lunes, 7 de marzo de 2011

CARA Y CRUZ DE LA MISMA MONEDA


Todo debate sobre la educación es interesante y por cierto debate es lo que nos falta en estas épocas. Es bueno que se planteen los temas pero ambos escritores –Narodowsky y Bayer- adolecen de fallas que lamentablemente a esta altura de mi vida creo que forma parte de un déficit profundo y digno de estudio, que tenemos como pueblo. Leyéndolos uno tiene sensaciones “jurásicas”.
Se equivocan tanto Narodowsky como Bayer en el debate que plantean. Son algo así como las dos caras de una misma moneda que tiende a congelarnos en el pasado.
El primero de ellos demuestra poca creatividad al sostener que decretó obligatorio entonar el himno a Sarmiento para generar el debate sobre la persona de este. No nos engañe o se autoengañe, un decreto de esta naturaleza en la Capital Federal o en San Juan o en cualquier parte de la Argentina tiene un claro contenido “ideologista” y pretende marcar diferencias en la política argentina. Es el reverso –quizás inconciente- de aquellos que en otra época obligaban a descolgar el retrato de don Faustino para poner el de Juan Manuel de Rosas. Ambas actitudes son inconvenientes en la educación y persiguen a su manera un mismo objetivo: adocenar opiniones.
En ambos casos se pone en funcionamiento, no la mente sino los músculos  por medio de un ejercicio, de cuerdas vocales –cantando obligadamente- o físico -subirse a una silla para descolgar a uno y elevar a otro-.  Un educador, que se precie de tal, debe colaborar en la construcción de identidad o ciudadanía o nacionalidad (dejo librado la preferencia al libre albedrío del lector) que es abordar ambas personalidades en la integralidad de sus vidas y si hay debate interpretativo ¡Bienvenido sea y que se realice en la plaza y a los cuatro vientos! No hacen falta resoluciones o decretos hacen falta acciones y programas que promuevan la reflexión sin exclusiones ocultas o expresas.
En Narodowsky es extraño que tanta experiencia educativa no le sea suficiente para ver que este tipo de “obligaciones”, enervan los ánimos y nos congelan en el pasado. ¿Qué pasaría si el próximo ministro decreta usar en cintillo punzó el 20 de noviembre, día de la soberanía por la Vuelta de Obligado?  Con estas “formas” se petrifican los pensamientos. La verdadera discusión es aquella que se lleva a delante en las aulas o en la cátedra con la participación de diferentes matices y visiones y en plena libertad para adoptar la postura que desee, porque en ciencias sociales los conceptos surgen de la investigación científica y son siempre altamente controvertibles. Esto sucede hasta en las ciencias duras.
En este sentido resultan interesantes las reflexiones del Josep Fontana en “La Historia de los hombres”[1],  especialmente aquello de que las hipótesis que contradicen los paradigmas dominantes, encuentran un camino excesivamente  ríspido o ni siquiera se toman en consideración por un tiempo. Al contrario, aquello que respeta los paradigmas dominantes camina sobre “alfombra roja”.[2] Un ejemplo. En historia argentina en los años 60 el revisionismo histórico fue sacando a la luz –con imperfecciones y apasionamientos- documentos que desnudaban la complejidad del ideario y la acción sarmientina. Su racismo, su desprecio por todo lo criollo, sus intentos por trasladar salvajemente las recetas europeas o norteamericanas al país. Hoy aquello se impuso de tal manera que suele impedir el análisis de los otros aspectos de don Domingo.   
Siempre he estado y estaré en contra de las historias falsificadas o impuestas sean estas de cuño liberal o nacionalista de izquierda o derecha. Por el contrario, hace falta  pensamiento crítico que permita a nuestra juventud salir de las frases hechas, las modas únicas y la historia congelada. Esto requiere mucho más que cantar… o dedicar esfuerzo revanchista a trasladas estatuas y hacer Historia como si fuera una religión laica de ética -ciencia esta última que es una de las más inexacta y controvertida del universo- …
Bayer que tiene el mérito de ser una simpatizante del anarquismo y las ideas “progresistas” y vivir –o haber vivido- en Alemania como académico desde hace mucho tiempo, es un importante historiador e investigador. Avalo plenamente al igual que él la actitud que asumió el director de la escuela en torno a los alumnos, fue el más coherente y sabio de todos los involucrados.
Sin embargo ¿Es posible abordar al “loco” Sarmiento como muchos lo llamaban en la época solo desde su lenguaje apasionado y “bárbaro” con el que aplaudía crímenes contra el gauchaje? ¿No se debería también acceder a sus méritos literarios, a su tarea como presidente, al acercamiento tibio pero acercamiento al fin con el partido federal que sería el inicio de la decadencia final del mitrismo liberal y anglófilo?
Es absolutamente necesario para un historiador o un docente de ciencias sociales  saber percibir y transmitir las diferencias que no eran pocas entre Sarmiento y Roca o entre Sarmiento y Alberdi o entre Roque Sáenz Peña y Roca. Lo otro es hacer historia moral –laica o religiosa- o lo peor panfletaria, pero decididamente incomprensible en quien se considera un pensador crítico. Más aun es preciso que se explique que Mitre y Sarmiento no fueron lo mismo, que uno expresaba socialmente a los comerciantes de Bs. As. íntimamente ligados a Gran Bretaña y el otro fue un político autodidacta del interior, unitario y al servicio de la ciudad puerto la mayor parte de su vida, pero al mismo tiempo ingobernable –incorregible- como se lo demostró al “gran Bartolo” cuando siguió un camino propio.
Sarmiento denigraba lo nuestro a lo que llamaba “bárbaro” y prefería la “civilización” que era lo extranjero, pero al mismo tiempo describió como pocos aquellas pampas y aquellos hombres que él llamaba “bárbaros”. Cuando los historiadores o los educadores en general dejamos de poder transmitir los detalles y las contradicciones de las que está impregnada la realidad nos alejamos de los jóvenes intentamos meterlos en un campo poco creíble y en definitiva entramos en un territorio en el que los seres humanos son fantasmas y los fantasmas seres humanos. Por fortuna o desgracia resulta exacto un viejo proverbio árabe: “Los hombres se parecen más a su tiempo que a sus  padres.”
Bayer con juvenil energía revanchista –quien esto escribe también jugó a cambiar de nombres las calles, con la ingenua creencia que eso imponía la justicia histórica-  se ensaña con Roca –no con Mitre ¿Porqué?- cometiendo un pecado capital como historiador que es juzgarlo con las categorías ideológicas del siglo XXI. Llama la atención en este punto, la no mención de Mitre. Ni una sola vez recuerda al que fuera el verdadero artífice de la guerra contra el Paraguay.  No el sanjuanino...es más, la candidatura presidencial de Sarmiento sirvió para enfrentar la de Rufino de Elizalde impulsada por Mitre y el partido liberal. Vueltas del destino, Sarmiento presidente emergía como producto del apoyo de algunos hombres del interior. Entre otras cosas intenta un acercamiento a Urquiza –jefe del derrotado partido federal- que aborta debido al asesinato del entrerriano.
Se esté o no de acuerdo con esta visión... ¿No es mucho más interesante debatir estos aspectos con cierto detalle, que el lanzamiento de consignas retóricas que solo contribuyen a amordazar el cerebro por la vía del acríticismo...? ¿Que hacemos con las donaciones que recibió San Martín en sus campañas y que le permitieron vivir en Europa luego de tener que virtualmente exiliarse? ¿Qué hacemos con las terribles frases que San Martín y Bolívar han tenido sobre “las razas”?  Conozco perfectamente –me forme en el revisionismo- las ideas del sanjuanino y sus grandes contradicciones, y por ello mismo entre Sarmiento y Luis Palau me sigo quedando con Sarmiento.
Toda historia es historia contemporánea dijo Crocce, pero hay que abordarla desde el contexto que existía en la época en que ocurrieron los sucesos. Bloch  tuvo una idea base que no ha perdido actualidad: “un fenómeno histórico jamás se explica plenamente fuera del estudio del momento”. Solo así puede contribuir a iluminar el presente. De otra manera solo contribuye a desgarrarnos e impedir la construcción de nuestra identidad. 
El debate de ideas que pide Bayer –comparto plenamente-  es un gran paso adelante y creo que debería ser un “ejercicio natural” en las aulas y la academia, enhorabuena. Pero si el debate como parece indicar el historiador pretende iniciar una serie de actos que más que  “reparación histórica” se parecen a una revancha, contra hechos y personas que han cumplido más de un siglo, desde ya creo que no sirve para nada. O mejor dicho sirve para acentuar odios y divisiones en base al mal uso de la historia.
Que los alemanes se acuerden de defenestrar a Hindenburg es cuestión de ellos y de sus modas, mucho peso cargan en sus espaldas. Todavía deben auto cuestionarse sobre la responsabilidad que les cabe en el nazismo y el holocausto de judíos, gitanos y otras etnias y,  sobre la mayor guerra de la historia con 50 millones de muertos, 35 millones de heridos, 3 millones de desaparecidos (aprox.). El exterminio en masa de 5 millones  de judíos. La Unión Soviética pierde 13 millones y medio de soldados, China 6 y medio, Alemania 4 millones, Japón 1 millón y medio, EE.UU. 300.000, Gran Bretaña e Italia 400.000. Los gastos militares significaron 1 billón y medio de dólares. Otro tanto deben hacer sobre el tema Gran Bretaña, Francia y Rusia. Con todo el respeto que Bayer me merece, la proliferación en toda Europa occidental –adulta mayor y llena de proteínas- de los neo-nazis y toda la ideología racista y discriminatoria de africanos, islámicos, latinoamericanos o amarillos que hoy recorre aquellos territorios nos demuestra que deben efectuar un análisis mucho más profundo y crítico de su historia, en beneficio de la humanidad.
No imitemos, inventemos dijo Simón Rodríguez el maestro de Bolívar y sobretodo, no deglutamos todo lo que del norte próspero y a la vez un tanto decadente viene. En la frase final Bayer me recuerda aquella famosa expresión de uno de los Orgaz que hablaba del “cansancio moral”… Los argentinos hemos tenido grandes e injustas crueldades en nuestra vida pero también liberamos esclavos, tuvimos el voto universal, y el de la mujer mucho antes que algunos países desarrollados, nos mantuvimos neutrales en las dos grandes masacres de la historia universal, construimos una industria que en su momento supo crear los primeros prototipos del “avión a chorro”, y en fin supimos enfrentar con las armas en la mano y dignidad a los dos imperios más grandes de la historia en la guerra por la recuperación de las Malvinas. Tal vez sea bueno introducirnos con toda la fuerza en esta Latinoamérica tan vital y joven, dejando que la vieja Europa siga intentando realizar su catarsis por los innumerables e injustos martirios de la historia., después de todo tiene capital cultural de sobra para concretarlo.
La Historia sirve intencionalmente para muchas cosas, algunas suelen ser deleznables otras íntegras y ejemplares, pero en todos los casos  debemos tratar de impedir que nos imposibilite ingresar al futuro.
Vuelvo al título imponer el himno a Sarmiento resulta tan autoritario como propiciar un debate para tirar y levantar nuevas estatuas. Ni Narodowsky ni Bayer han logrado salir del antiguo marco histórico de los próceres de bronce: solo cambian la estatua cuya vida la modeló el artista y en este caso en base al pedido del mecenas.
Vayamos a los hechos. Con verdadero pluralismo y sin revanchas, tampoco en un templo sino donde corra el aire, hace falta aire, hace falta nuevas ideas, sin preconceptos y  pensamientos fosilizados.

Enzo Alberto Regali

Córdoba, abril 2 de 2008  

 

 

A continuación transcribo la carta de Osvaldo Bayer a la que hacemos referencia.

Después de las palabras, vayamos a los hechos
Por Osvaldo Bayer

El sábado pasado, Osvaldo Bayer criticó en una contratapa de Página/12, titulada “De Sarmiento a Luis Palau”, la decisión del jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri, y de su ministro de Educación, Mariano Narodowski, de hacer obligatoria la entonación del Himno a Sarmiento en los actos de todas las escuelas de la ciudad de Buenos Aires. En la edición de ayer del diario salió publicada la respuesta de Narodowski, “Un sueño de guardapolvo blanco”, en la que planteaba la defensa del himno como “la necesidad de contribuir a aglutinar a todos en pos de la educación”. Aquí, la réplica de Bayer a los conceptos del ministro.
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Estimado Mariano Narodowski:
Muchas gracias por su carta de ayer referida a mi nota “De Sarmiento a Luis Palau” del sábado pasado. Primero le pido disculpas por haberlo llamado secretario de Educación cuando en realidad usted es ministro. Es que no tengo arreglo, ya que siempre soñé que los representantes fueran llamados solamente ciudadanos, como aquellos principios del París revolucionario (aunque veamos que después de aquel glorioso 1789 del “libertad, igualdad, fraternidad” nos llevó, por lo menos hasta ahora, a Sarkozy. Fantasías de la realidad). Bien, le agradezco su respuesta, repito, porque en general los personajes encumbrados en el poder a quienes me he dirigido nunca han respondido, no lo consideran necesario. Y menos cuando se les pide autocrítica. Pero vayamos al meollo del problema: el himno a Sarmiento que usted y Macri han declarado su canto obligatorio en todos los actos escolares. En su respuesta, usted señala que tomó esa decisión para que así se iniciara el debate sobre la figura de Sarmiento. Creo que hubiera sido mejor primero iniciar el debate sobre si ese himno tan personalista y desmesurado merecía ser cantado obligatoriamente por nuestros niños, antes de ordenarlo desde arriba. Bajo el principio primero se canta y luego se debate. La letra de ese himno es un endiosamiento de alguien cuya figura debe ser tema de discusión ya mismo, con sus pros y sus contras. Para eso debe servir la enseñanza de la historia. Lo fundamental es juzgarlo desde el punto de vista de ser humano y de la ética, tribunal supremo indiscutible. Matar es matar. Ser racista es algo inaceptable desde todo punto de vista.
En ese sentido, es ejemplar la conducta del director de la escuela 23, distrito 11, Enrique Samar, ante la reacción de sus alumnos que se negaron a cantar el himno ordenado por las autoridades. Textualmente, la resolución de ese docente: “Mi respuesta a los alumnos fue que si no lo querían cantar, que no lo cantaran, pero que tenían que fundamentarlo, que investigaran, que estudiaran, que lo debatieran y luego lo pusieran por escrito. Así lo hicieron. Afirmaron que no podían cantar un himno a una persona que había discriminado a los gauchos y a los indios”. Eso es respeto por la opinión de los demás. Una actitud antiautoritaria para imitar. La escuela está para eso.
Podría llenar un libro con aspectos inaceptables de la figura de Sarmiento. Documentos científicamente históricos. Lo iré desarrollando en notas, en los generosos espacios que me otorgó siempre Página/12 desde hace veinte años.
Pero lo que cabe aquí y ahora es, dentro de ese tema, preguntarnos: ¿cómo es posible que este país, el granero del mundo, tenga desde hace décadas problemas fundamentales que hacen a los derechos humanos: niños con hambre, niños pordioseros, villas miseria, juventud sin trabajo. Pero no sólo eso, sino la crueldad que caracterizó el curso de nuestra historia, con el exterminio de los pueblos originarios, guerras intestinas de una saña inaudita, guerra con pueblos hermanos como con Paraguay (uno de los aspectos absolutamente negativos de la actuación de Sarmiento), que llevó al casi exterminio de ese pueblo; las represiones obreras de una magnitud poco conocida en el mundo occidental y cristiano, una democracia siempre enclenque, que tuvo que soportar hasta ahora catorce golpes militares, y luego, el summum: la “muerte argentina”, la desaparición de personas con características que al pavor suma la extrema perversión. Entonces la pregunta es: ¿cómo fue posible eso? Y por eso, el pedido de autocrítica de mi nota anterior. La revisión de toda nuestra historia: poner en el pedestal por fin a la honestidad y a la democracia digna, que es practicar la solidaridad en libertad.
En ese sentido, si bien prosiguen las guerras y el hambre en la mitad del mundo, se van dando pequeños pasos, muy pequeños, pero con grandeza en su significado. Por ejemplo, en Alemania, se acaba de quitar el nombre de “Mariscal Hindenburg” a la última escuela que llevaba ese nombre, por el voto y pedido de todos. Nadie lo defendió. Hindenburg era el “héroe” indiscutible de la Primera Guerra Mundial, el vencedor de la batalla de los lagos Masurianos. Y, al mismo tiempo, fue el presidente alemán conservador que le dio paso a Hitler para tomar el poder. Bien, ahora todos dijeron basta con esos héroes de una época que pertenece a los tiempos más sombríos de la historia. Nosotros, por ejemplo, tenemos decenas de colegios con el nombre de “General Roca”, el que “exterminó” según sus propias palabras a “los salvajes, los bárbaros”. ¿Por qué justo ese nombre en escuelas y colegios oficiales? Es hora ya de que los propios docentes y los alumnos comiencen el debate sobre esa figura que además dejó sentadas las bases para la distribución de la tierra que llevó al más injusto régimen de latifundios. Usted mismo, Narodowski, en su nota acerca de mi escrito, me achaca “la incorrección de consignar en una misma línea histórica a Sarmiento con Roca”. Enhorabuena. Aprovecho esta oportunidad para proponerle que se organice un debate oficial, en el salón Montevideo de la Legislatura, un profundo debate acerca de la figura de ese general. Con la participación de historiadores roquistas, de independientes y de aquellos que desde hace tres años hemos propuesto a la ciudad de Buenos Aires que, por respeto a la mayoría de la población argentina, el criollo –según el estudio antropológico de la Universidad de Buenos Aires– se quite del lugar más céntrico de nuestra ciudad a ese monumento, preparado e instalado durante la Década Infame, es decir, no por un gobierno democrático. Sí, aquél de los gobiernos del llamado “fraude patriótico”, un término muy argentino que ningún otro país lo puede comprender. Hace tres años hemos pedido al gobierno porteño y a su Legislatura que se traslade ese monumento al genocida a la estancia La Larga, en Guaminí, de sesenta y cinco mil hectáreas, que recibió Roca como “donación” oficial, y él la aceptó a pesar de cobrar el sueldo de general más todas las “expensas”.
Un acto inmoral. Y allí se proceda a situar, sí, en ese lugar, un monumento a las dos mujeres que poblaron este suelo: a la mujer aborigen que dio a luz al criollo, y a la mujer inmigrante, que también pobló con vástagos estas distancias en tiempos de sacrificios y carencias. Ellas son las que merecen estar allí, en ese lugar, y no quien trajo la muerte y el “progreso”, como dicen los historiadores oficiales. Habría que preguntarse el progreso para quién.
Entonces, redescribir nuestra historia, por medio del debate profundo y público para preguntarnos qué nos ha pasado, por qué tanta crueldad en estas interminables llanuras verdes de las espigas de oro.
Estoy a su disposición, señor ministro, para iniciar el gran debate. En tal debate, la escuela puede servir de verdadero templo para llegar a ser más justos y lograr la paz eterna. Y no esta sociedad desgastada y humillada hasta el no va más.
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[1] Fontana, Joseph. La historia de los hombres. Editorial Crítica. Barcelona 2000.
[2] Ibíd. Ver Pág. 324 y 325.

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