apócrifo del revolucionario ruso. Ver HORACIO TARCUS (Director) Diccionario… Ob. Cit. Pág. 204. También Revista “Octubre”, Bs. As.  Año II (2ª Época), Nº 4,  Marzo-Mayo 1947, pág. 18.
[2] El 11 de marzo de 1973 el FIP presentó para la presidencia la fórmula Ramos-José Silvetti, un obrero metalúrgico delegado de bajo perfil.